Progresismo y censura: ¿Hay que quemar Los ojos del perro siberiano?

La cultura de la cancelación se impone como práctica cultural de la autopercibida «clase media». Ante la incapacidad de discutir, se elige la proscripción. ¿La solución? Reconstruir una identidad de clase trabajadora.

Por Marcelo Ibarra

I. Mentalidad moderna, corazón ortiba

   Desde la fundación del Partido Demócrata Progresista en 1914 por Lisandro de la Torre, el término “progresismo” ha estado asociado a la noble construcción de una “tercera vía”, en este caso, entre el radicalismo yrigoyenista y el autonomismo roquista. Durante la década infame y como senador, De la Torre denunciaría los negocios espurios entre empresas inglesas y el gobierno en el sector de la carne; el pacto “Roca-Runciman”. Para completar, el senador Enzo Bordabehere sería asesinado dentro del recinto legislativo, el 23 de julio de 1935.

   Dialoguista, incorruptible, crítico del centralismo porteño; la memoria colectiva se apega a estos episodios para conservar un grato recuerdo de Lisandro de la Torre. Sin embargo, se pasa por alto que en las elecciones de 1946 su espacio integró la Unión Democrática, esa gran coalición electoral financiada por la Embajada de Estados Unidos para derrotar al general Perón en las urnas, a caballito de un eslogan con reminiscencias actuales: el secretario de Previsión y Trabajo tendría la intención de implantar un “nazi-fascismo” criollo. ¿Las razones? Bueno, que Perón usaba traje militar y eso les recordaba a Mussolini o Hitler. No mucho más, ya que entre el aguinaldo, las vacaciones pagas, el voto femenino y las camisas negras mussolinianas o las SS hitlerianas, las cámaras de gas y los campos de exterminio hay un abismo (al progresismo nunca le preocupó el rigor histórico).

   Entonces, el ideario progresista consistiría en propugnar un avance moderado, paulatino, con reformas graduales, alejado de los extremos del conservadurismo (Julio Argentino Roca) y de todo salto al abismo radical (aunque si algo ha demostrado la historia es, precisamente, que la UCR de radicalidad tuvo muy poco). Y, dado que a ningún espacio ideológico le faltan contradicciones, sostendremos que la irrupción del peronismo le impuso un límite al Partido Demócrata Progresista, lo hizo pasar de defensor de la honorabilidad a repugnarse con el apoyo masivo y popular de trabajadoras y trabajadores al peronismo. Repugnancia que lo llevó a integrar la Unión Democrática, cerca de la Sociedad Rural y la Embajada estadounidense y lejos de las demandas populares.

   Postulemos, como hipótesis, que el progresismo es la ideología de la clase media. En rigor sociológico, la clase media no existe como clase social, ya que la sociedad en clases debe pensarse a partir del vínculo con los medios de producción y —lo sabemos desde Marx en adelante—, por lo tanto, nadie puede ser “medio burgués” o “medio proletario”. En Argentina, el problema es que un amplio sector social, asalariado, urbano, profesional, con acceso a becas o empleo estatal, se autopercibe de clase media. El gran interrogante sería por qué, si la clase media es un sector tan específico y concentrado cultural y socialmente, su ideología es tan difusa.

   Avancemos un paso más: Si el progresismo es la ideología de la clase media, y la clase media se distingue por su carácter difuso, ambiguo, heterogéneo, por lo tanto, el progresismo es tan difuso, ambiguo y heterogéneo como su clase. Hoy, el progresismo es una galera de mago donde entra de todo: desde una postura gayfriendly —siempre en el plano de las libertades individuales— hasta cacerolazos para exigir por la compra de dólares. Y como la contradicción está de manera inherente en el corazón del progresismo al punto de llevarla “como bandera a la victoria”, en el plano de las ideas se caracteriza por la extrapolación acrítica de conceptos y categorías de análisis. Así, no faltan muñecos mediáticos que aplican la calificación de “plan sistemático” a cualquier problemita mundano, como si el Terrorismo de Estado hubiera sido una anécdota, o “deconstrucción” a cualquier explicación ramplona.

