Qué nos espera de la educación pospandemia

En este ensayo, la periodista y docente cuestiona las prácticas pedagógicas fosilizadas y arriesga una serie de propuestas novedosas para el día después de la pandemia. Qué papel puede jugar la ESI para desarrollar un trabajo interdisciplinario.

Por Laura Obredor

No es necesario que empecemos contando qué significó la pandemia para el mundo. Así que voy a obviar esa parte. Vamos a ir al grano respecto de las oportunidades que ofrece pensar una diferente forma de educar o de estar en las aulas que podrían ponerse en práctica después, en la pospandemia. Los invito a imaginar entonces cómo sería la cosa.

Desde hace tiempo sabemos que las aulas de los primeros años de los niveles, sobre todo, de los espacios del conurbano bonaerense sufren un desgranamiento. En el primer año, podemos observar una matrícula de alumnos excesiva que se agolpa en las aulas combinando la emoción del primer día de los pibes que ingresan. Pero también compartiendo el estar todos juntos y todos pegados porque las aulas en algunos casos son chicas y en otras, son muchos chicos.

Creo que a esos estudiantes que ingresan a secundaria le debemos la bienvenida. Les debemos el tratar de educarlos de otro modo, más personalizado y mejor. Los profesores sufren en el nivel básico de secundaria porque los chicos son inquietos, pero más que nada porque son muchos y no pueden prestarles atención a todos.

Les debemos la bienvenida a esos chicos porque quién se querría quedar en un espacio donde muchos pibes son considerados NN por los docentes que vienen como “profesor taxi” dando clases de a dos horas colegio por colegio. Pueden responder que los docentes deberían darle lugar y aprenderse los nombres. Sí, es verdad, pero un profesor promedio de Secundaria pasa por al menos cinco escuelas para lograr una carga laboral y salarial necesaria para mantener un sueldo aceptable.

Entonces la pandemia vino y nos obliga a optar por estrategias que prevengan el contagio, pero también que prevendrían el abandono escolar (no se dice deserción, me dijeron que es muy militar).

Una cantidad de alumnos aceptable para trabajar podría ser de 15 a 25. Estas son cifras en las que el docente puede interactuar y llevar adelante una clase sin pasar por un dolor de cabeza. Quizás las aulas pospandemia sean pensadas y armadas con menos alumnos, bienvenido sea.

Si analizamos estadísticas, el abandono escolar se produce en los primeros años de secundaria básica y no creo, por supuesto, que se deba únicamente a que están abarrotados los cursos de alumnos, pero podría ser uno de los tantos argumentos y quizás el más importante. La solución es simple: menos alumnos y más presencia de los docentes en una o dos instituciones educativas, y no en cinco, seis, siete.

En el otro extremo de los que son muchos, se encuentran los colegios con “alumnos de palo”, aquellos que llenan las planillas de asistencia con ausentes, pero están ahí y tienen que permanecer. Pero vamos a referirnos a ese tema en párrafos más adelante.

En lo que respecta al ordenamiento de las materias, los chicos vienen de tener cuatro grandes asignaturas en Primaria dictadas por dos profesores como “parejas pedagógicas” con una carga horaria muy importante (además de Educación Física y Arte), a tener de siete a doce materias en secundaria con siete a doce profesores distintos y una preceptora en los últimos años. Nos enojamos con los pibes porque no se acuerdan de nuestros nombres ni cómo se llama la materia que damos, pero en verdad, ¿quién se acordaría el nombre de alguien que ve una vez a la semana por dos horas?

A la hora de dar clases virtuales, de siete a doce disciplinas curriculares se agolparon para dar clase y dar tarea. Fue así que los chicos, que no pueden ser “bienvenidos”, fueron inundados con tareas de siete a doce materias.

