El Malpaso

Las imágenes fluyen y se agolpan. El relato parece emular esa fluidez a través de la cual se recortan dos realidades, una apolínea y otra dionisíaca.

Por Gustavo Calandra*

   Bajé del 71 un día lluvioso. Un día gris. Bajé del bondi blanco con vivos rojos y celestes. Me gusta el 71. No por sus colores sino porque pasa por Villa Crespo, porque cuando cruza Juan B. Justo, por Camargo, se choca de frente -es una forma de decir, ¿no?- con la entrada de la Sede del club -en realidad dobla por Darwin hasta Muñecas. También me gusta porque pasa por Angelito y es inevitable que uno no tenga reminiscencias milaneseriles gigantescas y el estómago cruja o ruja. Me gusta el 71 cuando llega a la esquina de Thames: TERRITORIO BOHEMIO.

  Yo bajé en Juan B. Justo porque quería conectar con el Metrobús para intentar aligerar un viaje que se me presentaba espantoso.

  Tránsito pesado. Clima pesado. Humedad pegajosa. ¿Será por eso, tal vez, que a muchos conductores se le peguen los dedos a la bocina?

  Llegar de casa a Parque Centenario es una peregrinación a la Meca. He oído a colectiveros asombrarse de otros colectiveros debido a maniobras cada vez más arriesgadas, absurdas, innecesarias, madres de atascamientos y puteadas: -La concha de tu madre, ¡boludo!

  Bajé apurado. Esa savia vertiginosa que corre por las arterias pavimentadas de la ciudad me impedía detenerme. Me acalora el fuego infernal de las alcantarillas. Tenía que llegar 17.05 para la primera clase inter-areal con el profe de francés en el Comercial 17, Nuestra señora de los Buenos Aires. Me daba cosa caer tarde. Eran las 5 y me faltaba aún tomar el 34 que a esa hora viene hasta las tetas.

  Al menos por esa larga cuadra hasta la otra parada podría lucir el paraguas azul y amarillo cual sombrilla carnavalesca extraviada en septiembre… qué loca está la murga cuando sale de noche…

  Bajé del 71, querido bondi ambiguo que, a más de un quinielero, seguramente, le recuerde a la caca, a súcubos del asfalto tóxico.

  Bajé entre fetos que se cocinan en el aquelarre porteño.

  Ya había bajado al Inframundo el sábado. Había rondado los círculos infernales de Colegiales y Chacarita… sale de noche… Una noche entera semejante al Viejo Caos.

  Habíamos estado con F y G en Mamita, un antro de veteranos y veteranas -no todos la verdad- en la esquina de Álvarez Thomas.  ¿Qué tomas? Luis Luque transmitía en directo por un canal de Instagram, con un daikiri en la mano. Los abuelos. Rock nacional, los ’80. Joda. Soda. Cae un chaparrón. Virus. Caímos con un Uber. Baile y risas.

  El Coco, a pleno. El baño parece Wall Street. Del piso mana una especie de miasma que te envuelve en estelas. Dale crack, pasá. No les bola a los efluvios de orín. Una mueca de gusto amargo. Y es entonces cuando te percatás de que a través de una atmósfera onírica, un holograma de Olmedo, reduro, con un whisky y un faso, te sonríe desde el más allá, y es entonces cuando podés adivinar la cantidad de pasadizos que esperan ser cruzados.

  Hicimos barra, codito canchero. Mirá que hay un par de pesuttis. Juan José Pessuti, un gusto.

  A ése le dicen Cabeza de Buey y al otro Cara de Caballo.

  Carcajada de ultratumba.

  Más acá está la vereda. Nos movemos casi iniciando una huida decorosa. Un relámpago ilumina los adoquines empapados. Apoyo mi birra berreta en un tacho de basura. Al segundo, truena la noche. Son días tormentosos. Por suerte, el clima nos había permitido ir a ver a mi primo Germán y su talentoso cuarteto de jazz a un sótano neoyorquino iluminado con velas. Un genio de la batería, “El Baby”. ¡Paf! El segundo trueno rompe la escena.

  De la oscuridad, una mano huesuda y larga, toma mi vaso plástico de arrebato, y un trago de cerveza. Es FlordelMal. Quiere tomar falopa. Es más tatuajes que piel. Se ha cortado el pelo y luce una cresta verde violácea. Las luces de Olleros platean sus piercings cuando gesticula. No tiene plata y me quiere convencer de adentrarnos a otro círculo infernal, Fraga. Túneles peruanos, metralletas, ladrillos huecos, ladrillos de merca, ladridos. Habría que bordear las paredes, chapotear pasillos. Y obvio: tener ángel o demonio.

  No voy ni loco. Ni con Coco. En casa hay un pack de latas, la arranco. Taxi al Abasto. De círculo en círculo.

  En casa está Chicha, mi perra que le tiene pavor a las tormentas.

