Fake-news y régimen de posverdad en el sistema de medios argentino

La declaración de internet como servicio esencial pone en el centro del debate público el vínculo entre la concentración mediática y la libertad de expresión.

Por Marcelo Ibarra

Dibujo: Daniel Diebold

“Esto que estás viendo es la primera vez y, quizás, la última que lo veas en la televisión argentina. Técnicamente, esto es un mapa de medio. Mirá cómo se vinculan todos, parece un rompecabezas, partecitas chiquitas que se vinculan unas con otras. Es como si estuvieras viendo un teatro de marionetas desde atrás. El problema es que la marioneta, en este mapa, sos vos. Estos son los tipos que manejan gran parte de tus horas libres, de tus deseos, de tus ganas de consumir, de tus simpatías políticas y, lo que es peor, de tu libertad. Estos son los medios, en el fondo, son descarnadamente lo que se ve: empresas, porcentajes, balances, vínculos subterráneos de guita”.

La frase fue pronunciada por el periodista Jorge Lanata en 2009, a través de la señal de cable Canal 26, antes de la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y, por supuesto, de su desembarco en el Grupo Clarín. Retomemos esta idea: quienes manejan nuestros deseos, frustraciones, simpatías (y antipatías) políticas, horas libres, ganas de consumir y nuestra libertad son empresas. De este diagnóstico se desprende una hipótesis: en el actual contexto de hiperconcentración mediática, los mayores peligros para la libertad de expresión no provienen de la intervención estatal en el mundo de las telecomunicaciones, sino, por el contrario, de la falta de regulación estatal sobre el sector privado. En consecuencia, las plataformas digitales a través de las cuales nos informamos, nos comunicamos, nos entretenemos y, en suma, percibimos la realidad, están en manos de un reducido grupo de empresarios sin ningún tipo de control democrático.

Un recorrido histórico

En primer lugar, es preciso analizar cómo y por qué llegamos a esta situación. En sus albores, el periodismo gráfico argentino nació al calor de los distintos proyectos políticos en pugna. Así, la Gaceta de Buenos Aires, dirigida por Mariano Moreno, fue el órgano de difusión del ideario de la Revolución de Mayo, de la misma manera que El Zonda, en San Juan, y El Progreso, en Chile, actuaron como trampolín político y pedagógico de Domingo Faustino Sarmiento. Ya en 1870, el diario La Nación se convirtió en “tribuna de doctrina” para el mitrismo, antes de que su máximo referente se catapultara a manejar los hilos del Estado-nación y a escribir la “historia oficial”. En esta misma estela de producciones periodísticas gráficas, deben incluirse los diversos periódicos encarados, con mayor o menor fortuna, por José Hernández, autor de El gaucho Martín Fierro.

Mezcla de pacto tácito y teorema oculto, la prensa escrita funcionó sobre la idea de que la mayor cantidad de emisores de mensajes haría prevalecer la pluralidad de voces. Todo el siglo XIX es un signo de ese modo de concebir la actividad periodística. No hubo, prácticamente, un emprendimiento periodístico que no estuviese cobijado por un proyecto político, ya sea local o regional. Y, nobleza obliga, a la inversa ocurrió lo mismo: no hubo facción o ideario ideológico que no tuviera un medio de comunicación a su servicio. Este pacto o teorema coincide con una cosmovisión liberal de la sociedad, dominante en esa época.

El siglo XX, en cambio, fue testigo del ascenso de medios de comunicación privados, de la mano de los avances tecnológicos correspondientes: la radio, en la primera mitad del siglo, y la televisión, en la segunda mitad. De todos modos, eso no implicó, desde ya, que esos medios no hayan tenido afinidad ideológica con algún proyecto político vigente; hasta la participación de Roberto Noble, fundador del diario Clarín, en el gobierno desarrollista de Frondizi, estaba aceptado que los directivos de medios incursionaran en la política partidaria. No está de más subrayar que recién durante la segunda presidencia de Juan Domingo Perón, en 1953, se sancionó la primera Ley de Radiodifusión, 14.241, por amplia mayoría en ambas cámaras. Es decir, la regulación estatal fue tardía y, en todo caso, no impidió el desembarco en la arena política de referentes periodísticos. Recién a partir de los 90, cuando las ciencias sociales compraron el buzón fukuyamista del “fin de la historia” (o sus equivalentes “caída de los grandes relatos” y “muerte de las ideologías”), se configuró un contexto simbólico de supremacía individualista. Así, el “buen” periodista, respetable, honorífico, pasó a ser el autodenominado “librepensador”, el que podía victimizarse ante el poder del Estado porque este cercenaba su libertad de expresión, que denunciaba hechos de corrupción (siempre estatal, claro) a través de un canal televisivo multinacional, con grandes corporaciones como auspiciantes.