La pandemia puso en evidencia que los conocimientos no pueden darse de manera aislada, es necesaria la acción situada, anclada y vinculada a otros conocimientos. Es momento de pensar la educación mediante proyectos, en los que puedan participar la mayor cantidad de disciplinas curriculares posibles. Pero este no es un desafío solo para los chicos, sino para los docentes que debemos empezar a tomar la posta y pensar proyectos integrales.

La obligatoriedad y la transversalidad de la Ley de Educación Sexual Integral puso en evidencia la necesidad de ampliar los horizontes curriculares y promover el pensamiento y la reflexión de los docentes en la planificación de actividades que puedan abordar problemáticas actuales, como la violencia de género, desde diferentes enfoques.

En lo que respecta a la ley de ESI, también es necesaria que las planificaciones y actividades áulicas referidas a abordar estos contenidos no solo se encuentren explicitadas en la “Semana de la ESI” sino que partan de la atención del docente hacia las noticias de actualidad, pero sobre todo a los problemas y situaciones que ocurren entre los alumnos y en la comunidad.

La escuela debe ser permeable a tratar y trabajar aquellas problemáticas que ocurren en los barrios y enseñarles a los alumnos a adoptar una perspectiva crítica y reflexiva sobre esas situaciones para reconocer y transformar aquello que les es posible desde conductas propias y de personas cercanas.

Cuando se habla de la transversalidad de ESI, no falta el docente que expresa que su campo curricular no se encuentra en relación con esa temática. En esas situaciones se pone en evidencia la falta de atención del docente hacia las inquietudes que manifiestan los estudiantes de forma implícita (actitudes, gestos, reacciones) o explícita.

Quizá la Ley de Educación Sexual Integral nos vino a motivar a pensar y mirar más allá de la disciplina y a detenernos a observar lo que pasa entre y con los estudiantes, a entender y acompañar situaciones, a humanizar nuestros conocimientos y, por qué no decirlo, a enseñar desde la afectividad. Recuerdo que uno de los semiólogos que estudié, Peirce, decía que “solo se conoce lo que se ama”. Desde las ciencias esto es posible, pero desde las relaciones humanas, todavía el amor encubre o hace que se nos escape aquellos aspectos peligrosos para nosotros mismos.

Volvamos a centrarnos a pensar en la educación. No es que nos hayamos distanciado, pero mi intención no es hacer una serie de divagues teóricos para después no dar ningún tipo de respuesta o propuesta al asunto. Y entonces, el problema sigue siendo el abandono escolar.

En la pandemia tuvimos que armar redes inmediatas de teléfonos celulares, entre docentes, entre profesores y alumnos, y entre toda la red que conforma el colegio. Se pensaron diferentes estrategias de plataformas educativas: Classroom, Edmodo, Moodle, etc. Pero la que ganó el podio en cantidad de adopciones y resultados fue WhatsApp. ¿Por qué?

A simple vista pareciera ser comodidad del docente, pero no, déjenme decirles que no fue por eso. Se debió más que nada al bajo costo del servicio. Los alumnos que tenían problemas de conectividad, podían contar con un celular en el cual el servicio de WhatsApp les seguía funcionando aun cuando se hubieran quedado sin paquete de datos.

Además, el punto a favor es la rápida intervención del docente con el alumno: mensajes de voz, fotos de avances de tarea y, tengo que decirlo, el fácil control de los padres. No faltó el grupo en el que el papá o la mamá preguntara delante de todos “Profes, ¿mi hij@ adeuda tareas?”. Respuesta que inmediatamente era dada, casi en coro, por los profesores.

Son en esas intervenciones en donde los docentes y los padres se ponen también a trabajar juntos. Esa comunicación abierta, esa cercanía entre docente y los padres, que había sido perdida o temida en algunos casos por el equipo educativo se volvió a reactivar. El objetivo es saber qué pasa y cómo se lo puede acompañar y ayudar, y qué mejor que el adolescente sea abordado desde la pregunta en los dos espacios sociales que más habita: la familia y el colegio.

