La avenida más larga del mundo

No te busques más en el umbral

Spinetta

Por Mariano Fiszman

1980. Caés al Nacional 19 Luis Pasteur en tercero, echado de otro colegio igual de malo.

Tu apellido también termina en man, Fabián H.

Sos flaco, de altura mediana y piel mate, atlético de una manera que no tiene que ver con el deporte.

Tenés ojos marrones y el pelo castaño. Un jopo mal visto pero no sancionable se te desarregla y lo acomodás con un giro que nace en el cuello largo, con mucha nuez.

¿Segundo nombre Alejandro?

Nuestro uniforme: saco azul oscuro, camisa blanca o celeste, corbata -en invierno es la bisectriz de la V del pulóver azul. Pantalón de franela gris. Ni jeans ni campera. Mocasines marrones o negros.

Nos disfrazan de futuros funcionarios públicos.

Antes de que salga el sol suena el disco poceado de Aurora en el patio del colegio. Formamos por división. El preceptor rastrilla la fila buscando cabelleras que no respeten la distancia al cuello de la camisa -dos dedos. Dicen que es cana, que vendió gente a los milicos. Payaseás a sus espaldas.

Tu cara oval, tu nariz ganchuda, la boca ancha, todo se estira y se curva en el mismo sentido.

Tenés brillantes dientes grandes y encías claras. Nada de granos, aparatos ni zapatos ortopédicos, ningún signo adolescente de los que nos afligen.

No estudiás casi nunca. No participás en clase. Te sentás bien erguido y apoyás la mejilla en una mano.

O hacés girar un lápiz así: agarrado como si fueras a escribir, lo sostenés en posición horizontal. El dedo medio lo empuja para adelante y el gordo lo aprieta para abajo. El lápiz da una vuelta completa a la mano girando sobre su eje y aterriza en el mismo lugar.

Y otra vez, sin parar, nunca se cae.

Te permite hacer algo con las manos y no prestarle atención al profesor sin dejar de mirarlo.

A la salida te vas para Beiró y los comercios. Esperás un 80 rojo verde y blanco lleno de punguistas impunes.

Vivís lejos de Devoto, Villa Pueyrredón, Villa del Parque, Urquiza, nuestros barrios.

Tu ciudad se arma alrededor de otro eje, Rivadavia, la avenida más larga del mundo. Liniers, Flores, Villa Luro, Vélez y más allá: Mataderos, Ciudadela, Ramos.

Tenés una guitarra eléctrica.

Querés ser músico pero nunca estudiaste con nadie.

No escuchás música progresiva. Te gustan el funky, la música disco y bolichera -Bee Gees, Rod Stewart, Queen, ELO, Earth Wind & Fire.

No conoces la Pelo ni el Expreso imaginario.

Sos pilchero.

Vas todos los fines de semana a bailar a Ramos: Pinar de Rocha, Juan de los Palotes. Te sabés todos los pasos.

Tu trato con las mujeres es muy superior al de todos nosotros.

Tenés novia, Cecilia. Es un año mayor, gordita, usa polleras hindúes. Van al telo Tú y yo, en la calle Ramón Falcón.

A coger le decís empupar.

A la cola le decís pavo, pavito.

No leés libros, no ves cine no comercial.

No tenés la menor idea de fútbol. No sabés patear una pelota. No sos hincha de ningún club.

En verano vas a Vélez, pero a la pileta. Te gusta broncearte y patinar.

Alrededor del colegio hay chalés con ínfulas inglesas. A media cuadra vive Amadeo Carrizo, a dos Maradona. Cuando necesitamos zafar de una clase, con Claudito le pedimos a la portera que nos mande a buscar aserrín a una carpintería que está a la vuelta de la casa de Diego y nos sentamos en el murete de ladrillos a esperar que salga. No lo vemos nunca.

Vos directamente faltás, te rateás.

En las vacaciones de verano voy a conocer tu casa. Descubro Liniers. Busco tu dirección bajo los toldos. Me empantano en el asfalto incendiado de Rivadavia al 12000.

Viven en dos semipisos separados o unidos por el palier. Tus viejos en uno, tu hermano y vos en el otro. Gran ventanal da a la estación de tren.

