Fefé

Por Agustín Caldaroni*

El punto cero del relato es un asado entre amigos con el apocalipsis como telón de fondo. Pero ese encuentro trae recuerdos, conspiraciones, viejos amores. Si en la adjetivación el texto es heredero del simbolismo, en la tematización lo es del vitalismo de entreguerras.

¿Cuándo empezó a aburrirse? Fefé pintaba un cajón de manzanas que le serviría de mesita para el patio o para convertirlo en un macetero; mientras trazaba una fina línea celeste y abajo otra línea rosa, por la madera recién lijada, trataba de recordar: ¿cuándo empezó a aburrirse? Aburrirse no era la palabra, era otra, alguna que incluyera también fastidio; a veces hasta era odio lo que sentía por Garu. Fue mucho antes de la conversación que los había distanciado; todo empezó cuando él volvió de su viaje en moto por el sur, de eso estaba segura. El viaje de Garu, duró dos meses. Volvió tostado como un beduino, enérgico, atragantado de historias; solo viajó dos meses y parecía que regresaba de la guerra. Dijo que la extrañaba, que esos meses le habían alcanzado para ordenarse. Fefé no quería aceptarlo, pero hubiera preferido que él tardara más o que no volviera; ese regreso inesperado le había restado épica al reencuentro. Imaginándolo lejos de ella, Garu se volvía inalcanzable, como en otra época cuando los seis años de edad que él le llevaba parecían veinte. Era el demonio negro, así le decían sus amigos cuando lo conoció, el morocho de melena con el jean raído, que veía pasar por la puerta de su casa. El historiador, también era. Charlando con él todo le parecía más sólido. Hablaba sentenciosamente sobre cualquier asunto, a ella le seducían sus posturas ortodoxas, su desprecio hacia las tendencias de la época, su ascetismo. Pero ahora él dormía. Fefé prendió la radio y se enteró de la noticia. Subió el volumen, le costaba ordenar la información, salió descalza a la calle hasta el puesto de diarios de la esquina.

   Garu daba vueltas en la cama, eran las dos de la tarde, había soñado mal. Ese sueño se repetía otra vez: una presencia lo acechaba para decirle algo, cuando un viento abría violento todas las puertas y ventanas de la casa, la sentía en su espalda a punto de decirle una palabra que lo iba a pudrir de miedo. El gusto de la pesadilla siguió viboreando por la habitación unos minutos más. Miró la hora, dos de la tarde. Estaba con resaca. Se despabiló pasándose un cubito de hielo por la cara, picó unas galletitas con una taza de café negro. Después, en el sofá, miró por la ventana a Fefé. Recordó otros momentos, cuando se despertaba unos minutos después que ella, preparaba mate y salía desnudo al patio, porque esto la enfurecía: le gustaba pasearse así y que Fefé absorta en sus manualidades no se diera cuenta; estaba sentada, él le daba un mate y le rozaba la pija en un brazo. Fefé lo miraba seria, sobreactuando una expresión reflexiva: “a veces parece que hacés cosas para dejarme de gustar, seguí así que vas bien”, y continuaba trabajando sin aceptarle el mate. Esa frase relampagueaba en el cerebro de Garu, la disfrutaba avergonzado, era como olerse con placer una parte apestosa del cuerpo. Mientras se metía en la casa a cambiarse, exageraba carcajadas para fastidiarla más. Últimamente tomaba mate solo, desde que habían tenido la conversación con Fefé, prefería levantarse de la cama lo más tarde posible. No tenía fuerza, las semanas se le hacían interminables, trabajaba como una mula y cuando llegaba a la casa se metía en la cama a mirar televisión, apenas hablaba con Fefé. En el último año vivía enfermándose, le agarraban fiebres fuertes como un chico. Cuando recuperaba energía para salir de la cama se acomodaba en el sillón. La espiaba haciendo sus cosas. Ella lijaba maderas, cortaba raíces muertas, cosía; cada tanto levantaba la cabeza para ver si Garu ya se había levantado, él se escondía y después volvía a mirarla entre las cortinas, como si fuese una desconocida. Los sábados temprano, la casa olía a pintura, a tostadas; Fefé escuchaba un programa en la radio que pasaba tangos, el locutor era un viejo de voz gutural, parecía un muerto que conducía el programa desde el ataúd, y siempre gritaba: “el flaco de gris y la morocha de verdeeeeee” Garu esperaba esa frase, le gustaba porque no la entendía, lo hacía pensar en un carnaval y un velorio. Se estaba bien en esa casa, el problema era ser un fantasma.