II. Haz lo que yo digo…

   En 1863, se publicó la novela ¿Qué hacer?, de Nikolai Chernyshevski, que sería tomada luego como modelo didáctico por la cultura oficial stalinista, debido al culto a los trabajadores que manifiesta la obra. Por antonomasia, la población rural era el arquetipo del trabajador soviético, poseía cualidades excepcionales, dignas de ser enseñadas al resto de sus compatriotas. Nacía, entonces, el realismo socialista y, con él, una nefasta forma de hacer crítica literaria, que consistía en un deteccionismo ideológico, en identificar si el autor era burgués o socialista, conservador o revolucionario, dejando la propuesta estética de la obra en un segundo plano, ya que lo importante era saber dónde estaba parado ideológicamente el autor.

   Como ilustraba, acertadamente, Roman Jakobson respecto de esta crítica literaria rudimentaria: “se parece a aquella policía que, proponiéndose arrestar a alguien, tomaba totalmente al azar todo lo que encontrara en la casa, así como las personas que pasaban por la calle. De la misma forma, los historiadores de la literatura se servían de todo: vida personal, psicología, política, filosofía” (1972: 101). Recién con el advenimiento del formalismo ruso, surgirían las categorías de análisis de extrañamiento, desautomatización, literariedad. Por lo cual, los policías ideológicos debían aceptar que lo verdaderamente válido en el análisis literario era la obra y no el autor.

   Con nuevo ropaje, los policías ideológicos militan en la actualidad en las filas del progresismo a través de la “cultura de la cancelación”. Tomo la definición de Nicolás Cuello y Lucas Disalvo: “una práctica popular que consiste en ‘quitarle apoyo’ a figuras públicas y compañías multinacionales después de que hayan hecho o dicho algo considerado objetable u ofensivo”. Agregan los autores: “cuando alguien está cancelado, se descarta, se deja de ver, de escuchar, se desclasifica, se aísla, se abandona, se niega, se deja de consumir hasta que eventualmente puede o no desaparecer”.

   Heredera del boicot y del escrache, si bien la cancelación ha servido para denunciar el racismo, sabotear, desfinanciar y señalar públicamente “a todos aquellos productos culturales, lenguajes publicitarios, figuras del entretenimiento o personajes políticos cuyos discursos estuvieran implicados con la reproducción de estereotipos racistas coloniales”, al mismo tiempo y en esta etapa de redes sociales, su uso trae aparejado “efectos adversos”: “la representación online como única esfera pública y un imperativo felicista cuya moral nos obliga a trabajar ansiosamente por una vida sin desacuerdos, sin errores y sin dolor”.

   Desde Inglaterra, Mark Fisher se refirió, en sus últimas reflexiones, a la cultura de la cancelación como los “tribunales de excepción y difamaciones”. La moralina progre se apoya en el miedo y la culpa, como sentimientos omnipresentes. Miedo a qué y culpa de qué, cabe preguntarse. No a una derecha que nos aterroriza, sino a “modos burgueses de subjetividad” que hemos permitido que nos contaminen. Fisher llama a esta configuración de la subjetividad el castillo del vampiro, donde “la propagación de la culpa” funciona como una ley, a través de un “deseo de sacerdote” de “excomunicar y condenar”: denunciar para pertenecer.

   La segunda ley del castillo del vampiro es que “individualiza y privatiza todo”. En teoría, afirma estar a favor de la crítica estructural, pero en la práctica, se centra en el comportamiento individual, ya que “condenar a los individuos es más importante que prestar atención a las estructuras impersonales”. En definitiva, se configura un escenario donde el mandato impuesto es que, si no pertenecemos “al mismo grupo de identidad”, no podemos comprendernos mutuamente y, por ende, no hay militancia posible. Se desprende, entonces, una tercera ley: el castillo del vampiro esencializa. Resulta curioso que el progresismo abogue por identidades “fluidas”, propias de una autopercepción cambiante, al mejor estilo “minuto a minuto” televisivo, pero, por el contrario, “el enemigo es siempre esencializado”. ¿Cómo? A través de una doble táctica: “X hace un comentario o se comporta de una manera particular”, estos comentarios o este comportamiento “tienen que ser interpretados como tránsfobos y sexistas”, luego, “X pasa a ser definido como tránsfobo y sexista”. En consecuencia, “toda su identidad pasa a ser definida por un comentario desafortunado o un resbalón en su comportamiento”.