Tus viejos tienen puestos de zapatillería en la feria municipal de Liniers, abajo de la General Paz, y en la de Mataderos. Ensalzan zapatillas berretas, chancletas con tiras en equis de cuerina, pantuflas a cuadros con corderito.

Tu viejo se llama Rubén. Te le parecés un poco. Lentes colgantes. Socarrón, mucha calle, complicidad masculina.

Tu vieja es petisa y gordita, de pelo corto. Susi por Azucena. Sonrisa comercial obsequiosa pero pocas pulgas.

Adrián, tu hermano, un año menor. Es campeón de lucha. Musculoso, espalda ancha. Proezas sexuales con su novia oriental. La amenaza constante de cagarte a trompadas. Respondés con ironía. Se reparten el deporte y el arte, la fuerza y la sensibilidad, el humor y el éxito social.

Cuando no se pelean, juegan a andar por el departamento desnudos, con una toalla en la cintura, alrededor de la chica que limpia. La rodean, la rozan, se ríen de su horror.

Tenés un radiograbador estéreo plateado con doble casetera.

Tenés un solo disco que me interesa, Lo mejor de Pescado Rabioso. Llevo un casete de 90 para que me lo grabes del otro de lado de Machine Head.

Esta letra cursiva azul inclinada con la lista de temas es la tuya.

Estamos sentados en el umbral de tu edificio. La calle duerme la siesta del verano y allá al fondo flota lento un 80 con todos los cromos brillando bajo los rayos.

Y en esta quietud que ronda a mi muerte no tengo presagios de lo que vendrá.

Te llevás muchas materias. De alguna manera las das. Pasás a cuarto.

Te rateás dos semanas seguidas y le falsificás la firma a tu viejo en el boletín de faltas.

Le afanás la chequera a tu viejo. Le falsificás la firma y te comprás discos, ropa, chicles importados.

Botas tejanas Levi’s de cuero marrón bordadas con hilos de colores.

Baño turco y masajes en Colmegna.

Deambulás por Florida con tu carpeta flaca apretada por un elástico negro.

Probás instrumentos en las casas de música.

Volvés a Liniers a la hora del almuerzo en el 86.

Te juntás a tocar con unos flacos en una sala donde ensaya Claudio Gabis. Te pasa yeites.

Decís buenas noches Bariloche, sale con fritas, de frente manteca.

Tu torso se comba a la altura de los hombros y se te nota mucho la curva de las costillas.

Sos asmático. Estornudás, te ahogás, se te ponen rojos los ojos. Vas al baño y te echás agua a la cara para respirar.

No te interesa la política, no tenés inquietudes sociales.

No te irrita que se rían de vos. No tenés problema en feminizarte, el ridículo que más nos abochorna.

Me enseñás el truco del lápiz.

El día de la primavera vamos de picnic con toda la división. Colectivo interurbano, viandas, botellas descartables de coca de dos litros -una novedad.

Se entra al recreo sindical por una alameda de pinos en ese.

Desafiás a María Laura a un partido de tenis para demostrar tu teoría de que una mujer nunca puede ganarle a un varón por la diferencia de fuerza.

María Laura es rubia, de ojos celestes y piernas musculosas. Entrena tres tardes por semana y los fines de semana compite en interclubes.

Vos jugás a la paleta en Vélez en verano.

Las pocas veces que llegás a la pelota, sus tiros te doblan la muñeca.

Ahora la pintás a ella como la mujer biónica y a vos como un insecto jadeante.

Tu humor está hecho de caritas y voces, de morisquetas tiernas, infantiles con insinuaciones zarpadas.

Inventás personajes, cada uno con su nombre y su personalidad.

Creás complicidades estrechas, mundos de dos o tres habitantes.

Y además, vos sos el sol.

Te llevás varias a marzo. Me pedís que te ayude con matemáticas. Yo la preparé con una profesora del barrio y aprobé en diciembre. No soy el más indicado, nada indicado, pero insistís. Me tenés confianza.

Es tu último examen de marzo. En las otras dos materias te fue mal. Si te va mal en esta repetís, tenés que cambiar de colegio, tus viejos te matan.

Las aulas del primer piso dan a un pasillo abierto, un balcón alargado con vista al patio donde formamos. Más allá de la medianera hay jardines. Asoman copas de arbustos, los pájaros cantan.