   A la noche llegarían todos ellos de visita: los amigos, suyos, de Fefé, la falange, la ranchada. La verdadera sangre. Los extrañaba, las reuniones se habían postergado y le daba miedo que terminaran por disolverse; quería verlos, comulgar con ellos a través del alcohol y la sustancia. Desde que estaba en crisis con Fefé los necesitaba más, sabía que esa posible ruptura amenazaba al grupo. Había preparado lo necesario para una comilona medieval. Tenía la pileta llena. Iba a ser un buen anfitrión, pensó en asado con picada, había cambiado las cuerdas de la guitarra para tocarse algo. Hacía poco que se había recuperado de una fiebre que lo tuvo convaleciente, postrado como a un anciano. Quería olvidarse de todo, bailar, sentirse abombado de carne, tomar hasta el quiebre y chapotear en el chancro un vómito sentimental. Se vistió y salió a saludar a Fefé. La besó en la mejilla, cebó un mate. Fefé aceptó, el beso y también el mate; la notó diferente, ni apática, ni fastidiosa, estaba tensa, con ganas de confesar algo. ¿Qué te pasa? Ella no dijo nada, le tiró el diario encima de las piernas, Garu no quiso verlo, lo dejó en el piso. Esto te va gustar, pasó anoche, al final no era un incendio, leé. Garu leyó demorándose en el titular, la miró buscando respuestas, volvió a leer; se desplomó en una silla, pasaba las hojas frenético sin poder concentrarse en las palabras, apenas podía entender las fotos. Escombros, gente cubierta de polvo, cadáveres yankees, italianos, argentinos, un gordo con pinta de colectivero corría por avenida Corrientes, desnudo de la cintura para abajo, bañado en sangre, parecía la víctima de un toro en los sanfermines. El atentado de Verona se replica a escala global. La piel oscura de Garu fue empalideciendo como cuando una gota de leche se absorbe en el café, cobró un color enfermo a hueso, los ojos se cristalizaron de lágrimas. Un zumbido vidrioso se colaba en su oído, sentía gusto a pavimento en la lengua. Retumbaba la hélice de un helicóptero. Prendió un cigarrillo, le dio una larga pitada mientras miraba el cajón que había decorado Fefé. Qué bueno te quedó. Le desabrochó un botón del vestido y pasó los dedos por la loma de un pecho pecoso. Volvió a mirar el titular de la tapa. Sonrió.

–¿Ahí te gusta?

Revolvía imágenes para que no se le bajara; iba a perder, se desinflaba, el aire naval que sostenía la pija iba perdiendo vigor, tenía que apurar los pitonazos y pensar rapidamente en algo para decirle, en esas palabras que hacen correr la sangre.

–Sí, así, pero más fuerte… y más adentro.

Así, sí.

–Te voy a tratar bien hoy, ¿querés? Todo muy despacito. Voy a ser bueno.

La peste subía por el cuello y después bombeaba el cerebro. Quería contarle que aquella madrugada encontró la media rota escondida en el fondo del cajón. Quería decirle que se descargó encima de la media y la volvió a guardar.

–No, así no me gusta. Sabés que no quiero. Más fuerte, ¿no sabés cojer? No, no sabés…

Cada golpé la tensaba más, quería pedirle que le contara. Cómo fue. Cuándo fue la última, y cómo.

La puso en cuatro patas, ya era otro juego. Un avión militar sobrevolaba la casa haciendo vibrar los vidrios de las ventanas. El perro entró a la habitación atraído por los gritos, miró a los amantes y se despatarró en el suelo bufando aburrido. Los celulares no paraban de recibir mensajes y llamadas. Los vecinos salían a la puerta de las casas excitados, aturdidos; buscaban complicidad, ganas de comentar las noticias y no rendirse al terror. Un ex bombero aventuraba hipótesis con aire profesional, las viejas escuchaban sumisas. Un alarido de Fefé cruzó la conversación trayendo confusión al grupo, ¿era otra víctima? Nadie concebía un espacio para la efusión sexual, solo se esperaban demoliciones y habladurías. El grupo se dispersó a medida que los gritos de Fefé se agudizaban.

–¿Te gusta, puta?

Esferas, blanco mullido para hundir las yemas, carne esponjosa chasqueando, espuma que gotea color salmón, por la boquita hinchada. Garu quiere ladrar. ¿El juego del cachorro ahora? ¿El de la mamá después? Quería todos los juegos, como antes, en la época dorada, que duraran mucho.

Ella se da vuelta y abre las piernas, tiene que mirarlo de frente para preguntar.

–Contame la última, pero contame de verdad.

–Vos sos la última, no empecés. Sos vos…

–No mientas, contame la última, quiero acabar, contame.

Quiere el nombre de la útima, interrogar: nombre y apellido en su oído; necesita sentir rabia y deyectarla estallando.

