Recuperar la escuela como espacio de justicia

El ensayo interpela críticamente el lugar de la responsabilidad pedagógica durante la pandemia. Desde ese diagnóstico parte para sentar las bases de una revinculación con eje en la justica social.

Por Laura Obredor

En provincia de Buenos Aires, terminamos el RITE, reporte institucional de trayectorias educativas, pasamos de las trayectorias educativas «en proceso» a las denominadas «avanzadas», es decir, un “aprobado”. Aunque esa aprobación tiene un sabor un tanto amargo porque no pudimos recuperar la matrícula que teníamos antes, incluso en tiempos de «prepandemia». Tampoco se pudo alcanzar la totalidad de contenidos.

Lo preocupante es que todos volvimos al aula, en primera instancia, con burbujas, luego todos juntos, pero esos estudiantes que se hicieron presentes poco a poco fueron ausentándose, primero unos días, después semanas enteras, hasta que aparecieron solo en las últimas semanas del año.

La escuela lleva, en muchísimas familias, a una rutina cotidiana, diaria, de dormirse a un horario y despertarse a otro y cumplir con obligaciones. Vestirse, desayunar, tomar el colectivo, regresar. Parece algo lógico, pero cuando irrumpió la pandemia, la rutina voló por los aires y todos hacíamos lo que podíamos cuando podíamos.

Esto cobra relevancia en la dinámica entre hijos y padres, sobre todo, cuando los adultos no tienen trabajo o cuando no quieren enfrentarse con la situación de poner límites a sus hijos sin tener un motivo visible. El “andate a dormir porque mañana tenés que ir a la escuela” se esfuma y el adolescente termina decidiendo sus tiempos como si se tratara de un adulto. Así, la asistencia a clase se volvió relativa: “profe, me quedé dormido”, “profe, no tenía ganas”, “estaba cansado”, etc.  También está el “tuve que trabajar”, que quedará para un próximo ensayo.

Como docentes también nos cuestionamos por qué los pibes no vienen. A veces tenemos el aula completa y otras vienen la mitad, a la semana siguiente, la otra mitad, y en situaciones de presencialidad completa. No hay excusas para que eso ocurra.

El segundo problema que se suma al ausentismo y que es tan grave como aquel es la intermitencia. Todo se hace cuesta arriba cuando el pibe viene un día y falta tres, viene dos y falta cuatro. Está, pero es como si no estuviera. Engancharlo en las clases es un gran esfuerzo, para ellos como para nosotros, y una vez que se pone al día, vuelve a faltar y todo se torna como un ciclo inacabable de idas y vueltas.

El docente explica un tema, que luego debe repetir por las dudas todas las clases para que nadie se quede afuera. ¿Se acuerdan el cuento que leímos?, no, ¿de los tipos de narradores?, tampoco. Así, la construcción de conocimiento gradual se torna muy a cuentagotas. ¿Y qué pasa con los que asisten siempre? Se aburren, sienten que no avanzan, sienten que siempre hacen lo mismo. Entonces se suman a la cadena de “hoy no voy”.

Quienes pertenecemos a las instituciones educativas tenemos la responsabilidad de hacer que los pibes cuenten con un entorno de convivencia en el que quieran estar y formar parte. Pero también, con ese objetivo, muchas veces caemos en el error de no fomentar la responsabilidad y obligatoriedad de la asistencia y asumimos una posición endeble y excesivamente comprensiva que muchas veces nos juega en contra. Pareciera que nos da lo mismo, que no pasa nada si no están.

Acá hay una cadena de responsabilidades que hay que desentrañar y el equipo de orientación, directivos y docentes tienen al alcance algunas estrategias para saber qué pasó. En principio, entrevistando a los padres, tutores, abuelos para que cuenten qué anda pasando. Pero, por otro lado, el empuje de la vuelta también tiene que estar vinculado con las políticas socioeducativas y programas de asistencia social (los mal llamados «planes sociales») y debe haber algo que inste y obligue a los adultos responsables de esos estudiantes a llevarlos al colegio.

Hace ya algún tiempo que se encuentra vigente el Plan Egresar que brinda una ayuda económica para que los adolescentes de entre 15 y 17 terminen la escuela secundaria. Uno de los requisitos es una declaración jurada de inscripción al secundario, que tiene dos ítems que indican un control acerca de la asistencia y progreso del estudiante.

El primer requisito es “acreditar asistencia en forma trimestral como condición necesaria para el fortalecimiento de los aprendizajes y lograr la terminalidad” y el segundo, “acreditar aprendizajes en las diferentes materias según el año de estudios que corresponda”.

Para ese programa como para otros que se ofrecen en los niveles obligatorios, es requisito demostrar una asistencia y ser estudiante regular. Lo mismo ocurre con la Asignación Universal por Hijo, para hacerla efectiva, los chicos deben contar con el régimen de vacunación y de escolaridad al día mediante un formulario que debe ser firmado y sellado por una institución de salud y la escuela.

Una serie de preguntas nacen de observar algunas cuestiones que ocurren en las escuelas: ¿qué pasa con estos requisitos?, ¿no se cumplen, no se piden o no se controlan rigurosamente? ¿Somos nosotros, los docentes, directivos, etc., los que justificamos a los chicos que no van y les seguimos firmando papeles?