Sos el único que no terminó de rendir. Tu público se impacienta en la escalera con los dedos cruzados.

Te va mal.

Entonces sacás de la galera uno de tus trucos de equilibrista sin red.

Le hablás a la profesora como no le habló ningún alumno hostil ni chupamedias de 16 años. Le contás que querés ser músico y la amenaza materna de mandarte a trabajar a la feria si repetís. Seducís, rogás sin dar lástima, contagiás vida hasta que dan ganas de ayudarte.

Salís sonriente enarbolando el boletín con un 4 al lado de la firma de la, hasta esa mañana de sol, inflexible señora S.

Hay una especie de trato institucional: te hacen pasar de año pero tenés que cambiarte de colegio.

Hacés quinto en un secundario para inadaptados por Caballito o Flores. Las parejas aprietan en clase. Las minas se divierten calentando a los profesores y los flacos rompen los pupitres contra la pared del aula para asustarlos.

La violencia física te da miedo.

Igual a mitad de año venís de viaje de egresados con nosotros. Hace rato que sos Fabi para todos.

Una de nuestras pocas fotos es de Bariloche, vestidos de mujer en un número cómico que organizaron en el comedor del hotel. Pantalones de raso negro, pieles, rouge.

Otra en la orilla del lago, tu campera inflada verde entre azules oscuras.

Un tipo levanta a una compañera que hacía dedo a la salida de un boliche. Saca un revólver. La hace tirarse en el piso del coche y la viola. Ella te lo dice solamente a vos, que la llevás al hospital.

Cerro Catedral -día de esquí con ropa de alquiler colorida. Estás ajustándote las botas tirado en la nieve y Graciela Borges te apoya el pavo enorme encima de la pierna.

Cada recuerdo arrastra otro.

Y así verás lo triste y dulce que es vivir.

Los sábados a la noche vamos al centro, a Lavalle, donde abrieron un local gigantesco de videojuegos. Gastamos fichas en el tejo de aire y te enseño a jugar al pool.

Unos meses después ya es muy difícil que te gane. Te parás como un profesional -los pies juntos, las rodillas flexionadas, el codo para adentro y la cola para afuera. El taco amenaza estocada y acaricia.

Anunciás las jugadas, metés las ocho bolas seguidas y saludás al público imaginario con una reverencia.

Sobreactuás, siempre.

Jugás por plata con chabones más grandes en un bar de Mataderos que parece sacado de la novela Paño verde.

Te encanta apostar.

Te salvás de la colimba. Exagerás asma en el hospital militar.

Vas con tus viejos al recreo del ACA en el Tigre. Un domingo me llevan. Cruzamos en balsa a la isla. Picnic en mesa de cemento, pescadores enseñándole a encarnar a sus hijos, voley, culos de reojo.

Se mudan a un par de cuadras, a una casita en un pasaje del barrio municipal. 

Tu pieza es angosta, en planta alta.

¿Llegaste a terminar la secundaria?

Una de esas salidas de sábado por Lavalle nos levantamos a dos chicas de la escuela Hastinapura. Vestidos de bambula. En ese reparto tácito que se hace en un segundo la gordita es para vos.

Esa misma semana se ven, van al telo.

Vas a estudiar guitarra con Walter Malosetti. Te convertís al jazz.

Empezás a apreciar la técnica, el estudio.

Weather Report, George Benson, McLaughlin, Pat Metheny, Larry Coryell son tus nuevos dioses.

Pulcro en general, cuidás especialmente tus manos y uñas. Te pasás crema Pond’s.

Ponés en el radiograbador temas que tengo que escuchar, uno atrás del otro. 

Acechás el solo con el índice que apunta al parlante.

Te tirás para atrás en tu cama cuando ataca el saxo de Birdland. Pulsás el aire. 

Tu cara se estira, se estruja, abre grandes los ojos. Ladeás la cabeza que vibra.

La boca abierta, las cejas flechas que apuntan al techo.

Sabés en qué número exacto empieza cada solo en el contador.

Le das al play y rebobinás el próximo casete a mano con una birome.

Cuando te parece que me canso salteás partes.

Tenés que tener una  Ibanez negra de media caja, como si no se pudiera tocar con ningún otro instrumento.

Les quemás la cabeza a tus viejos varios meses hasta que conseguís tu Ibanez -como la de Benson. La acariciás con una franela cada vez que entra y sale de su estuche negro duro con interior aterciopelado rojo.