   El progresismo tiene una concepción liberal de la etnia y el género, en tanto, la clase social queda fuera del discurso; se ha suprimido la cuestión de clase de todo tipo de discusiones públicas. La sola mención de la clase social, explica Fisher, se trata automáticamente como si eso significase que uno está intentando degradar la importancia de la etnia y el género.

   En la actualidad, el castillo del vampiro es la ideología del progresismo. Se trata de un paradigma interpretativo que deviene en “servidor incauto de la clase dominante”, ya que los miembros del castillo “son enormemente competitivos” y sólo los mantiene unidos el miedo mutuo: “miedo a ser los próximos en ser señalados, expuestos, condenados”. No son otros que los autopercibidos “aliados”. ¿Cómo se sale de este laberinto? “La tarea, como siempre, sigue siendo la articulación de clase, género y etnia”, advierte Fisher.

III. No nos une el amor, ¿o sí?

   Realismo socialista en el siglo XX, progresismo en el siglo XXI, las interpretaciones impuestas a través del miedo nunca llegan a hacerse carne en el pueblo. Acechan tiempos de oxímoron y contradicciones, donde el siglo XXI no puede evitar ser hijo del mandato del siglo XIX: “orden y progreso”, pero tampoco el discurso puede renegar de su vínculo con la experiencia, ya que discurso no es otra que la estructuración del sentido y experiencia es asignarle sentido al discurso. Las protestas actuales no se pueden limitar a “hilos” en Twitter y la militancia, aun territorial, no puede tener por objetivo último subir una foto a Instagram en la unidad básica, con una fotito de Eva de fondo.

   Si es cierto lo que plantea Fisher, que esto se debe a que nuestra generación no ha experimentado nada que no sea el realismo capitalista como “estrecho horizonte histórico”, en consecuencia, no queda otra que reconstruir, precisamente, una identidad de clase, más aún en un país como el nuestro, donde un movimiento político se animó a reconocer que “existe una sola clase de hombres: los que trabajan”, donde en la actualidad un tercio de los trabajadores no está sindicalizado y la mitad vive bajo la línea de la pobreza. Fisher reivindica a la clase trabajadora en una Inglaterra donde el Partido Laborista fue el encargado de implementar un “neoliberalismo con una pequeña dosis de justicia social de propina” (la cercanía de la imagen es aterradora). Quizás sea tiempo de reconocer que con el plano cultural no alcanza: detrás de la celebración del cupo laboral trans se esconden los contratos-basura del Estado.

   La reconstrucción de una identidad de clase en articulación con la etnia y el género, debe partir de un gran acuerdo general, similar al que llevamos a cabo los docentes a la hora de elegir los textos literarios para trabajar durante el ciclo lectivo. Una anécdota ilustrativa: siempre me opongo a incluir Los ojos del perro siberiano, me parece una novela de poco vuelo estético, llena de clichés y golpes bajos. Sin embargo, el departamento de Prácticas del lenguaje vota y el resultado es categórico: pierdo todos los años la votación 4 a 1. Acepto el resultado y lo leo con mi curso. Entiendo que, aunque no sea de mi agrado, quitarlo sería un acto de censura, y todo acto de censura debe ser considerado deleznable, venga de un régimen fascista o se lleve a cabo en el afán de una supuesta “deconstrucción” (palabrita de moda y empleada erróneamente). En última instancia, es aprender a someternos a la decisión de la mayoría. Sí, la mayoría, una categoría que casi no se usa por miedo a ofender a “las minorías”. Como se afirma en ese maravilloso texto conocido como “20 verdades”, una verdadera democracia es aquella donde “el gobierno hace lo que el pueblo quiere”.

   Lo contrario es continuar por el camino del error trágico: el progresismo parece obstinado en repetir todos los errores de los totalitarismos que dice combatir: cancelar, etiquetar, censurar, se parece mucho a la proscripción. Y sabemos por experiencia que los regímenes de ese estilo sólo generaron resistencia popular.

Bibliografía:

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