Mise en abyme: el radicalismo como ideología dominante

«Los medios piensan como la clase media, la gente en los medios es la clase media.

El sentido común, para esta cultura, es el sentido “del común de la gente”».

¡Salven a Clark Kent! Exhortaciones ante la muerte del periodismo, Tato Contissa.

Lejos de sumarse al coro de quienes anuncian su muerte, el ensayo problematiza cómo, a través del ropaje de la moderación, el radicalismo logró convertirse en la ideología dominante.

Por Marcelo Ibarra

I. Omnipresencia y moderación

   En materia pedagógica, económica, política, comunicacional, histórica —por mencionar sólo algunas áreas de conocimiento—, abundan libros sobre el justicialismo. En cualquier buena librería que se precie, se podrían reunir todas esas producciones escritas en una sola sección llamada “peronismo”. Y si nos tomamos la molestia de revisar los autores de dichos libros, notaremos que los textos “legitimados” mediática y académicamente fueron escritos por autores que no comulgan con el ideario justicialista.

   ¿Un debate sobre cantidad vs. calidad? Más profundo: se observa en estas textualidades el funcionamiento de la hegemonía gramsciana. Los títulos son más que sugerentes: La larga agonía de la Argentina peronista, de Tulio Halperin Donghi; ¿Qué es el peronismo? de Alejando Grimson, por mencionar sólo dos. Pienso en el ex secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional Ricardo Forster, entre otros tantos académicos que nos explican el peronismo desde arriba.

   Entonces, de este planteo inicial, se desprende un interrogante que cae de maduro, pero nadie se atreve a plantearlo: si no lo hacen intelectuales o agentes de la cultura pertenecientes al movimiento peronista, ¿quiénes escriben la historia y la pedagogía del peronismo? O, hilando más fino, ¿a qué ideario político pertenecen esos autores encargados de construir los relatos válidos, las interpretaciones pretendidamente objetivas sobre el justicialismo?

Invirtamos, si se quiere, el planteo. ¿Debemos seguir aceptando la interpretación reduccionista que afirma que la causa de todos los males del país son los “70 años de peronismo”? ¿O, en el terreno pedagógico, la tesis de que el peronismo llevó a cabo un burdo adoctrinamiento ideológico, como si la pedagogía liberal de Mitre y Sarmiento fuera diáfana e imparcial? ¿Cuál es la otra gran identidad política, aparte del peronismo? Por fin, después de identificar y definir los alcances epistemológicos, los campos científicos por donde circulan estos discursos, cabe preguntarse: ¿qué características asume este ideario político en el terreno cultural?

   Apelemos al silogismo aristotélico para plantear una primera hipótesis: si el radicalismo es el primer ideario orgánico, y todo ideario orgánico se puede considerar como dominante, por lo tanto, el radicalismo es la verdadera ideología dominante en la Argentina, ya que se encuentra presente en todos los espacios culturales y políticos. Dos hitos, al pasar, que sostienen este argumento: la Reforma Universitaria, en 1918, y la línea editorial “desarrollista” de Clarín durante la proscripción del peronismo. El primer hecho consagró al radicalismo como el partido político que le permitió el acceso a la academia a quienes no eran parte de la oligarquía. En tanto, el segundo acontecimiento hizo carne la idea de que los medios de comunicación son “independientes” o “imparciales”, aún tomando una postura abiertamente partidaria.

   Pero no le esquivemos el cuerpo a la polémica, no nos quedemos en el diagnóstico y vayamos más al fondo. ¿Por qué ningún artista, docente, sindicalista o comunicador identificado con el peronismo, el marxismo —la izquierda, para ser más laxos y abarcativos— reniega de su identidad política? Antes bien, la gran crítica que se suele hacer desde sectores autodenominados “apolíticos” al peronismo y a la izquierda es, precisamente, su exceso declamatorio, una especie de acusación por intentar politizar de manera omnipresente la realidad. Pero, ¿por qué nadie se autoproclama radical? ¿Debemos seguir sumidos en la ingenuidad de creer en la imparcialidad de los medios de comunicación? De este marco reflexivo, podríamos deducir una segunda hipótesis: todo aquel que no expresa abiertamente su ideología es radical, ya que el principio que rige este sistema ideológico es la omisión, la elipsis, el silencio. En una suerte de juego de opuestos, pareciera que el radicalismo se afirma en su carácter moderado, encuentra su razón de ser al posicionarse como diametralmente contrario a lo efusivo y extravagante del peronismo.