La entrega de bolsones alimentarios parecía ser una situación propicia para preguntarle a los padres por qué los chicos no asisten a clase. Pero, resultó evidente que muchos pibes ya no viven con ellos, sino con sus abuelos, tíos o hasta con sus parejas u otras familias.

De esto se desprende una profunda preocupación, en esas instancias no solo perdías la posibilidad de llevarle a través de sus padres un mensaje que los motive o los inste a regresar, sino que también no tenías demasiada certeza si a esos estudiantes les llegaba algo de esos alimentos que había en el bolsón. ¿Con quién vive?, ¿dónde vive?, ¿qué come?

Aquí subyace varias preguntas que habría que plantear, ¿el adulto que recibe el bolsón, así como la AUH que no vive con el/la estudiante, le corresponde que continuar obteniendo esos beneficios? ¿No debería recibirlo quien cuida efectivamente de ellos? Se vieron casos de adolescentes con hijos que venían sus madres con las que se habían peleado y echado de sus casas a recibir el bolsón, madres/padres con problemas de adicciones o abandónicos, entre otros. En cualquier respuesta que demos debe ser primordial cuidar y proteger a esos niños, niñas y adolescentes y asegurarnos de que eso suceda efectivamente.

De la nota a la valoración mediática

Desde hace tiempo, existe un discurso de cierto sector político y desde los medios de comunicación que socava la labor docente. Si tuviéramos que identificar un momento crucial de este desprestigio seguramente es coincidente con la idea de pedir “voluntarios” para reemplazar a los docentes.

Dicen que somos vagos, que no queremos trabajar, que tenemos tres meses de vacaciones. Propios y ajenos han esgrimido esta crítica que no hizo más que difuminar las posibilidades que brindan las escuelas con las y los educadores que trabajan en ellas.

El tiempo nos ha dado la razón en cierta parte. Hemos visto que los padres, tutores y los círculos de adultos en los que se encuentran los estudiantes, en muchos casos, se han sentido sobrepasados al tener que acompañar a sus hijos para hacer las tareas durante el ASPO. Esto nos da un poco de crédito acerca de los cuatro o cinco años de estudios que realizamos y todas las especializaciones. No somos prescindibles y ya no es convincente esa imagen de robots dictando clases que vemos en películas distópicas.

Sin embargo, el desprestigio de la educación también se encuentra asociado a la idea de la falta de justicia educativa, si pudiéramos llamarla de algún modo. El Estado se hace presente en el territorio a través de las escuelas. Esta “injusticia” aparece cuando los adultos, que han vivido otro tiempo de la educación y otro tipo de educación, empiezan a comparar quitándole mérito a la educación actual.

Mamaron una educación meritocrática del mejor promedio, del mayor esfuerzo con la idea de “ser alguien en la vida”, como muchos padres sostienen, que mide y transforma el desempeño académico en una nota numérica. Esto brindaba una sensación de seguridad y justicia, por más que, entre nosotros, sepamos que muchas veces no es así.

Hay una idea muy arraigada que, en la educación, los docentes de algún modo imparten justicia, pero esto se ve horadado cuando todos los estudiantes reciben la misma valoración o no se le pone a cada quien lo que corresponde. A fines de 2020, hubo un aluvión de “trayectorias educativas en progreso” (TEP) para chicos que completaron desde un trabajo hasta casi todos los necesarios para cumplir el semestre o el año, sin diferenciación intermedia. También la idea de no repitencia y contemplar la educación como bianual llevó a perderle respeto y ganas a ir al colegio. Total, da lo mismo, pensaban todos. Y así la matrícula se desgranó aún más.

Entonces fue el reino del TEP y quienes venían esforzándose muchas veces aflojaron. Y quienes venían atrasados con algún trabajo, aflojaron un poco más y otro poco más, y el aprendizaje gradualmente terminó derivando en ausentismo e intermitencia. Y hoy se transformó en el actual reino del TEA, como dicen “TEAprobé”. Por supuesto, acompañado desde un acertado programa de Acompañamiento a las Trayectorias y a la Revinculación (ATR), que quizás, incluso, haya que pensar en institucionalizarlo y dotarlo de equipos que realicen esta labor de forma permanente y no solamente en algunos meses del año.

Transitamos una pandemia, una situación inédita, diferente y jamás pensada ni prevista por el sistema educativo. Podemos pensar que, con el diario del lunes, todos opinan. Fueron ideas con buenas intenciones que terminaron no resultando. Puede ser. Pero aceptémoslo, porque también forma parte de ser educadores equivocarse.

El punto aquí es qué hacemos de ahora en más con todos estos temas que no pueden seguir siendo planteados como interrogantes, con un 2022 floreciente, con el Covid que sigue estando como compañero desagradable de nuestras vidas, con una transformación educativa que tiene que continuar teniendo como punto principal disminuir la brecha digital. Será que alguna vez los pedagogos, especialistas y renombrados intelectuales de la educación piensen junto con los docentes y no por ellos acerca de cómo construir esas respuestas. Basta de Zoom, es hora de que todos vayamos a la escuela.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s