¿Feliz? día de la Mujer

El 8 de marzo, como todos los años, se conmemora el Día de la mujer[i] en toda la Argentina y el mundo. Este resulta un momento propicio para analizar algunas frases que circulan acerca del Ni una menos y si por caso con la Ley de Aborto legal, seguro y gratuito “abolimos el patriarcado”.

Por Laura Obredor

En las calles, en las vidrieras de los negocios, en programas de televisión y de algunos hombres, quizá bien intencionados y claramente desorientados, se puede recibir hoy un “Feliz día de la mujer”. Es que estamos tan habituadas a recibir felicitaciones por otras circunstancias de la vida que en esta oportunidad se cree que, si es el “día de”, tiene que ser “feliz” y no otra cosa. Ni hablar del marketing que arremete con ofertas de maquillaje, perfumes, peluquerías, ropa y, lamentablemente, no es ajeno el mercado editorial a este fenómeno. Se cuela, en las bateas, todo libro que tenga como título la palabra “mujer” y más aún si dice “feminismo”, aunque muchas veces está lejos de serlo.

En la Argentina, en lo que va del año, ocurrieron más de 47 femicidios y 64 intentos de asesinato a mujeres. De ese total, el 64 por ciento de los casos fue perpetrado por su pareja o ex pareja y el 70 por ciento se produjo en los hogares que compartían las mujeres con sus agresores. Estos datos son de público conocimiento y son cada vez más alarmantes, ya que muchos de los responsables -en esta estadística, 17 por ciento- se encuentran vinculados a las fuerzas de seguridad y en el 29 por ciento de los casos, las mujeres habían realizado denuncias previas.

La justicia no es ajena a esta circunstancia que desoye denuncias o sanciona con penas excarcelables que dejan al agresor en libertad y ávido de cobrar venganza. En este punto, se debe reconocer que la justicia es punitiva y actúa tarde (si es que actúa). Las perimetrales son violadas fácilmente y los botones de antipánico no son asignados a tiempo. Pero hace falta más que eso. Se necesita realizar un seguimiento de los casos de denuncias desde un organismo oficial nacional, un observatorio desde una entidad gubernamental, que pueda promover estrategias de prevención y contención ante la primera amenaza y así evitar que no se transforme en una sentencia de muerte. Este espacio debería estar provisto de un equipo interdisciplinario que intervenga tanto, y que a su vez también pueda monitorear cómo funcionan los canales de asistencia a la víctima de violencia de género porque todas sabemos que nada acaba al discar 144 en el teléfono. Algunas provincias lo tienen, sin embargo, los casos siguen aumentando.  

Asimismo, los y las policías (femeninos y masculinos) que desestiman las denuncias de amenaza y consideran que la violencia se visibiliza únicamente en la agresión física deben ser capacitados bajo la Ley Micaela (27.499) en perspectiva y violencia de género una vez al año. El hecho de que tenga esa frecuencia significa que no se puede concebir un cambio de una vez y para siempre, sino que se trata de una asimiliación progresiva. Pero, por otra parte, el encubrimiento y la inacción deben ser debidamente sancionados, separando de las fuerzas a los responsables de encubrir, desestimar y desoír a las víctimas. Esto incluye también a jueces y fiscales. Porque sabemos que la denuncia no alcanza. ¿Cuántas veces Úrsula Bahillo denunció a su ex pareja policía?

  En cuanto al tratamiento mediático de estos casos, es evidente que los medios necesitan ser reeducados, ya que suelen presentar la mayor resistencia a concebir a la violencia hacia la mujer como de género. Esto puede observarse en la agenda de noticias y sus editoriales. En el tratamiento de la información, en la forma de titular aún siguen poniendo el foco en la víctima y no el victimario, tal es así que frecuentemente se exhiben las fotos de la mujer agredida y su biografía, pareciera ser para justificar o no la acción del agresor. Hasta incluso, se presentan testigos que dan crédito de lo buena que resultaba la mujer: “era estudiosa”, “inteligente”, “ayudaba a todo el mundo”, “trabajadora”. Es necesario reconfigurar el tratamiento de estas noticias y correr el foco de la víctima hacia el victimario y a la inoperancia de la justicia para dejar en paz a la mujer que siempre es cuestionada. ¿Acaso si la mujer no estudiara, no trabajara o no fuera considerada lo suficientemente buena para el espectador/fiscal/juez/policía, podría justificarse su muerte?