II. Shakespeare no conoció a los radicales

   Con la categoría de mise en abyme, “puesta en abismo”, se hace referencia a un procedimiento narrativo que consiste en imbricar dentro de una narración otra similar o de la misma temática. Existe un alto grado de consenso en asignarle a William Shakespeare la creación de tal recurso en su icónica obra Hamlet, aunque también hay acuerdo en que se trata de un nefasto reduccionismo el hecho de concentrar toda la complejidad de la mise en abyme en la frase “Ser o no ser, esa es la cuestión”. En rigor, desde unas cuantas escenas antes (la segunda del Acto II), asistimos a una sutil y gradual transformación del protagonista, que es la verdadera tensión dramática de la obra, ya que sus oponentes deberán esforzarse por descubrir si está loco o se hace. Este procedimiento, nos dice el canon, es un clásico tópico del Barroco, que algunos sintetizan como el conflicto “ser/parecer” o “verdad/apariencia”.

   Pero, además, hay otro conflicto opuesto, subterráneo, si se quiere: si Hamlet logra “desenmascarar” a su tío Claudio, asesino de su padre y reciente esposo de su madre. Para ello, el hijo del rey asesinado monta una obra de teatro, con el nombre de “La Ratonera”, protagonizada por un elenco ecléctico. Es decir, un espectador inglés de comienzos del siglo XVII tenía completo conocimiento de que dentro de la obra (Hamlet) que había ido a ver estaba imbricada otra, destinada a los personajes, devenidos en espectadores circunstanciales.

   El problema actual es que, a diferencia del teatro isabelino, los espectadores no comparten el código del mise en abyme, no identifican que hay un simulacro dentro de una obra más grande. La gran ratonera actual es, claro está, el sistema de medios hiperconcentrado, con el agravante que los telespectadores ignoran quién finge o se hace pasar por lo que no es y tampoco quién ha ocupado el lugar del rey. Cualquier telespectador que se tome la molestia de hacer zapping podrá ver en el prime time televisivo a personajes como Baby Etchecopar, Eduardo Feinmann, Mauro y Jonathan Viale, Alfredo y Diego Leuco, Miguel y Nicolás Wiñaski, Luis Majul, Jorge Lanata, Cristina Pérez, María Laura Santillán, Facundo Pastor, Fabián Doman, Santiago Del Moro, Chiche Gelblung, María O’Donell, Ernesto Tenembaum, Carlos Pagni, Joaquín Morales Solá, Jorge Fontevecchia, José Natanson, entre otros tantos. En consecuencia, nadie se arriesgaría a afirmar que alguno de estos comunicadores es peronista. A juzgar por la línea editorial de las empresas periodísticas donde se desempeñan, pareciera todo lo contrario.

   ¿Por qué afirmamos que el radicalismo es una ideología que se caracteriza por el silencio, por no manifestarse públicamente? Seguramente, ustedes recordarán el trabajo de Slavoj Žižek sobre la ideología, en el cual tomaba el esquema triádico hegeliano de la religión —doctrina en sí; ritual para sí; y creencia en sí y para sí— y cambiaba religión por ideología para sostener que en el vértice del “en sí” había que ubicar al conjunto de creencias y doctrinas; en el ángulo del “para sí”, la exteriorización a través de rituales e instituciones, es decir, los aparatos ideológicos del estado althusserianos; y en el tercer y último extremo, del “en sí y para sí”, la “desintegración de la noción”. ¿Qué significa que la ideología se desintegre? Si la ideología es —siguiendo a Žižek— una matriz generativa que regula la relación entre lo visible y lo no visible, lo imaginable y lo no imaginable, implica que en el punto del “en sí y para sí” se produce lo que él llama una “lectura de síntomas”, una crítica del concepto, por lo cual, (y esto es lo más importante del planteo del filósofo esloveno) “el apartamiento de la ideología es lo que nos hace sus esclavos”. Dicho en criollo, nada es más ideológico que intentar negar la ideología, es decir, expresar la negación, el rechazo a todo sistema de pensamiento o matriz intelectual generativa.