La viola, el equipo, los pedales.

Sos mi coach en un noviazgo tortuoso con una excompañera de la división que te adora -ella también.

Dios de la adolescencia.

Tomás Coca, nunca alcohol.

Viajás por primera vez a Brasil, solo, en micro, a la casa de un primo o tío que vive allá multimillonario.

Desayunos en terraza con vista al mar.

Aguas de marzo por Tom Jobim y Elis Regina.

Traés revistas de porno duro que acá están prohibidas.

Traés un bolso lleno, pero cuando el micro cruza la frontera sube Gendarmería, revisa los bolsos y te las requisa. Los vecinos de asiento cogotean. Les cuesta asociar lo que alcanzan a ver de las tapas -abismos anales, pijas de centauro- con la imagen que se habían hecho de ese chico tan simpático.

Unos kilómetros más adelante, sacás estas tres o cuatro revistas de un tajo que habías disimulado en la funda del asiento y todo el micro te ovaciona.

É pau, é pedra, é o fim do caminho.

Te hacés una banda de amigos de la música, del cine y vagos. Música, porros, risas en un departamentito enfrente de otro más grande, el de policía, y a la noche fisura con fideos en Pippo.

Circulan de mano en mano los primeros casetes de Tangalanga. Se los saben de memoria.

Pasás mucho tiempo en lo de Malosetti, una casa vieja y desconchada con patio en Virrey Ceballos y Belgrano que es también su academia, adonde van todos los jóvenes promesas del jazz.

Debutás con Javier con un dúo de guitarras en el Tortoni.

Acompañan a una cantante, María Volonté. Vamos a un ensayo en su departamento, en los edificios altos de Catalinas Sur.

Parás con los Malosetti en Gesell. Te levantás a una gorda que se pinta los labios de rojo oscuro y lleva una caja de 400 fósforos en la cartera. Lo importante es empupar me explicás, ya vendrán las lindas.

Descubrís las putas de isla Maciel.

Te regocija su fealdad de feria de fenómenos y lo barato que te sale ponerla. Te excita lo que a otros les espanta: las cortinas floreadas que dividen las casitas calabozo, el catre ahogado, que te enjuaguen la pija en una palagana de plástico con agua tibia y jabón espadol.

Imitás con voz fina la entonación provinciana de las putas cuando te gritan desde atrás de las rejas vení flaquito, vení chetito vení.

Buscás la joya en ese festival de ladillas, tetas asimétricas y enanas chuponas.

Dejás el jazz por la música clásica.

Querés entrar al conservatorio dando los primeros años libres en unos meses.

Empezás a estudiar con una profesora muy estricta, hija de un gran músico de los años cuarenta y maestra de maestros del conservatorio.

Es pianista, ciega casi total.

Percibió algo en vos que la hace aceptarte como alumno y pronto amadrinarte.

Pasás cada vez más tiempo en su casa, un departamento luminoso en Luis Saénz Peña, a media cuadra de plaza Congreso y a cuatro de la casa de Malosetti.

Cambiás la Ibanez, el equipo y los pedales por una guitarra española de concierto.

Estudiás todo el día, todos los días. Se acaban las salidas.

La vida en Liniers se vuelve imposible. Te vas a una pensión, la más barata que encontrás, en San Telmo.

Dormís abrazado a tu guitarra de mil dólares en una pieza infecta, rodeado de familias numerosas indigentes, travestis y cirróticos.

Pintás grotesca la miseria, te regodeás en esa decadencia hasta la madrugada que abrís los ojos y ves ratas asediando tu cama, ratas encima de tus piernas.

Me pedís asilo. No tenés otro lugar adonde ir. Mis viejos se conmueven. Vas a estar todo el día afuera, es solo para dormir -prometés y cumplís. En la cama con rueditas que sale de abajo de la mía.

Conducta intachable. Apenas un asomo de nervio de mi parte por miedo a que me reprochen la cantidad de manteca con que untás las galletitas Lincoln.

En el casete que ponés sin parar ahora suena el Concierto de Aranjuez. ¿Narciso Yepes o John Williams?

Tus viejos aflojan. Volvés a la casita del pasaje unas semanas más tarde.