Modelo info-comunicacional

Pero este campo simbólico que entronizó al periodista como signo individual en los 90 cuenta en la actualidad con un nuevo caballito de batalla: el régimen de las fake-news. No son dos cosas distintas, en todo caso, funcionan como distintos rasgos de la misma problemática, ya que ese periodista “librepensador” es hoy un operador corporativo de los medios, alguien que puede acusar a todo un proyecto político de “corrupto” a partir de escuchas ilegales que se habría encontrado mientras corría por los bosques de Palermo, acusar a un candidato a gobernador de ser el autor intelectual de un triple crimen y apodarlo “la Morsa” o bien lanzar hipótesis de “ruta del dinero” para que luego los canales de televisión transmitan en vivo y en directo el trabajo de excavadoras en la Patagonia en busca de capital de la obra pública supuestamente enterrado.

No se trata de información errónea, como si el meteorólogo del canal anunciara por la mañana que a la tarde estará soleado y, contrariamente, después cae una lluvia macóndica. Tampoco son interpretaciones sesgadas u opiniones desafortunadas. Todo ese show —morsa, excavadoras, ruta del dinero— puede hacerse porque la fake news es un sistema comunicacional en sí mismo, toda la información que se difunde está puesta al servicio de este régimen informativo. En este sentido, es preciso problematizar el concepto de fake-news, ya que la comunicación actual no sólo es menos plural a causa de la gran concentración, sino menos veraz.

Sobre este neologismo, tomo la lúcida aclaración que hace Carlos Del Valle al señalar que no se trata de un “mensaje erróneo”, sino de un modelo info-comunicacional en sí mismo. Resulta curioso que se traduzca fake news como “noticias falsas”, ya que la falsedad (o falta de verdad) en el contenido de un enunciado puede ser refutada o desmentida. Sin embargo, lo que está en pie es un “régimen de la noticia-mentira”, como señala este autor, para quien “no se trata de errores o falsas convicciones, sino lisa y llanamente de un flujo de intenciones, avaladas por los altos niveles de concentración económica y cognitiva de los medios de comunicación”.

Desde ya, este modelo info-comunicacional no es una consecuencia no deseada, sino el resultado de hechos políticos. Señalemos, al menos tres: la adquisición de Papel Prensa, por parte de Clarín y La Nación, mediante métodos de tortura hacia sus antiguos propietarios, durante el Terrorismo de Estado (1976-1983), a lo que se debe sumar el “accidente” aéreo sufrido por David Graiver. En segundo lugar, las privatizaciones durante el menemismo, que le permitió a los propietarios de medios gráficos acceder a la propiedad de medios audiovisuales. Y, por último, la virtual derogación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual durante la gestión de Mauricio Macri al enviar la AFSCA a la órbita del Ministerio de Comunicaciones mediante el decreto 13/2015.