   Aún hay más: Žižek postula —en clave gramsciana— que, en el capitalismo tardío, los medios masivos de comunicación son los que permiten que la ideología penetre en cada poro del cuerpo social. Es cierto, lo dice a colación de otra cosa, cuando discute lo real versus realidad. A partir de allí, infiere que lo real es “lo no atravesado por el lenguaje” y la realidad es una construcción social siempre inacabada, imposible de cerrar a raíz de determinados fantasmas que la acechan, por lo tanto, indistinguible de la ideología misma. Lo que nos interesa es retomar este planteo e interrogarnos: ¿cuál es la realidad (ideología) de los medios masivos de comunicación? ¿No es acaso la falta de comunicadores peronistas o, desde una perspectiva más amplia, las líneas editoriales abiertamente antiperonistas? Que no se malinterprete: no estamos pidiendo que haya más comunicadores justicialistas; exigimos que los que están se reconozcan radicales.

   En materia pedagógica ocurre algo similar. Este año, la ministra de Educación porteña se quejó porque en el mundillo docente había un exceso de ideología. ¿Alguien que haya pisado una sala de profesores o participado de una jornada docente puede poner las manos en el fuego de que esto sea así? ¿No es acaso todo lo contrario, en todas las instituciones, de gestión estatal o privada, no hay continuos intentos por “evitar hablar de política”? Si estos comunicadores y pedagogos no son peronistas y, por el contrario, nunca dicen cuál es su ideología, podríamos concluir con toda certeza que el radicalismo es la ideología dominante de los medios masivos de comunicación, sus comunicadores, las instituciones escolares y los trabajadores del sistema educativo en todos sus niveles.

III. Cae la máscara, cae el telón

   Cuando Hamlet ingresa a escena y produce su famoso monólogo del “ser o no ser”, se trata del único parlamento de toda la obra en que el protagonista no habla directamente de sí mismo ni de la situación en que se halla. El soliloquio ocurre precisamente cuando el príncipe, por fin decidido a actuar, va a poner a prueba al rey. El problema filosófico es si matar a Claudio pasaría a formar parte de una cuestión mucho más amplia: no sólo si la ejecución de la venganza va a cambiar el mundo, sino y sobre todo si, teniendo en cuenta la condición humana y los males de esta vida, merece la pena seguir viviendo. Es decir, el problema, la “cuestión” de fondo que Hamlet se plantea es la alternativa vida/muerte, la muerte de Claudio o la suya propia, seguir o no seguir con el plan trazado, suicidarse o no suicidarse. Por lo pronto, el monólogo desarrolla la alternativa contenida en el primer verso: si “ser” (existir) es sinónimo de “soportar”, “no ser” no es vencer las adversidades, sino, paradójicamente, ser vencido por ellas dejando de existir.

   Esta obra (al igual que Macbeth, El Rey Lear, La tempestad) está basada en la teoría de la “cadena del ser”, que plantea la existencia de una representación vertical del cosmos, propia de la cosmovisión isabelina: desde los pies del Creador (Dios) hasta la criatura más pequeña del mundo: Dios-ángeles-hombres-animales-plantas-minerales. Cada uno de estos órdenes tiene un arquetipo, un ser que distingue a la clase; del mar: el delfín; de los animales terrestres: el león; de las aves: el águila; de las flores: la rosa; del hombre: el rey. Por lo tanto, la ruptura en un nivel afecta a todos, desata el caos, dado que la figura del rey es la que garantiza el orden. Si el rey es asesinado, se rompe esta cadena. Los espectadores contemporáneos a Shakespeare eran conscientes de esta problemática; sabían que en la indecisión de Hamlet se apoyaba toda la tensión de la obra, de la existencia misma. Resta saber si las audiencias actuales, en un contexto de fake-news, law fare, monopolios comunicativos intactos, serán capaces de animarse a actuar, de cortar la cadena del ser y desatar el caos. Por lo pronto, pareciera ser la única alternativa para efectuar la caída de la máscara de los farsantes.

Bibliografía:

  • Shakespeare, William (2016). Hamlet. Planeta. Buenos Aires.
  • Žižek, Slavoj (2003). Ideología, un mapa de la cuestión, Fondo de Cultura Económica. México.

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