Chi ama non dimentica

El escritor argentino radicado en Italia comparte sus impresiones sobre la noticia más triste del 2020. En la captura del instante de la noticia, se conjugan décadas, goles, partidos y hemisferios atravesados por una tristeza universalmente compartida.

Por Gustavo Calandra — desde Nápoles

   Desde que vine a vivir a la ciudad de D10S, en febrero, me pasó varias veces que, charlando con algunas personas, sobre todo esos viejitos que se reúnen en corrillos por las adoquinadas calles de La Sanitá, cuando les comentaba que era argentino —o ellos lo advinaban por mi acento—, cuando la conversación, inevitablemente, se acercaba al terreno del fútbol, los ojos se empanaban, la voz se quebraba: yo lo vi jugar, decían.

   Hace unos días, recibimos la peor noticia, la que no queríamos oír nunca. La recibimos nosotros, los que nacimos con vos, los que reímos, soñamos, festejamos y lloramos con vos. Dijeron que te nos fuiste. Y pensé: yo también te vi jugar.

   Una emoción es más fuerte que cualquier partida. ¿Qué viene después? ¿Cómo afrontamos ahora nuestro partido? La ciudad quedó muda.

   Más tarde, de forma espontánea, se convocarían los ultras de la Curva A y de la Curva B en el San Paolo, portando por Fuorigrotta los trapos y las bengalas, tratando de entender un poco. Las luces del estadio se encendieron.

   Mi primera reacción fue de aislamiento. Solo atiné a bajar a mi perra Chicha y casi flotar hasta un supermercado a comprar tres birras, en la larga noche de la segunda cuarentena.

   Ahí estaban los viejitos, en silencio. Algunos jugaban al dominó en el centro social de jubilados de Miracoli. Aún reunidos, cabizbajos. Hasta evitaban mirarme, aunque bien sabíamos que nos hermanaba un gran dolor.

   De Argentina a Napoli. Sai perché mi batte el corazòn?  Ho visto Maradona. El mejor sueño de Partenope. La sirena expande su fantasia por los quartieri spagnoli. Velitas en los murales, miles de bufandas celestes y blancas que te abrigan.

   Me fui a dormir con la camiseta de la Selección puesta.

   El Pibe de Oro nos trazó un camino, nos abrió una puerta.

   Una vida que es una gambeta y el abrazo de gol infinito.

   Adelante.

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