  La loca está “manija”. Abro la puerta. Dame escabio. Que siga el reviente. El vidrio de la ventana trema. Parece quebrarse. Fiebre de sábado por la noche. Sexo fisura. Mañana se queda a comer la pasta del domingo con vino negro. ¿Vino El Negro? Antes picada y aperitivo rojo. Ginebra de postre. El plato fuerte sería Brasil y Argentina. Pero se suspende. No entiendo un carajo. Nos vemos Esperando la carroza y así llega la luna. Moscato, pizza y faina. Pin Pun. La danza del hígado. Sexofisura. Y yo encima mañana laburo.

  Ya es tarde. 71 de mierda, tardó una bocha. Qué manera de pifiarle. Si sigo así la próxima la tiro a la tribuna. O la tiro al foso. Me explota el coco. Se acentúa la garúa. Ni conozco al profe de francés, sí que no llego a horario. Y si tengo la puta mala suerte que es un obse con la puntualidad, voy a entrar con la clase empezada y el curso en silencio. Tarde.

  Los impuntuales son vagos. Una mácula. Apuro la marcha. Vagos e impuntuales. Mala prensa. Mala pata. Aún no sé que me falta dar el último malpaso. Trastabillo. Caigo de rodillas. Se me dobla el tobillo. Paro a un chabón, ayudame. Desconfía. Ponete pillo. No estoy escabio. Malas noticias: me rompí algunos huesecillos.

  Pago con dolor antiguas excursiones infernales a las entrañas de la urbe y un abandono de la salud. Estaba ahí de caer.  Malpaso. A veces con el goce de comodidades celestiales y otras con castigos kármicos.

  El último malpaso. Sacrificio a los dioses de la noche. Rituales báquicos y el pájaro fisura. Una Hecatombe. Un frenesí que es amenaza y que no permite abandonar esa fascinante atracción por el abismo.

  La cantina del Club Palermo nos espera con carnes humeantes y bebidas espirituosas.

  Salud. F pela petaca mientras el mozo descorcha. Aún venimos con el flah jazzero. Aún no sabemos que nuestro destino es Mamita. Aún no imagino que una semana después mi vieja tendrá que alcanzarme hasta un vaso de agua porque tengo la gamba inmovilizada por cinco kilos de yeso en una bota horrenda, que una fractura me partió el tobillo derecho en varias partes y lo alejó de la tibia, que me esperan unas tablitas y tornillos de titanio. Malpaso.

  Quedé pidiendo la cuenta. Alargo la mano. Parece que Benito Durante me hizo la temible quebradora. Patiné, tropecé, ambas cosas. Bajé un peldaño. Dame una mano, amigo, le solté a un pibe que pasaba, cual ebrio arrastrado, sin poder sostenerme. Apoyé la espalda contra el mármol y me dejé deslizar hacia abajo. La pared me hiela la médula. Transpiro. Avisá en la escuela que no llego.

  Quedé regalado. Una comitiva salió, preocupada, a contenerme. Me sentaron a resguardo y llamaron al SAME. De ahí, un camino de asfalto roto en ambulancia. Disculpá querido, se avergonzaba el chofer, pero está lleno de pozos esta zona. Los del patio del Hospital Álvarez, eran cráteres. Anochecía en Flores. Ingreso al Inframundo, otro siniestro círculo. Qué bien me vendría un cogollito.

  Quedé en un pasillo, acostado. Poca luz, una sola enfermera y un médico de guardia. Gente humilde lastimada. De una ventana sin vidrio entra un látigo de frío. Quejas, murmullos, lamentos. Gasas con sangre. Una vieja prueba tubos de oxígeno desde su silla de ruedas. Putea, se da un saque con una especie de nebulizador. Un tipo corre de aquí para allá preguntando por el doctor X. Tullidos y aullidos en una atmósfera de impaciencia. Me llevan en camilla a hacerme una radiografía por esa dependencia grotesca del averno citadino.

  (A decir verdad, toda caracterización humana tenía la resonancia de una metáfora.)

  Gravita la camilla por otro pasadizo. Sé que me observan caras raras pero no los veo bien. Me miro el pie todo hinchado: justo donde tengo el tatuaje del feroz perro de Iama, el guardián del Infierno tibetano. El Yan chino. El tipo que custodia el lado oscuro.

  (En el talón tengo tatuada una bomba.)

  No será gratis siquiera hundir la puntita en ese reino de espíritus y seres terroríficos. La cuchilla del cirujano me aguarda afilada en una piedra filosofal.

  No será en vano esa experiencia.

  Luego de nueve días, de madrugada, un remís de guardabarro terroso me conduce a una clínica perdida del conurbano. Enfermeras tumberas, de uñas despintadas, me conducen a un baño asqueroso, me dan una palangana con pervinox y una esponja para que me “prepare” para ir al quirófano.

  Hoy me opera Pablo Escobar.

*El autor publicó las obras Barricada y La mística invicta bajo el sello Ediciones del Trinche.

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