Desde ya, este modelo informativo y comunicacional no se circunscribe a los medios audiovisuales de antaño (radio, televisión), sino que también incluye a internet —me arriesgo a afirmar que es su punta de lanza—, con sus “redes sociales” y plataformas de streaming. De hecho, el concepto de posverdad se vincula estrechamente con este circuito de redes sociales y mass media. Para el filósofo británico Anthony Clifford Grayling, la posverdad “es una cultura en donde unos pocos reclamos en Twitter tienen el mismo peso que una biblioteca llena de investigaciones. Todo es relativo. Se inventan historias todo el tiempo”. ¿Hashtag mata investigación? Más grave aún, las plataformas de redes sociales pueden “etiquetar” ideológicamente a determinados medios e influir peyorativamente en sus usuarios. Por ejemplo, las cuentas de los medios estatales DW y BBC, de Alemania y Reino Unido, respectivamente, no tienen ninguna etiqueta puesta por Twitter, del megamagnate buitre Paul Singer. Contrariamente, a las cuentas de los medios Actualidad RT y China Xinhua News, de Rusia y China, Twitter les agregó las etiquetas “Medios afiliados al gobierno, Rusia” y “China state-affiliated media”, respectivamente. Tampoco escapa al régimen de la posverdad el gigante informático Google, como lo demuestra la denuncia presentada este año por la vicepresidenta argentina a raíz de que el buscador de internet priorizó un agravio y difamación hacia ella en su panel de búsqueda.

Curiosamente, muchos comunicadores se pusieron del lado de Google bajo el argumento de que importaría más el “derecho a la información” de los usuarios que el derecho a la intimidad de las personas que puedan llegar a sentirse ofendidas. No obstante, la demanda de la presidenta del Senado no exigía supresión de información de ningún tipo; al contrario, apuntaba a la responsabilidad de Google que, obviamente, no se hace cargo legalmente de los contenidos subidos por sus usuarios. Al respecto, la ex mandataria se preguntaba si existe algún tipo de defensa para las personas que resultan víctimas de este tipo de acciones perpetradas por Google. Es decir, a la falta de regulación estatal sobre los servicios de comunicación audiovisual se agrega la absoluta discrecionalidad de acción de las redes sociales y plataformas virtuales.

Un panóptico virtual y privado

Hace unos 20 años, Ignacio Ramonet planteaba que la censura ya no se ejercía haciendo silenciar a las voces disidentes, sino que se llevaba a cabo mediante la sobreinformación, que significaba “decir mucho para ocultarlo todo”. Esa sobrecarga de información le impediría al individuo elegir, diferenciar, priorizar, y genera un paradójico proceso de mayor información y menor conocimiento. Pese a la precisión de este diagnóstico de Ramonet, hace 20 años no existían las redes sociales, plataformas virtuales que saben todo —sin exagerar— acerca de nosotros, una suerte de panóptico foucaultiano pero no estatal, sino del mercado. Pero entonces, ¿qué consecuencias tendría la manipulación de nuestros datos por parte de los gigantes de Silicon Valley? O más cercano a nuestra realidad, ¿con qué posibilidades de defensa contamos como usuarios?

El caso más burdo es el de “Cambridge Analytica”, en 2019, a partir del cual Facebook debió pagar una multa récord por la forma en que manejó los datos de 87 millones de usuarios al comprobarse que esos datos fueron utilizados para influenciar los resultados de las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos y el referendo del Brexit en Reino Unido. En la Argentina, días antes de la veda electoral de las PASO 2019, ocurrió una suelta de bots en Twitter al intentar instalar como trending topic una declaración de apoyo al ex presidente Macri. El hecho cobró notoriedad por los nombres inverosímiles y las consignas semánticamente incoherentes, como la de “caricia significativa proveniente de Hurlingham” de la supuesta usuaria Lavonne Smythorsmith. Más allá del error técnico que puso al descubierto la desinteligencia comunicativa del macrismo, no existe hasta hoy ningún tipo de control sobre el funcionamiento de cuentas falsas o el denominado “trolls center”, especie de comité virtual para instalar mensajes abiertamente sesgados. Más acá en el tiempo, ocurrió lo mismo con la consigna “Gracias Mauricio”, para instalar en la opinión pública que la fabricación de la vacuna contra el Covid-19 fue un logro del macrismo.

Lo interesante, en todo caso, es analizar la conducta adoptada por los medios de comunicación. Clarín, por ejemplo, tituló la noticia “Gracias Macri, la llamativa consigna que se hizo viral tras el anuncio de la vacuna contra el coronavirus”. La volanta anunciaba “otro capítulo de la grieta” y el copete confundía aún más: “los seguidores del expresidente recordaron en Twitter el convenio que firmó la anterior gestión con el laboratorio Astrazeneca”. Es decir, un claro ejemplo del funcionamiento de la denominada posverdad, ya que nunca se aclaró que el laboratorio mencionado no sería el responsable de la fabricación de la vacuna.

