Un grito de corazón

Desde distintas trayectorias y orígenes, militantes del peronismo relatan cómo se acercaron al movimiento político más importante de Latinoamérica.

La Huella del Militante

Por El Negro Mario Caldaroni

Sería junio del 79 cuando el pibe se vistió con las pilchas viejas y pasadas de moda que aún su madre no había tenido tiempo de regalar para meterse por la garganta de ese taller en Mataderos, lleno de hedor a cartón mojado, a churrascos del día anterior, a transpiración de burro, a mate recién cebado, haciendo pie en el mercado negro de los negros proletarios, así, con 13 años, y uno de pajas ahora jugaba al laburante. Días atrás su papá, un gringo albañil de manos pesadas y corazón enorme, le había dado a elegir entre dos naipes, “Trabajás o estudiás”, a sabiendas que la suerte ya estaba echada.

Agitado de emoción, el Negrito fantaseaba con la guita en el bolsillo. Pensaba en cervezas con amigos y puchitos rubios, la otra mitad era parte del trato con el viejo, “para ayudar en casa”. Su nuevo compañero, Lauro, un correntino feo y jetón afincado en un rancho de Laferrere, solía silbar la marcha mientras troquelaba pilas de láminas de figuritas con las estrellas del metropolitano, hasta que Don Pedro lo retaba, “¿Pero sos boludo?”, y Lauro improvisaba sobre la marcha melodías del interior, “Es chacarera, patrón”. Se reían los dos como tontos (Don Pedro también, pero disimulaba), más cuando el Negrito en un solo día se la aprendió de memoria. “Tragá bien la saliva y ponele emoción”, corregía el oficial al aprendiz, ansiosos de sorprender al patrón ahora silbando a dueto la más maravillosa música.

Hasta aquel momento, poco sabía el Negrito de peronismo pero sabía de Perón, un General elegante arriba de un pinto, con mirada decidida y sonrisa confiable, dentro de un cuadro que se caía de lado, sobre una pared agujereada del barrio de Liniers, en esa casa abandonada, en la esquina de Pilar y Cossio, donde habían vivido o muerto pibes de pelo largo que salían de noche a hacer las compras, y que una mañana desaparecieron de prisa y del barrio, olvidando al General en la pared.

La puerta de fierro viejo oxidado, sin llave. En la galería quedaban todavía vestigios de una suerte de huida desordenada, donde esparcida una serpentina de papel higiénico sobre utensilios de cocina, papeles y libros viejos de tapa dura, indicaba la puerta de fuga, como si alguien escapara de la muerte hacia otra muerte, tan segura como inminente.

Así fue aquella mañana misteriosa del 76, cuando volviendo de la escuela con otro insuficiente, antes de entrar a su casa y para dilatar una segura paliza, se animó a inspeccionar las ruinas del bunker y descubrió, además del General con su pinto, especies de signos que flanqueaban la puerta de ingreso al comedor, algo así como compases invertidos soportando el peso de una P mayúscula, los mismos que aparecían siempre de mañana en las paredes del barrio, camino a la escuela Alfonsina Storni. Años después y de tanto en tanto, cuando Lauro jodía a Don Pedro silbando la marcha mientras el aprendiz se le atrevía a la troqueladora, pibes, pintadas, pinto, y Perón volverían evocados a su cabecita negra en una sola melodía, en un enjambre de pensamientos.

Lito para Tita, su mujer, y para los miembros vitalicios del club de fiados y de amigos circunstanciales, Pascual, o el Gordo, dependiendo del afecto alcanzado y confianzas concedidas. En los días de plomo, miedo y silencios se las arreglaba para activar la única unidad básica del barrio que operaba clandestinamente, tras repuestos de hojas canson, novedades de Taiwán, cigarrillos sueltos y alfajores, como para despuntar el vicio, en ese quiosco de la calle Tellier y a poquitas cuadras de la casa del Negro (que ya no era tan pibe), por entonces el único reducto posible donde comenzar a recomponer tantas piezas sueltas.