La maestra de música tiene una hija prodigio de 16 años. Es bajita, menuda, de ojos verdes y sonrisa angelical. La futura Martha Argerich con un culo de propaganda de jeans.

Cuando se sienta al piano, sus manos vuelan y una cascada rubia lacia cae por su espalda hasta el taburete.

Ese living de Congreso con recuerdos prestigiosos en las paredes se va llenando de risa con tus voces, tus personajes, los juegos a los que nadie puede no prestarse.

Aprobás todos los exámenes. Entrás al conservatorio directamente en cuarto año.

Das tu primer concierto solista clásico, un sábado a la tarde, en la Biblioteca Argentina para Ciegos, un edificio Art Nouveau a media cuadra de Rivadavia y Medrano.

Traje y corbata, zapatos, sentado serio ante el atril en un salón oscuro con mucha madera. Gestos mínimos.

Todo cuidado, todo cuenta: el ángulo de la guitarra sobre tu muslo, la posición del pulgar en el mástil, la distancia al apoyapie plegable.

Hacés un Concierto de Aranjuez perfecto.

Estamos todos orgullosos. Tus viejos vestidos como para un casorio, la maestra pasada por la peluquería, su hija ya es más que tu fan.

La maestra no necesita ver para darse cuenta de que se enamoraron. No quiere distracciones para su mejor alumna, nada que interrumpa la carrera de concertista que le prepara desde siempre.

Hay en juego un linaje de oídos absolutos.

Tratás de explicarle la pureza de tus sentimientos. Te ponés a su disposición, le ofrecés ser su preceptor, su mano derecha, pero no la convencés.

Te prohibe la entrada a su casa. Corta los puentes. Manda encerrar a la princesa en la torre del castillo.

El padre que ya tenía pinta de ogro y el hermano mayor hacen de carceleros. La llevan y la traen. Te huelen en el aire como perros, se asoman al balcón, interceptan el teléfono.

A ella le falta un año para cumplir los 18 y esperar no es una opción. No les queda otra que escaparse juntos.

Planeás la huida como un crimen perfecto.

Le dejás papelitos plegados en ciertos puntos claves de la vereda.

Una compañera de colegio viola la prohibición de pasar mensajes.

La arrebatás una madrugada y corren a Retiro.

Te vas con mi cédula por si la cana te pide documentos -no me podés decir adónde ni insisto.

Que raptaste a una menor dice el aviso en la tele, con tu nombre y tu foto sin barba, no que huyeron juntos para consumar su amor.

Se esconden dos o tres meses en un departamento en Mar del Plata mientras tu viejo tramita una dispensa para que puedan casarse.

Ganás. Un juez los autoriza. Pueden volver.

Camino el Once un mediodía azul de invierno buscando una frazada para regalarles.

Soy tu testigo en el civil de la calle Uruguay.

La ceremonia es mínima. Tus viejos, tu hermano y la testigo de ella. Sanguchitos de miga, Coca y cerveza en el depto que les alquilaron en Rivadavia y Anchorena, en la torre donde dicen que vive la madre de Charly García.

Desaparecés unos meses. Te absorbe la vida dulce de casado prematuro.

Le metés los cuernos, ella se entera y te echa.

Estás afuera del departamento. Tus palabras rebotan contra la puerta. La oís gritar y llorar del otro lado.

Querés explicarle que la amas más que a nada en el mundo, que lo que sienten ustedes está por encima de todo, que están hechos el uno para el otro, pero ella no te entiende. No hay caso, no quiere abrir, no quiere entender el terrible error que sería separarse.

Me contás todo como una película en Liniers, en la piecita del primer piso.

Es de noche. Estás afuera del edificio. Caminás haciendo equilibrio por la medianera entre alambres de púas para llegar adónde, ¿a una ventana? Por todas partes patrulleros, voces de vecinos, haces de luz, megáfonos, ladridos.

Llorás en el asiento de atrás del patrullero. Un cana te pone la mano en el hombro.

No sé qué es de tu vida los dos años que paso afuera.

Venís a verme al departamento de Javier, donde paro desde que volví del sur. Es un día de semana a la tarde. Charlamos sentados en almohadones en el piso del living.

Manejás un taxi 12 horas por día.

Tomás merca que les comprás a unos gitanos, o los gitanos son los dueños del taxi y la merca la comprás en Lavalle.