El error más frecuente es creer que el sistema de medios algún día pedirá disculpas o reconocerá que mintió. O, más ingenuamente, que le dedicará a la rectificación el mismo espacio en sus páginas y el mismo tiempo en su programación que el dedicado a las fake-news. Contrariamente, creemos que hoy, más que nunca, resulta imperioso pensar mecanismos de intervención colectiva ante ese aparato info-comunicacional, dado que las reglas son puestas unilateralmente. Mecanismos que ya existen, como la Defensoría del Público, creada por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual para recibir consultas, reclamos y denuncias de las audiencias. ¿Por qué no pensar un órgano similar para la regulación de las redes sociales, federal y horizontal?

Evitemos facilismos. La “pluralidad” no se logrará esperando a que algún día haya comunicadores “populares” en los medios corporativos o anhelando a que un amplísimo espectro de medios pequeños algún día logren disputarle audiencia a los gigantes comunicacionales, mucho menos oponiéndole a un hashtag del “Troll Center” otro hashtag del campo popular, en una especie de “carrera especial” por el trending topic. Se debe partir de la premisa de que el actual sistema de medios ha reconocido hacer “periodismo de guerra”, que incluso durante gobiernos populares el Grupo Clarín logró quedarse con la mitad de la audiencia nacional de televisión por cable mediante su fusión con Multicanal y que, en gobiernos neoliberales, el mismo grupo logró quedarse con  el 60 por ciento de los accesos a internet al devorar a Telecom o, más atrás en el tiempo, los casos mencionados de medios audiovisuales durante el menemismo y la fábrica de papel durante la dictadura militar.

Sólo a través de la participación de las audiencias se logrará un sistema de medios plural, democrático, federal y respetuoso de los derechos humanos. No está de más recordar que los pactos y normativas internacionales reconocen a la comunicación como un derecho humano fundamental. Nunca hubo un contexto más propicio para que la letra escrita de la ley se vuelva palabra viva en la sociedad.

Fuentes consultadas:

¨ Sean Coughlan: “Qué es la «posverdad», el concepto que puso de moda el «estilo Trump» en Estados Unidos”, BBC, 12/01/2017, https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-38594515

¨ Carlos Del Valle: “El régimen de la noticia-mentira: las bases de los autoritarismos en democracia”, en Comunicación para la resistencia: conceptos, tensiones y estrategias en el campo político de los medios, 2019: 49, CLACSO.

¨ Silvia Peco: “Telecom-Cablevisión: fusión concentra ya casi el 60% de los accesos a Internet”, Ámbito Financiero, 3/7/2017, https://www.ambito.com/edicion-impresa/telecom-cablevision-fusion-concentra-ya-casi-el-60-los-accesos-internet-n3988556

¨ Mariel Fitz Patrick y Sandra Crucianelli: “Cómo repartió el Gobierno nacional la publicidad oficial en el primer semestre del año”, Infobae, 13/08/2020, https://www.infobae.com/politica/2020/08/13/como-repartio-el-gobierno-nacional-la-publicidad-oficial-en-el-primer-semestre-del-ano/

¨ “Dibujan un mapa de la concentración de medios en la Argentina”,  Perfil, 26/04/2019, https://noticias.perfil.com/noticias/economia/2019-04-26-dibujan-un-mapa-de-la-concentracion-de-medios-en-la-argentina.phtml

8 comentarios en “Fake-news y régimen de posverdad en el sistema de medios argentino

  1. Excelente nota. Muy precisa en su recorrido y con rigor periodístico en el uso de las fuentes.
    Me quedé reflexionando sobre el párrafo final. Si la opción es la participación de las audiencias, me pregunto de qué manera puede ser activa y positiva. Si la sobre información genera la colonización de las mentes, se convierte en un círculo vicioso. Para seguir pensando.
    Muchos exitos para Revista Punzo.

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