Por otro lado, cuando encuentran la excepción a la regla: una mujer que agrede a un hombre, los medios de comunicación les da mayor difusión a este tipo de casos. Todo pareciera indicar que nos aleccionan en una aparente igualdad. Sin embargo, lo que pretenden es invisibilizar el trato de la justicia desigual, ya que se sanciona y castiga con mayor celeridad a la mujer que comete un acto de violencia que a los hombres que lo hacen frecuentemente.  Es por esto que resulta irrisorio la consigna “Ni uno menos”, porque reconocemos que la violencia está en todos lados, pero son los hombres los que asesinan a las mujeres frecuentemente y son también quienes castigan y sancionan y que por camaradería se encubren, se justifican, en definitiva, se “salvan” entre ellos. La gran pregunta que nos hacemos es ¿quiénes nos cuidan si muchos de los violentos se encuentran en las fuerzas de seguridad y son los mismos que deberían quizás tomarnos las denuncias?

A partir de esa forma de encubrirse que toma la justicia patriarcal es que decimos “yo te creo/cuido hermana”. Esto significa acompañar a otras mujeres para que sean escuchadas, tenidas en cuenta y, sobre todo, reciban la justicia que merecen sin ser cuestionadas o maltratadas, es decir, revictimizadas por quienes deberían protegerlas. El cuidado entre nosotras implica hacer todo lo necesario para visibilizar la situación y que el juicio y castigo se produzca a través de las vías legales.

La ley de Aborto legal, seguro y gratuito es un paso muy grande en los derechos de decidir de la mujer, un paso hacia la soberanía de los cuerpos, sin embargo, aún falta mucho camino para recorrer en las cuestiones de género. Y esto es fácil de analizarlo, con tan solo preguntarnos quiénes toman dispensas o licencias en sus trabajos para cuidar a los hijos o hijas, llevarlos al pediatra, quiénes se abocan a las tareas del hogar, quienes hacen las compras y se encargan de proveerles alimentos. Aún en estas cosas, como en las otras, existe desigualdad. De esto se tratan los machismos y micromachismos, que bien podemos identificar tanto a hombres como a ciertas mujeres que dicen sentirse cómodas con el rol que cumplen y justifican el trato desigual.

El poner sobre la mesa esta discusión en el seno de las familias, de las relaciones de pareja, de las amistades, resulta fundamental para mover, aunque sea unos milímetros, esa matriz patriarcal. Desde hace algún tiempo, existe una campaña que expresa que “si solo hay hombres violentos dentro de las parejas y no amigos o familiares, entonces no nos dan las cuentas”. Mirar a nuestro alrededor bajo las lentes de la lucha por la igualdad nos da cuenta que el trabajo debe ser colectivo, de la sociedad entera para lograr cambios significativos. Para eso, es necesario no callar, no encubrir, no justificar, no desconfiar y sobre todo, no ignorar el problema.

¿Qué hay de la deconstrucción?

Esta palabra se encuentra muy en boga en los discursos de género, hasta se incluye en cualquier acción de los hombres cuando presentan comportamientos que rompen con la masculinidad hegemónica. En definitiva, ser/estar deconstruida/o da cuenta de un proceso de transformación hacia una mirada más igualitaria o, al menos, de reconocimiento de las desigualdades entre hombres y mujeres. Este término, acuñado por el filósofo francés Jacques Derrida, empleado para el análisis de los textos, luego, fue extrapolado a otros campos del conocimiento. En definitiva, la deconstrucción es una estrategia de descomposición, se podría decir, de la cultura occidental.