Se hacía querer el Gordo, con mirada paternal y paciencia de pescador lo escuchaba y aleccionaba. Sermoneaba la vida y también lo retaba, y lo mejor cuando le contaba de su paso por la municipalidad. O con ribetes épicos, sobre el pueblo movilizado y la fuente fresca. Hablaba de amor y de las máquinas de coser y de los juguetes de Evita, de lealtades y doctrina, y de cuando volvió a casa Perón. En fin, de historias tristes y finales felices, hasta que…

Algunos años después, en esas noches que venían empetroladas y costaba dormir, en modo letargo solía desenterrar a Lauro, pensaba en el eterno retorno, en aquel silbido acuciante y en los compañeros que dejaron de silbar, y de marchar. Cuando otras, en burgueses, en obreros y ese hecho maldito, réplicas que irían cayendo como las hojas de tilo en otoño ventoso, reveladas en memorias de hambre y necesidades, en primera persona, en esas raras rondas de confesiones y adoctrinamiento, ahora por la zona fabril de Villa Lynch, donde el Negro conseguía por fin laburo en blanco como maquinista en una imprenta de garcas, que nunca hubieran consentido a Lauro, ni tampoco comprado cajetillas en el quiosco de Pascual.

Juan Carlos, un vago que se casó con Cora la hija del dueño, para no trabajar más, muy bien empilchado solía vedetear por el taller, solo para fastidiar a la negrada, hasta que una mañana y en ejercicio de delegado el Negro le exigió ropa de fajina para la tropa. Juan Carlos le daría la tarjeta de su sastre y un telegrama de despido.

Pero antes conoció al viejo Ibarra, Tito, un jubilado encargado de abrir y cerrar el taller, preparar el mate cocido con el pancito, y de hacer los trámites de la gerencia. Como a Juan Carlos, también le gustaban las pilchas, y se la rebuscaba bien para estar siempre planchado y de jetra, un pituco con cinco guitas y algún vuelto en el bolsillo. Humeaba como plancha de tintorero y mentía como vendedor de seguros cuando hablaba de minas y la gran vida, o de política y confidencias que solo él, Rucci o algún otro del entorno de Perón conocían y guardaban para los leales al movimiento. Y en una de esas jornadas de tertulias, cuando las resmas de papel no llegaban, Benavidez muy pesado y el día se hacía largo, le preguntó “por qué sos peronista”, y Tito quebró.

Pausa larga, apoyó el codo en la vieja guillotina dejando caer todo el peso de sus huesos y de sus memorias hasta encontrar las palabras precisas. En el mientras tanto, desenfundó lentamente (como solía hacerlo) del bolsillo derecho de la camisa almidonada los Imparciales largos, con la solemnidad propia del pianista al acomodar la partitura, y con la templanza del acróbata mirando fijo al vacío, antes de lanzarse. Y nos dejamos arrastrar, nosotros también, por sus cavilaciones.

“Crecí en un conventillo donde lo único lindo y perfumado eran los panes de mi vieja y un naranjo en medio del patio. El turro de mi papá se fue una mañana y nunca volvió. Éramos mi vieja y yo, la tanada de al lado, y la tuberculosis que de tanto en tanto merodeaba golpeando puertas, buscando viejos o muertos de hambre. Con las palmas de las manos cerca del bram metal mientras se hacía el cocido de rabo, con nueve años me calentaba para salir a yugarla, como casi todos los pibes de ese conventillo que era la Argentina, hasta que llegó Perón. Ya era mayor y todavía tenía a mi vieja cuando tuve mi carnet de laburante, y pude en cuotas sacar mi primer traje gris con los zapatos picados, forrados en badana. ¿Me crees si te digo que por primera vez mamá y yo cruzamos la General Paz? y nos subimos a un trole, y llegamos al centro, hasta las luces. La llevé a una pizzería de Corrientes, y vimos el obelisco pero no pudimos encontrar la fuente, había que caminar mucho y ella ya estaba muy cansada de emoción. Negrito, no puedo ser otra cosa que peronista y agradecido”. 