Esta es otra de las características positivas que ojalá queden como aprendizaje en la pospandemia. El motivar el vínculo entre padres, madres, alumnos y docentes para generar un acompañamiento adecuado. Pero también, como dijimos antes, para ser permeables a los problemas que ocurren en la comunidad. La mamá de tal se quedó sin trabajo y vende pizzas, a los alumnos tales les robaron los celulares, a la nena tal le falta una campera, al alumno tal se le murió el papá, el nene tal no quiere continuar estudiando, y miles de situaciones que uno se entera que son muchísimo más graves que estas que menciono. Y así generar una comunidad educativa solidaria y abierta al barrio.

La educación de la pospandemia tiene un tejido de redes de contención, de inclusión, de búsqueda puerta a puerta de los pibes para preguntarles por qué se fueron, motivarlos a volver porque los estamos esperando, porque es necesario que estén y porque a nosotros no nos da lo mismo que estén o no. Porque siempre nos quedamos esperando que vuelvan.

Ahí aparece lo que habíamos dejado párrafos atrás como pendiente: los alumnos de palo. Estos chicos que existen, pero no vienen, que aparecen en una larga lista de asistencia, pero nunca o casi nunca nadie los ha visto. Son esos chicos que se buscan para la inscripción, para que se abran o mantengan cursos y no se cierren por falta de matrícula. La educación pospandemia tiene que seguir utilizando los mecanismos para saber quiénes son, por qué no están y si realmente están yendo a la escuela. Los alumnos de palo tienen que transformarse en los de carne y hueso que vemos en nuestras aulas y los llamamos por su nombre. ¿Por qué no vienen? Debe ser la pregunta y vayamos a buscarlos, la acción contigua.   

En cuanto al uso de la tecnología, la pandemia con su virtualidad nos vino a enrostrar que si los docentes no nos actualizamos quedamos afuera, no del sistema sino del mundo y que además estamos limitando a los alumnos acerca del traspaso de cultura que le estamos ofreciendo. Que los chicos tienen claro el uso de internet, puede ser. Pero lo que no tienen clara es la búsqueda de información confiable, de fuentes ni tampoco cuando están siendo manipulados mediáticamente. Pero no solo los alumnos, sino los padres y los propios docentes.

Caímos en cada mala información: que volvían las clases presenciales, que no se evaluaba, que no se calificaba, que no se repetía. Toda una serie de noticias que generaron malestar en el ámbito educativo y que no fueron más que especulaciones o “interpretaciones” erróneas de la información oficial brindada por el Ministerio de Educación.

A partir de esto, la educación de la pospandemia exige educación para el consumo de la información que circula en los medios de comunicación (ay, me salió rimado). Enseñando estrategias de revisión, comprobación, reflexión, cuestionamiento y detección de aquellas noticias que son falsas y que ahora resulta que son moneda corriente en algunos noticieros. En otras palabras, educar para evitar la manipulación mediática de nuestros alumnos de la cual muchos de nosotros también fuimos o somos víctimas.

En la educación de la pospandemia, también vamos a extrañar la escuela como era antes y vamos a terminar contándole a los demás “porque en mi época”, pero no vamos a volvernos viejos nostálgicos y retrógrados. No vamos a añorar la escuela de las aulas descuidadas, de los baños y aulas sucios, la escuela donde los docentes vuelan por los aires por escapes de gas. Lo que vamos a extrañar es la inconciencia que teníamos de lo que habíamos naturalizado y que no estaba bien.

Si la pandemia vino a poner a la educación y al sistema educativo patas para arriba, démoslo vuelta. Aprovechemos. Nadie nos detiene para imaginar, pensar, desear, proponer nuevas formas de educación para que la cosa funcione. Pateemos el tablero, pongámoslo al revés, mezclemos las fichas, cambiemos las reglas. Creo que la educación de la pospandemia viene a darnos la oportunidad del lienzo en blanco, pero no con unos pocos óleos para pintar, sino con una amplísima paleta de colores que podrían estar flameando en las escuelas como las Wiphalas.

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