Bayer-Monsanto: extractivismo a través de la agricultura industrial

Más de 700 mil hectáreas de bosques se convierten anualmente en tierra de cultivo de soja transgénica. El círculo vicioso de commodities y su vínculo con el desequilibrio demográfico. Por qué es urgente discutir la propiedad de la tierra.

Nuestra vida es un erial,

flor que toco te da soja,

y en mi camino fatal

alguien va sembrando el mal

para que yo lo recoja.

 Por Manuel Navarro

Colon, provincia de Buenos Aires, Pampa húmeda, zona núcleo. Territorio independiente de la soja, Argentina.

   Vuelvo a empezar una nota que tiene por fin dar una idea un tanto más compleja que las habituales respecto de una problemática que se ha dado en llamar “soja” o, en una mirada más crítica, “glifosato”, en ese afán reduccionista de los medios de comunicación que también nos han regalado hace algunos años el concepto “campo”. Palabras todas ellas de semiosis múltiple con veleidades de infinitas, asimilables todas ellas a Dios, dado que encierran en sí todos los bienes y todos los males y que, además, sería pecado alcanzar una definición última y totalizante, pues su valor reside en que son inasibles, de manera tal que cuando las mencionemos, todos creamos que estamos hablando de la misma cosa y lleguemos a acuerdos donde ambas partes se comprometen por su honor a llevar adelante distintas cosas.

   ¿Dónde? Para lo que nos importa, en Argentina. Primero fue en toda la zona núcleo de las actividades agrícolas ganaderas de la Nación, después se vio que en esa zona había muchas hectáreas ocupadas por humedales o lagunas, como las llama el pueblo, y se decidió vaciarlas con un sinnúmero de canales clandestinos que nadie ve, aunque es más fácil volar que caminar y no caer en uno de ellos. Como todavía eso nos pareció poco y el ente soja se había convertido en la principal fuente de divisas para el Estado, y la propiedad de la tierra daba la posibilidad de invertir dinero que daría ganancias sin trabajar, sólo arrendándola, se empezó a desplazar la frontera agrícola ampliando los territorios cultivables como nos lo muestra la mirada virtuosa sobre el asunto. Arrasando con bosques y ecosistemas, extinguiendo para siempre de a cientos o miles las especies o variedades de animales, insectos y vegetales, degradando suelos como los del Chaco, cuya fragilidad no permitirá más que algunos pocos años de explotación antes de convertirse literalmente en desierto.

   700 mil hectáreas nuevas, que antes fueron bosques, se agregan cada año a la lista de las destinadas a producir dólares de la mano de la agricultura industrial y sus cuasi monocultivos que degradan y expolian los suelos de la Patria vaciándolos de nutrientes. Buena parte de esos dólares serán luego usados para importar fertilizantes que vengan a suplir los que ya no tienen las 400 mil hectáreas que cada año se convierten en inviables para producir sin ellos, y que nos venden las mismas empresas que nos vendieron el sistema de producción. Muchos más de esos dólares serán destinados a pagar una deuda externa que el pueblo no contrajo ni disfrutó, y algunos cuantos más serán usados para importar bienes suntuarios que den sustento a aquello de “consumo, luego existo”, que vendrá a tranquilizar las conciencias de un electorado que no sabe ni comprende; o lo que es peor, no le importa.

   ¿Debería importarle? Sí, debería. Como también debería importarle a una clase política para la cual la soberanía nacional fuera importante. Y quizás haya alguna, pero siempre pasa que estamos en “crisis”, entonces la “coyuntura” lo domina todo, y además hay que mirar a esa coyuntura inmersa en democracias 2.0 donde las encuestas, los focus-group, los algoritmos, la inteligencia artificial y otras herramientas de similar calibre deben ser tenidas en cuenta primero a la hora de acceder al poder y luego a la hora de conservarlo.

   ¿Y eso que tiene que ver?, se preguntará usted. Todo. El último censo nacional nos informó que en el país solo quedaba un 7% de población rural contra un 93% de población urbana; “alrededor de 20.650.000 personas nos apiñamos en apenas 5.642 km² (unas 3.660 personas por km² o 3,66 personas por m²). En tanto, que otras 20.650.000 personas se dispersan en los 2.786.168 km² restantes de nuestra superficie (7,41 personas por km² o 0,00741 personas por m²; ver notas 1, 2, 3). No es preciso ser un experto demógrafo para comprender que esa desproporción tiende a ser ya insostenible y que es una de las causas relevantes de muchas de nuestras carencias y problemas económicos, sociales, ambientales e institucionales, y esa población urbana tiene otros intereses que no son los mismos que los de la población rural, aunque sí suelen ser los mismos que los del “campo”; vale decir: el ingreso de dólares por la venta de commodities —que es como suelen llamar a los extractivismos ligados a la agricultura industrial; que es como suelen llamar a la minería agrícola; que es como suelen llamar a esa agricultura que ha prescindido de los agricultores y que seguirán llamando cuando terminen de imponerse los robots agrícolas ligados a la inteligencia artificial y que prescindirán de la gente. No es ciencia ficción, ya funcionan—, que garanticen el consumo, condición necesaria para acceder a la categoría de “ciudadano”.