Todo se le enlazaba cobrando sentido con sentida ilustración, palabras sueltas que evocaban circunstancias y a protagonistas distintos unidos en un mismo sentimiento sin tiempo. El compás invertido con la letra P de “pinto”, “Perón”, “pibes”, “pintadas”, “pueblo”. Lauro silbando su sinfonía y Pascual adoctrinando en su quiosco. La fuente fresca y los 17 de octubre y de noviembre (el Negro nació un 17 de abril, vaya número). El documental de Favio y esa lluvia dulce que como caricia de madre besaba y santificaba al General y a su ejército popular, agua bendita para inmortalizar al líder en su eterno retorno. Tito trajeado, el taller, las máquinas y los laburantes, después vendrían la Negra Amaya, Garufa, las básicas abiertas, la UB Doctrina y Los Hijos de Fierro, y también decepciones. El militante está hecho de memoria, de compañeros, de agradecimiento eterno. Militante es esto, todo lo que lleva puesto, o no es.

Mi abuelo era italiano, se había hecho argentino en el 46 para votar a Perón

Por Rodolfo Parisi

¿Cómo no voy a ser peronista? Si uno de mis primeros recuerdos es ver a mi viejo, recibiendo a cuatro o cinco amigos, todos abrigados, con sobretodo, en la cámara frigorífica donde guardaban las flores del negocio, tomando café y ginebra y hablando, claro, de Perón. O ese otro recuerdo, también de infancia, también de noche, que se repetía siempre igual, después de que la voz de mi viejo decía “¡Nos vamos a casa!” y había que irse nomás, de raje y de la casa gorila de la familia de mamá. Avenida Rivadavia, parar un taxi de prepo en mitad de la calle, y subir, todos callados, salvo él que seguía, y seguía “¡qué hijos de puta!” o “¡Cuánto odio, Dios mío!” Después, a los diez años, ya iba con él a la UB “Primero de abril”, en la calle Bernárdez; o a la “John William Cooke” de Mercedes y Tinogasta, a otra que estaba por la avenida Segurola.

Ya éramos compañeros, el viejo y yo. A los 11, me llevó a ver la Juventud Peronista en la cancha de Atlanta. Y fue más lindo que un partido. Y después lo vi, o creo que lo vi, en la televisión, yendo a recibir al Pocho cuando hizo la primera vuelta, ese día de lluvia. Estábamos almorzando con mi abuelo y mi vieja. Ese día se salvó de que lo maten por un pelito. La cosa fue así, estaba empapado, y la poli reprimía, a pesar de que dicen que no, pero sí, reprimían con balas de plomo. El viejo se cae, o se resbala en un zanjón, y viene un compañero y lo levanta y ahí sienten los dos el chicotazo de la bala al entrar en el agua barrosa. Un segundo después y chau viejo. Historias de familia, pequeñas leyendas para los días de fiesta. ¿Cómo no ser peronista con estos recuerdos? Él a su vez, tenía los suyos. Su papá, el viejo que estaba sentado con nosotros en la mesa ese 17 de noviembre, mi abuelo, se llamaba Prospero Parisi. Era italiano, y se había hecho argentino, en el 46, para votar a Perón. Me dejó su libreta peronista. Firmada por Cámpora. Mi abuelo, mi viejo y yo, todos peronistas. Aún vivo en la casa de Próspero, tengo su foto y su carnet del partido y tengo un montón de historias familiares que me gusta contar cuando vienen mis amigos al Quincho del fondo, donde están mis pinturas, mis recuerdos, mis discos y el fantasma de mi viejo y de mi abuelo. A veces, después del asado, cuando se van todos, yo me sirvo un vaso más, el último, pongo la marcha, y canto, y soy feliz. Soy feliz porque no canto solo, nunca. Canto con ellos.