En lo que respecta a la perspectiva de género, nuestra historia latinoamericana nos exige no solo deconstruir la concepción de ser mujer, sino también promover la descolonización de nuestras ideas, de nuestro pensamiento. Por ese motivo, no podemos establecer un feminismo universal y hegemónico, ya que intervienen en esta cuestión diferentes niveles de análisis, posiciones de clase, etnia, religión, mundo en el que habitamos, entre otros aspectos. De ello derivan los feminismos en plural.

En este contexto de movimientos feministas, es necesario empezar a nutrirnos de nuestras propias ideas para sentar las bases del conocimiento de nosotras mismas. Así como en los textos, el proceso de deconstrucción permite separar elementos del discurso para hipotetizar o teorizar al respecto, la deconstrucción desde nuestra posición latinoamericana, quizá (ojalá), nos lleve a pensar específicamente nuestra realidad. Esto significa aprender a escucharnos y a leernos en el campo de conocimiento y de las artes dándonos crédito, confiando que somos capaces de dejar de depender de los franceses o los primermundistas para hacer teoría, ciencia, literatura, entre otras. Esto no significa dejar de leerlos, sino repensar el consumo acrítico que nos lleva a extrapolar ejemplos que nada tienen que ver con nuestra realidad ni con nuestro género. Por otra parte, nos obliga a descubrir o redescubrir el camino transitado de muchas mujeres en nuestra historia de lucha: las mujeres de los pueblos originarios, las que participaron del proceso independentista, las mujeres obreras, las mujeres en la política, como Julieta Lanteri, las que impulsaron el voto femenino, como Eva Duarte, las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, las madres contra del paco, las mujeres campesinas, las mujeres en la ciencia y en la literatura. Estas, entre otras tantas mujeres que aún no han sido reconocidas, pero que, sin embargo, estuvieron o están sentando bases de los feminismos. Por supuesto, no podemos concebir anacrónicamente la distinción de feministas desde una mirada desde este siglo, pero sí podemos reconocer cómo ha sido la existencia de esas mujeres y qué luchas han librado por lo que creían justo para ellas dentro de su época.

Por otra parte, es necesario dejar de lado el “feminómetro” impuesto (por los machismos para generar fracturas dentro del movimiento) o autoimpuesto que indica qué es bueno o malo para estar dentro del movimiento de mujeres. Justamente, porque todas nos encontramos dentro de un proceso en el que muchas veces nos enfrentamos con nuestras propias contradicciones, hemos sido criadas en una cultura y un tiempo que han marcado profundamente nuestras formas de ver y en esto también podemos equivocarnos, cambiar y transformarnos. Esto también, hay que reconocerlo, les sucede a los hombres. Por eso resulta fundamental el diálogo y la educación permanente en cuanto a la perspectiva de género. Se debe pensar al patriarcado como una matriz muy antigua y muy internalizada que acompaña nuestra civilización occidental, un movimiento de placas tectónicas que dan como resultado fallas geográficas, como las cadenas montañosas. Dentro del paisaje resultan imponentes e invencibles, pero el viento y la lluvia erosionan, descubriendo otras formas y otros paisajes. Esto es el feminismo, señoras y señores, qué más que un viento que arrasa, una marea que todo lo mueve, una lluvia que limpia y transforma, y un sol que todo lo ilumina.

[i] Las mujeres desde su rol siempre son trabajadoras, ya sea porque se encargan únicamente de las tareas domésticas y del cuidado o porque, además, trabajan fuera de sus hogares.

Un comentario en “¿Feliz? día de la Mujer

  1. Me gustó mucho tu artículo, va más allá de lo trillado..me ha hecho pensar.. en todas las mujeres machista de nuestra sociedad que son nuestras primeras detractores. Nos queda un camino largo pero no menos fascinante de mantenernos firmes enmla lucha de nuestros derechos y ni una menos nunca más.

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