La derrota de Alfonsín

Por Pablo Ayala

Todavía recuerdo los días agitados que fueron desde aquel julio a diciembre de 2019. No solo porque fui candidato, sino porque vivíamos el sueño de terminar con Macri. Estábamos dejando atrás 4 años donde la calidad de vida de nuestro pueblo se deterioró día tras día y donde no podíamos reclamar ni protestar sin miedo a infiltrados, servicios, gases y represión. Encaramos aquella campaña con la pasión y la épica de las grandes gestas, recibimos a Alberto con los brazos abiertos, vimos en él al Tío que venía a sentarse en la silla de papá Néstor y le dimos crédito, olvidamos las rencillas pasadas, sus largas tardes y noches sentado en los sillones de TN despotricando.

Fuimos casa por casa a predicar como evangelistas que volvía el peronismo a sanar las heridas que la oligarquía había abierto. En frente, el conglomerado de medios de comunicación de la Argentina se alineó en torno a Macri. Y los derrotamos. A ellos, al préstamo del FMI, a la Embajada de Estados Unidos y a las corporaciones. Aquella Plaza de Mayo de la asunción presidencial desbordaba de amor, de alegría, de ilusiones.

Ya en enero, comenzamos a ver que los funcionarios macristas que en muchos casos habían perseguido a nuestros compañeros seguían en sus cargos. Los presos políticos seguían presos. Ya no se hablaba del peronismo de la campaña, sino de Alfonsín y de “cerrar la grieta”. Y llegó la pandemia. Sinceramente, al inicio de la cuarentena nos sentimos contenidos y abrazados por ese Presidente que como un padre nos cuidaba. Los niveles de aprobación de Alberto llegaron al 90%. Entonces caímos en el peor error: profundizamos a Alfonsín.

Daniel Arroyo se empachó de fideos que costaban 10 veces más, pero a las ollas populares de los barrios no llegaba sino polenta para perros y en cuentagotas. Se avanzó sobre el fraude que significó el préstamo a Vicentín durante el último mes de Macri y después de celebrar su estatización quedamos como unos nabos porque 50 señoras con cacerolas nos hicieron recular en chancletas. Y Alberto dijo que no iba a permitir despidos y al otro día Techint echó 200 trabajadores y nada pasó. Y el Ingenio Ledesma se cansaba de vender azúcar, papel y alcohol, y además le pagábamos la mitad de los sueldos, como a Polka. Mientras tanto, en los barrios, quienes tenían un negocito cerraban sus persianas para siempre. Hubo gremios que negociaron descuentos salariales del 30%. Y nos golpeábamos el pecho porque entregamos el IFE, una ayuda de 10 mil pesos cada dos meses. Las tarifas continuaron dolarizadas y a cambio de toda la que venía embolsando desde que el macrismo las subió el 3000%, aceptamos que Marcelo Midlin, dueño de Edenor, pusiera migajas en la “Mesa contra el hambre” y acá no ha pasado nada.

La Argentina clasista y racista, la que permite a los poderosos hacer lo que quieren porque no tenemos valor de enfrentarlos y ponerles freno, reapareció. Al surfer lo acompañamos gentilmente a la casa y los anticuarentena hacían picnics en el Obelisco sin que nadie los moleste. El dueño de Vicentín se fue a pasear en yate. Mientras tanto, en Laferrere, se detenía a cientos de laburantes que no podían bancar más sin salir a buscar el mango. Y a Lucas Verón lo fusilaban dos policías por la espalda y Facundo Castro aparecía muerto. Macri y los suyos ni siquiera eran citados a declarar por sus desfalcos al país. En ese entonces, Rodríguez Larreta era “el amigo Horacio” y el 9 de Julio se celebraba junto a los poderes fácticos de la Argentina, a los que justamente habíamos derrotado apenas unos meses atrás.

Para el primer semestre de 2020, se le había dado al Grupo Clarín, en concepto de pauta, la friolera de 250 millones de pesos. Las terceras líneas del Gobierno seguían atestadas de macristas que tenían, por ejemplo, la presidencia del Instituto Nacional de la Yerba Mate. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual nunca fue repuesta y Barragán, Sandra Russo y otros integrantes de 6, 7, 8 seguían proscriptos en los medios públicos. En la TV Pública, en tanto, un “libertario” que conducía un programa juvenil salía a poner en duda los 30.000 desaparecidos.

Y así podríamos seguir enumerando error tras error, omisión tras omisión, lo cierto es que todos los días perdíamos a alguien que nos había votado. Algunos lo veníamos advirtiendo: ya no enamorábamos ni a los jóvenes, ni a los humildes ni a los trabajadores. Pero naufragábamos como un loco predicando en el desierto y los chupamedias nos acusaban de “hacerle el juego a la derecha”. Perón, mientras tanto, seguía lejos, se había quedado en las promesas de campaña que le hicimos a nuestro pueblo en 2019. Alfonsín era la estrella que guiaba desde el cielo el cierre de la grieta que no fue y la seducción de las clases medias gorilas que lo único que logró fue radicalizarlas aún más en su gorilismo. Dejamos de lado a nuestra base electoral en ese intento. Clarín, mientras tanto, empezó con su cañoneo diario hasta en los programas de chimentos y no teníamos desde donde contestarles.