Los arrabales del mundo, la patria

Por Leandro Alva

“De los arrabales de la luz/ de las fronteras donde el barro es el barrio/ y los faroles las mentidas estrellas/ de los tangos furiosos que rezongan/ su impotencia banderas bandoneones/ que se pudren a orillas del Riachuelo/ de allí de donde soy…”

Pedro Orgambide

Ante todo, confieso que no provengo de cuna peronista. Conocí la melodía de la marcha en la tribuna de Temperley sin saber la letra original. Mi viejo era socialista de Palacios y mi vieja era radical. Mi viejo ya no está, y mi vieja dejó de ser radical después de la infamia de Gualeguaychú. Sin embargo, tampoco puedo decir que mi familia fuera gorila o antiperonista. Mi vieja siempre admiró a Eva, al punto de lucir su foto sobre la cómoda junto a las estampitas de algunos santos milagreros, y mi viejo sostenía que Perón había tenido los cojones necesarios para implementar políticas de firme acercamiento a la tan esperada y escurridiza Justicia Social. Así que puedo decir, afortunadamente, que nadie me educó en el odio al “negro cabecita que come chori, se toma una caja de vino y edifica una prole de dos dígitos” (hoy rebautizados choriplaneros).

Voté por primera vez en el 92 o el 93. Voté a la vieja Unidad Socialista, aquella de Alfredo Bravo y Estévez Boero. Con el tiempo, mis preferencias iban a fluctuar: Movimiento al Socialismo de Luis Zamora, Proyecto Sur de Pino Solanas, Partido Humanista, Partido Socialista Auténtico y alguno más que se me debe estar olvidando. Eso sí, jamás lo voté al Turco ni a De La Rúa, si se me permite una mínima jactancia.

Durante mis años de Universidad coqueteé con el marxismo. No obstante, recuerdo (o creo recordar) que la gente del centro de estudiantes estaba siempre a la defensiva, protestando, encerrada en el habitáculo de la crispación eterna. Presencié muchas disputas sin rumbo ni huella de pragmatismo alguno. Los camaradas parecían seguir una suerte de opiácea estrella de Belén, algo lejano e inmaterial. Quizás esa predisposición al berrinche y a lo fabuloso logró que me alejara de aquellos pibes idealistas y no demasiado proletarios. Y entre una cosa y la otra llegaron las elecciones de 2003. Debo confesar (otra vez el pecado) que no voté a Néstor. No lo conocía, no tenía la más mínima idea de quién era. Sin embargo, a los seis meses de gestión ya me había convencido para siempre. Por el 2005 o 2006 comencé a ir a las marchas del 24 de marzo y, de vez en cuando, visitaba a las Madres cuando algún jueves me sorprendía en Capital. Más tarde voté a Cristina, claro. Y llegaron dos momentos bisagra: la 125 y la muerte de Néstor. Ambos eventos me marcaron a fuego. A esta altura del partido yo ya estaba familiarizado con cierta mística justicialista: algunos libros de doctrina, Marechal, Mordisquito y Discepolín, Jauretche, Carpani, Manzi, Nelly Omar, Cooke, Walsh, Favio. Esos nombres me sonaban cada vez más familiares. Y el inolvidable 17 de octubre de 2014 me acerqué a la plaza para ver qué onda, para sentir de una vez por todas eso de que el peronismo no es un partido político sino un movimiento social. Y desde aquel momento nunca dejo de acercarme. Porque ahí encuentro alegría, sentido de pertenencia, arrebatos fraternales, comunión, liturgia. ¿Qué más se puede pedir?

Han pasado más de 15 años y cada día reafirmo mis votos. Actualmente laburo en un centro cultural de Lomas de Zamora y tengo un programa en la radio del mismo municipio. Trato de ejercer la militancia desde el mínimo lugar que la épica me ha asignado. El movimiento no se detiene, como aquella ola que hacían los mexicanos en el mundial del 86. Y yo estoy orgulloso de ser parte de esa ola, de ser un buche de mar que se endulza en la garganta y refresca el corazón. Y sueño con el día que crece, con el sol en alto y la voz de Hugo del Carril a todo volumen. Sueño y abro los ojos. Y sigo soñando, compañero.

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