La educación como práctica política

Por Laura Obredor

Hace tiempo que se habla de la “politización” de la educación y una pérdida del valor de la educación “neutra”, estas ideas impulsadas quizás por quienes desconocen o, me equivoco, conocen muy bien cuál es la trama que existe en materia de enseñanza. Por eso, son capaces de instalar semejante falacia.

La educación es siempre un acto político. Desde la selección de contenidos que realiza el docente en su aula, hasta la puesta en valor de lo que uno brinda a sus estudiantes es una decisión atravesada por la ideología. Y no está mal que así sea, porque la subjetividad reina y porque negarla lleva a una idea errónea de lo que se tratan los vínculos sociales.

Cada interacción en el espacio áulico se encuentra enmarcada desde un posicionamiento ideológico y político más o menos manifiesto. Hace algún tiempo, leía un manual de introducción de crítica literaria de Terry Eagleton, bastante añejo, por cierto. Allí, el autor expresaba que la crítica literaria producida en las universidades encubre (mediante estrategias discursivas) su condición de política.

La conclusión que alcanza sobre este tema es que el problema no es que fuera política sino atravesada por qué tipo de política. Con esto, el investigador inglés aludía a que no reconocer este aspecto favorecía consciente o inconscientemente a reforzar el sistema de poder.

Salvando las distancias, y volviendo a la educación, lo que debemos analizar no es que exista política en las aulas sino qué tipo de política estamos forjando nosotros personalmente en ellas, dentro de las instituciones educativas, pero no para reprimirlas o azuzarlas, sino para reconocerlas y preguntarnos como docentes si realmente estamos de acuerdo con todo lo que hacemos o vemos como “natural”.

Para poder analizar estas prácticas debemos desautomatizarnos, revisar lo aprendido en nuestra biografía como estudiantes y ponderar aquellos aciertos y desaciertos, pero sobre todo, analizar  qué objetivo tienen. Al mismo tiempo, considerar bajo este análisis cómo llevamos adelante nuestra labor como docente.

El problema aquí subyace en que muchos docentes desconocen los nexos entre sus formas de educar y el sistema económico y político que sostienen, es decir, el tipo de ciudadano que está formando y de sociedad que valora, entre otros tantos aspectos.

Paulo Freire de quien se cumplieron cien años de su natalicio, en una entrevista realizada en 1978 define al educador como “un político y un artista” y agrega que al educar se tiene que elegir: “la educación para qué, la educación en favor de quiénes, la educación contra qué. A las clases sociales dominantes no les gusta la práctica de una opción orientada hacia la liberación de las clases dominadas”. 

Mitos apocalípticos

Desde que somos pequeños, escuchamos (y a veces sostenemos sin mucha conciencia) ciertos mitos que no hacen más que reforzar una experiencia política de la educación que sostiene el status quo.  La más lograda de todas es “antes, los estudiantes sabían más” o “la educación de antes era mejor que la de ahora”.

Frases que escuché decir a los más revolucionarios de los docentes sin ponerse colorados. Hay una idea de que el pasado fue mejor, perfecto y, sin ninguna fisura de continuidad, aparecimos mágicamente en un presente totalmente “devastado”, donde la educación es “peor”. Aunque dentro de esos argumentos no se sabe bien por qué o al menos no pueden explicarlo.

Hace poco salió una nota que decía que 3 de cada 7 estudiantes mayores de 25 años no terminaron el Secundario y, en chiquito, aclaraba “de los sectores más vulnerables”. Al ver esto, mi pregunta inmediata fue: ¿mayores de 25 y hasta qué edad?, porque el dato que se omite es fundamental. Les cuento por qué.

La ley de educación secundaria obligatoria se dictaminó en 2006 (N°26.206), lleva una vigencia de 15 años, mucho y poco a la vez. Si tenemos en cuenta la franja etaria para ese informe la obligatoriedad de la secundaria solamente afecta a las personas que tienen entre 25 y 33 años.

En un cálculo fácil, nos damos cuenta de que aquellas personas que tienen hoy 34 años, ya tenían 18 años cuando la ley entró en vigencia, por lo tanto, no eran alcanzadas por la obligatoriedad de la ley.  En la actualidad, es fácil forjar encuestas y preguntas cuyas respuestas tienen interpretaciones un tanto alteradas de la realidad. Estamos acostumbrados a esos informes apocalípticos porque también hay un sentido común que los sostienen (y como en varias oportunidades mencioné el sentido común está forjado por la clase dominante).