Al vocero presidencial nunca le conocimos la voz, solo el gesto ostensible de no aplaudir cuando Cristina habló de “funcionarios que no funcionan”. Ah, y a su novia que fue la que difundió la fatídica foto de Olivos. Los demás amigos de Alberto podrán ser muy buenos amigos para tomarse un Gancia y jugar al tute, pero políticamente son un cero a la izquierda empezando por Cafiero, pasando por Béliz, Vitobello hasta Vilma Ibarra. La que se apioló y rajó a tiempo fue Losardo.

Todos esos errores, y muchos más, nos llevaron inevitablemente al Domingo 12. A la crónica de una muerte anunciada, ya que no podíamos pretender otra cosa después de tanta pena y olvido. Solo la militancia kirchnerista permaneció estoica pese a todo. Eso explica ese 33%. Fue también una campaña anodina, a la que le faltó discusión sobre modelos de país. Discutir ese 70% de niños pobres, la desocupación, la subocupación, el hambre y la falta de techo y de tierra. Porque, siendo el octavo país en extensión territorial, habemos quienes jamás tendremos un pedazo de tierra al que llamar hogar y porque poner un pedazo de carne en la mesa cuesta una fortuna, ni hablar comprarse un pantalón o unas zapatillas: es inconseguible. Tanto que hay chicos de los barrios humildes que van a la escuela con pantalones cortos y crocs en plena ola de frío. En vez de eso y para contentar al electorado gorila, cuya agenda seguimos, amenazamos todos los días con dar de baja los planes sociales, que es lo mismo que echar culpas sobre las víctimas.Y mientras todo esto ocurre, no sabemos si Guzmán es un ministro de la Nación argentina o un delegado del Fondo Monetario para con nosotros.

Cierto es que somos un movimiento que en las difíciles se agranda, sin dudas, pero creo que pedirle a la militancia que bancó ollas, hizo operativos de vacunación y que en cierto modo ayudó a que todo no explotara por los aires, que redoble los esfuerzos sin que desde el Gobierno tomen nota de los errores y recalculen el rumbo es arar en el mar. No tengo dudas que estamos a tiempo. Puede que no lleguemos en estos dos meses, quizá hasta no ganemos en noviembre, pero si el gobierno, nuestro gobierno, retoma una agenda peronista en 2023 aplastamos a la derecha en las urnas.

Aún recuerdo patente esa noche de junio de 2009 en el Hotel Intercontinental, habíamos estado afuera bajo la lluvia y nos dejaron entrar. El clima se cortaba con una gillette, pasaban las horas y no había novedades. Hasta que a la madrugada salió Néstor y dijo que habíamos perdido con De Narváez “por uno o dos puntitos”. A los días, se presentó en una asamblea de Carta Abierta en Parque Lezama y reconoció errores. Tiempo después le arrabataba los fondos de las AFJP a los bancos y creaba la ANSES desde donde lanzaría la Asignación Universal por Hijo. Al año siguiente, la oposición nos dejó sin debatir ni aprobar el presupuesto. En 2010, salía la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Para los festejos del Bicentenario, Kirchner había retomado el centro de la escena política y De Narváez era apenas un recuerdo.

Necesitamos apelar a ese coraje. Necesitamos recuperar la épica de las luchas nacionales pero con un claro proyecto emancipador y de justicia social como norte. El Domingo 12 no perdimos nosotros, perdió Alfonsín. Perdió la tibieza y el improbable sueño socialdemócrata de la conciliación con los verdugos que conlleva siempre olvido y desmemoria, puntos finales y obediencias debidas. Si volvemos a Perón puede que todavía haya vida para nuestros sueños y la militancia va a estar en la calle dándolo todo, como siempre. Honrando a nuestros mártires de la resistencia y a los 30.000 como lo hemos hecho siempre. Y está más que claro que el peronismo sigue acá, con Cristina como conductora. La experiencia de Guillermo Moreno sacando menos votos que Cinthia Fernández y de Randazzo sacando la mitad de votos que la izquierda, lo demuestra. Alfonsín debe dejar de ser el eje de este gobierno y guardar su fantasma en la galería de recuerdos, de malos recuerdos, del país sometido y semicolonial. Hay que volver a Perón, entonces saldremos a cabalgar una vez más al Rocinante de sueños que tenemos atado afuera para recuperarnos de la derrota y construir de una vez por todas el proyecto colectivo que nos dé la ventura de un futuro mejor para nuestros hijos. Mientras tanto, afilamos las lanzas y nos preparamos para lo que se viene. Nadie se puede quedar afuera. No hay tiempo que perder. Persistir en la tibieza impotente es entregar a nuestro pueblo a las garras de una derecha voraz y sanguinaria. Es ahora o nunca. Perón vuelve.

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