   ¿Y a donde querés llegar con esto? ¡Ah! Eso. Bueno, que en términos electorales los intereses de tales ciudadanos son irrelevantes y en definitiva van a terminar poniendo su voto detrás de consignas que le son regaladas por los medios, pero no le conciernen. Téngase en cuenta que en ese 7% de población rural están incluidos los poco más de 2000 pueblos que para las estadísticas son “población rural agrupada” y conforman alrededor del 3% de ese total. Y otra cosa más: estos son los datos del censo del 2010. Hoy, todo está un poco peor.

   ¿Y? Decía Marx —cito de memoria— “no alcanza con la ignominia, es necesario tomar conciencia de lo ignominioso”. Y lo ignominioso de lo que muy pocas personas se enteran en las zonas urbanas, rodeadas del confort de la reproducción técnica, conforma un futuro distópico para todos. Gobernar es poblar propugnaba Alberdi hace ya casi dos siglos. Desde entonces, la población se ha disparado, pero en conjunto el país esté quizás más vacío que entonces. Cuando la ley sobre extranjerización de la tierra vio la luz, había en manos de extranjeros 5.000.000 de hectáreas. La ley ponía un límite de 14.000.000 de hectáreas, que podían ser enajenadas a nombre de ciudadanos de otros países. En diciembre de 2015, Horacio Verbitsky avisaba en Página/12 que 20.000.000 de hectáreas habían pasado a manos extranjeras. Si usted quiere ver los riesgos que esto entraña, dese una vuelta por Google y revise cómo se constituyó el Estado de Israel.

   Eso conforma un riesgo, pero lo que no lo es, porque está consolidado, es que los ciudadanos del “interior” de la provincia de Buenos Aires hemos perdido el derecho de permanecer y transitar el territorio de la Patria después de la caída del sol. Las policías rurales se encargan de perseguir y hostigar, en nombre de la seguridad, a todos aquellos que invadan los territorios de Monsanto-Bayer.

   No tuve tiempo de averiguar cómo es en el resto de las provincias, pero en Buenos Aires, los pueblos y ciudades se han convertido en guetos. Clarín Rural periódicamente se ocupa de avisar en un recorte chiquito, perdido en las últimas páginas, que la degradación estructural de los suelos es grave y que cuando ocurra el próximo ciclo de sequía, si esta se extiende un poco más de lo común, el destino de toda la llanura agrícola es convertirse en un desierto.

   Calculan la huella hídrica de los granos en litros, y este dato conforma una media verdad que esconde una mentira desastrosa: toda el agua está comprometida y, según los técnicos de hidráulica de la Provincia de Buenos Aires, nuestro Acuífero Guaraní es una cloaca. El suelo se ha convertido en algo de materia orgánica escondida entre arcilla y arena impregnada de agrotóxicos que las derivas de 2º, 3º y 4º más el viento hacen del aire una fuente de enfermedades, en la zona núcleo el viento ya no canta. Los habitantes de esos territorios han devenido en animales de feria que en innumerables documentales recorren el mundo empequeñeciendo los males padecidos por el pueblo vietnamita durante una guerra. Los agricultores mueren todos los días lejos de la tierra, y ese es un conocimiento que desaparece con cada uno de ellos y será muy difícil recuperar. 600.000 hectáreas menos de huertas —el dato es viejo— hacen que paguemos un kilo de morrones o de tomates como si viviéramos en Qatar o Arabia Saudí.

   Es hora y es ahora. Y es urgente que se ponga la propiedad de la tierra sobre la mesa antes de que sea demasiado tarde. Quizás ya lo sea; pero aun podamos rescatar un lugar en Tierra donde morir dignamente. O, en un futuro no muy lejano, un arqueólogo llamado Tato Bores; tratará de dilucidar el misterio de la Argentina y su desaparición.

Fuentes consultadas:

  1. https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-evolucion-poblacion-rural-urbana-argentina-nid2393232
  2. https://uploads.habitat3.org/hb3/Informe-Nacional-Republica-Argentina-FINAL-spanish.pdf
  3. https://www.pagina12.com.ar/304639-investigacion-muestra-la-desigual-distribucion-de-la-tierra
  4. De la era Macri, por si quedan dudas: https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/argentina_urbana_2018.pdf

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