En el período que abarca las dos últimas décadas se erigieron 20 universidades nacionales a lo largo y a lo ancho del territorio argentino. Este dato no puede ser compatible con el que cada vez menos estudiantes terminan el secundario en relación al pasado o que se aprende menos que antes (antes de qué, me pregunto, vaya a saber en qué fecha).

Si nos ponemos a contabilizar la cantidad de graduados universitarios que resultan ser la primera generación de profesionales dentro de sus familias no podemos jamás afirmar semejante falacia de la educación pasada como mejor.

Quizás y eso sí, la educación antes era restrictiva y selectiva. No estaba quien quería, sino quien podía porque los padres tenían posibilidad de pagarla y porque quizás el estudiante manifestaba “facilidad” y por eso “hacía más caso”. Hoy nos encontramos con aulas muy heterogéneas donde las inquietudes de los estudiantes son diversas también, por ese motivo, nos demandan un mayor compromiso y atención.

Esos papelitos amarillentos que quizás usaban nuestros profesores para brindarnos clase, hoy no funcionarían de ninguna manera: un dictado ¿para qué? Un copiar del manual ¿para qué? Un estudiar de memoria ¿para qué? Y así alcanzaríamos una lista enorme de actividades que nos hacían realizar nuestros profesores y que sabemos que ni antes ni ahora tenían algún sentido.

“Ah… pero qué bien se aprendían las reglas ortográficas”, dirán algunos nostálgicos, que bien eran empleadas para escribir los dictados sin sentido que les hacían los profesores. “Muy bien, felicitado, sabe escribir esternocleidomastoideo”, pero lamentablemente no pueda reflexionar sobre el lenguaje, analizar críticamente discursos de los medios de comunicación, dialogar con las instituciones, así como tampoco analizar o crear cuentos y poesías desde sus sentidos polisémicos y simbólicos.

Volver a la política

La idea de política en las aulas no es un insulto a la educación, sino todo lo contrario. La clase es un microsistema social, con reglas de interacción que se van forjando y estableciendo en la práctica. Por ese motivo, los grupos de estudiantes no funcionan igual con todos los profesores.

Hay docentes que manifiestan ser democráticos y otros autoritarios, castigadores, imponentes, demasiado flexibles o sin ninguna planificación. Veamos el caso del profesor que por no ser llamado “doctor” dio por terminada la clase y desaprobó a todo un grupo que estaba exponiendo por un “irrespetuoso” que llamó al docente por su nombre de pila.

Qué clase de personas o sociedad forjamos con autoritarismo, con comentarios como “la política no sirve para nada” o “no me interesa la política” o “todos son iguales”. ¿Acaso no inoculamos argumentos que van en contra de la democracia?, ¿no estamos fomentando poco compromiso o participación en los asuntos que nos atañen como ciudadanos?, ¿no estamos enseñando a ser unos sumisos y a rendirse antes de tiempo?, ¿no estamos enseñándoles a que todo da igual?

Los mitos educativos siempre fueron y son sostenidos por la clase dominante son funcionales al status quo, hay que reconocerlo, pero también son muy fáciles de inocular. En la actualidad, nos encontramos ante uno que es el más denunciado por los medios de comunicación que es “el mito de la manipulación ideológica en las escuelas”.

Aparece ligado a ello un campo semántico que alcanza el adoctrinamiento. Pero se olvidan un detalle que no es menor, el modelo de educación vigente no es bancaria (como diría Freire) de contenidos que se depositan, como sí lo era “antes” en esa época que anhelan los amantes de los mitos apocalípticos.

Lo que se olvidan, justamente, que más que nunca hoy se encuentra viva la experiencia democrática en las aulas, donde el estudiante es y debe ser escuchado y en contrapartida, también deba escuchar a docentes de los más diversos tintes políticos e ideológicos manifiestos o no manifiestos, como ocurriría en la sociedad misma. Lo importante de esto no es la política sino el silenciamiento de que existe, está ahí y que debemos motivar también a las y los estudiantes a participar para crear una sociedad más justa e igualitaria, como ciudadanos que son.

En definitiva, la educación nunca es neutral, como manifestó Freire hace algunos años: “está a favor de la dominación o de la emancipación”. Y definió a las prácticas educativas conservadoras como aquellas que enseñan los contenidos, ocultando la razón de ser de un sinnúmero de problemas sociales y adaptar a los educandos al mundo dado. Para este pedagogo existe una educación para la liberación que busca inquietar a los estudiantes, motivándolos para que perciban el mundo puede ser transformado.

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