Historias locas con pasajeros. Llevás a un político o al hijo de un político del que no me podés decir el nombre que te hace entrar al Congreso de noche.

Toman merca mirando las luces de la ciudad desde la cúpula del Congreso.

Necesitás salir decís.

Si querés, puedo preguntarles a mis amigos del sur si se copan en alojarte.

¿Te vas a bancar estar lejos de todo, en un rancho en el medio de la nada?

Mis amigos del sur tienen cuatro hijos, todos de menos de 6 años. Hierven pañales de tela en una cocina a leña. Aceptan sin entusiasmo.

Te ven aterrizar como a un ovni, apiñándose atrás de la ventana de la cocina para verte arrastrar una valija de rueditas que se traba entre la tierra y las piedras del camino -ninguna mochila.

El viento revolotea las hojas de los álamos.

A tus espaldas la pared marrón del cerro López.

Traés la guitarra, el atril, una raqueta, ropa de marca, crema para manos, tu pelota de básquet naranja entre otros cuerpos extraños a la casilla de tablas ásperas y náilon en las ventanas, las sesiones grupales de meditación, la olla negra abollada con polenta para los perros y el uso del hacha.

No tallás el radal, no hundís las manos en la tierra, no sembrás nada.

Vas seguido al centro. Vendés dulces y pickles caseros y artesanías que hacen mis amigos. Les comprás su primer televisor y un equipo de música.

Volvés a la casa de tus viejos, ahora un depto grande en Flores, a media cuadra de Rivadavia.

Venís al edificio de Ciudad de la Paz donde vivo con Gabi. Está enferma y necesitamos encontrar una farmacia de guardia. Nos llevás hasta Monroe en tu Fiat 147 blanco.

Manejás como un loco.

Es la última vez que nos vemos.

Tenés una hija con una mina que conociste en la parada del colectivo -ahora debe tener la misma edad que mi hija.

Te dedicás al tango.

Dejás la guitarra y te dedicás al baile.

Te rapás.

Sos primer bailarin de «Bienvenido Tango», un espectáculo dirigido por Cacho Tirao.

Te vas a vivir a Europa. Das clases en París de tango en tres estilos: canyengue, milonguero y tango danza.

Preparás un unipersonal. Preparás una serie de humor para la televisión francesa.

Vivís entre París y el norte de Italia.

No ves crecer a tu hija. No enterrás a tus viejos.

Te alojás en Ferrara en la Pensione degli Artisti y das clases en Padua.

Bailás en las veladas del café Pedrocchi – tradicional café del siglo XVIII.

Estás en Venecia, sufrís por amor.

Querés matarte.

Explicás los motivos en una carta de ocho páginas que dejás en el altar de la basílica dei Frari.

Te quejás de la indiferencia de la cultura italiana, decís que te cerró la puerta en la cara.

Te quejás de la Bienal, una institución falsa escribís.

El cura de la basílica encuentra tu carta y alerta a la policía.

Los policías van a la Pensione degli Artisti. Encuentran una copia de tu carta y una agenda. Llaman a tu amiga y le piden que te dé el apuntamento.

Te encuentran adelante de la iglesia di San Moisé.

Estás agitado y confuso.

Te llevan a la comisaría.

Te llevan al servicio de psiquiatría del hospital de Mestre.

Te escapás del hospital sin permiso a la mañana siguiente.

Subís disimulado entre turistas al campanile de San Marcos.

Llegás al campanario, pasás por encima de la malla de protección y te parás en la cornisa.

El edificio más alto de Venecia -98,5 metros.

Los carabineros Davide Cocco y Matteo Gigli y un guardián y dos turistas anónimos tratan de convencerte para que bajes.

Te quejás de que tu arte no es comprendido.

Acusás a la Bienal, repetís que te cerraron la puerta en la cara.

Ellos estiran los brazos a través de la malla para tratar de retenerte.

2003. Estoy leyendo el diario a media mañana en la cocina de la carpintería donde trabajo, en La Paternal -pared cruzada por huellas brillantes de babosas y telarañas sobre las que se deposita el polvo de años.

Aunque escribieron mal tu apellido, enseguida sé que el de la noticia sos vos.

Hacés una reverencia y saltás.

No le das más al play.

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