Dijo: Isa, con Isa fue, Isabel, acá en la cama fue. Mentía, pero eso iba a servir para calmarla. La proximidad de Isabel llegando al asado unas horas después, crispaba más a Fefé. Jurá que es verdad, rogaba ella. Te lo juro. No mientas. Te lo juro: fue con Isa, acá en la cama, ¿no te molesta? ¿Querés pegarme?. No, me encanta, seguí contando. Garu le apretaba las tetas y le contaba: Isabel tiene las tetas grandes, no como éstas que son chiquitas, le dice provocándole un llantito silencioso. Hablame como a ella. Un poquito más. La corriente que tenía que llenarla se le perdía en los muslos, se le escapaba, solo quedaba un vacío neumático en el vientre. Ya viene, ya, ¿cómo le decías? Hablame como a ella, por favor. Y cuando Garu lo hizo, cuando le dijo hermosa, mi amor, putita, a Fefé como si fuese Isabel. Miles de ampollas rellenas de luz que giraban en espiral estallaron para los dos y filamentos luminosos se desintegraron hormigueando los músculos convulsos, dejando el gusto de una canción hermosa que reverbera segundos después de haber terminado. Durmieron la siesta desnudos, en el cuarto se colaban noticias en italiano de los atentados que unos vecinos oían a todo volumen, un ventilador de pie les tiraba un aire caliente, ese clima pegajoso los hundía en un sueño pesado de malaria. No se levantaron hasta que anocheció.

   Glauco, Tanque, Isabel, Tato el bobo, Freddy, Seba el Viejo. Y el fantasma del Nene Calderón. Llegaron todos juntos salvo Tato, que fue con la excusa de ayudar una hora antes de lo pactado y se encargó de inaugurar la pileta aprovechando el calor sofocante; ningún ausente, asistencia perfecta. Un tablón con caballetes en el patio cubierto por un mantel de plástico azul cariado de manchas de tabaco, Fefé oficiaba de capotávola sentada en un extremo de la mesa, cortaba quesos y cantaba encima de las canciones de Bola de Nieve. Garu empapado por el calor cuidaba el asado, cuando los invitados entraban al patio, desde el ángulo donde estaba el chulengo de acero negro, solo se veían las brasas latiendo como una constelación y nada más, se acercaban unos metros y emergía la dentadura y los ojos de Garu, que sonreía desde el fondo de la noche azul. El grupo extrañaba las juntadas, entre los besos y los abrazos, cada uno se concentró en detalles: el vestido estampado de frutas de Fefé que caía drapeado por encima de los muslos fibrosos, tostados; los besos de Tanque; los vasos de metal que a Glauco le olían a campo; Seba, sentado en la hamaca paraguaya con la camisa de jean suelta como un isleño; el cocodrilo de cemento al borde de la pileta con la pintura descascarada y el lomo-macetero cargado de plantas, la cabeza del lagarto en comunicación con el tatuaje del gallo en el brazo de Tato que flotaba en el agua verde; el murmullo musical de fondo como si cientos de invitados más pulularan por la casa.

   La carne estaba servida, corría el vino y la cerveza. Quién hablaría primero de las noticias, eso era lo que Garu jugaba a adivinar: Fefé o Seba, seguro. Garu odiaba a los analistas políticos, cuando Fefé y Seba el Viejo hablaban de la coyuntura tomaban un tono de expertos, de enterados que ingeniaban teorías que  los demás pasaban por alto; cada tanto le consultaban a él algún dato histórico, como la voz autorizada, lo habían colocado de erudito, mientras que Seba y Fefé representaban la experiencia, los altos cuadros, él se sentía una maquina de precisión, y por más que odiara su rol lo aceptaba resignado. Su parquedad, las maneras lentas que tenía para moverse, le calzaban bien para parecer un sabio distante, la esfinge del grupo. Pero interiormente bullía, se volvía loco por hablar, por explicarse. Fefé era una mujer de acción, segura de sí misma, respetada por todos; Garu la escuchaba, justo él, que le había facilitado a Fefé sus primeras lecturas de la izquierda nacional, ahora solo escuchaba, era un soldado. Pero en aquellas conversaciones se dispersaba, flotando por una realidad distinta, edificando en su cabeza escenas de tragedia. Pero esa noche no, estaba aterrado, por eso quería escucharlos, a Fefé, a Seba, a todos: quería respuestas. Nadie decía nada, se demoraban, Garu estaba ansioso. Ahora era distinto, el impacto de los atentados, le daba un peso distinto a las palabras, no tenían ganas de polemizar sin consecuencia. No hablaron de las noticias durante la comida. En la sobremesa tomaron sangría. Isabel cantó, Tato acompañaba con la guitarra y los demás coreaban. Pasaron las horas. Isabel aburrida de cantar y sin meditarlo preguntó si se sabía algo más del atentado. Ya sueltos, borrachos, se sentían otra vez en comunión, fuertes. Salvo Fefé y Garu, los demás hablaron frenéticos, contaban dónde habían recibido las noticias, qué estaban haciendo. Brindaron.

–Que se pudra todo, loco.

   Hicieron suposiciones, trazaron mapas con quesitos y salamines. Hablaron de la balcanización de América del sur, de la conformación de los bloques mundiales, que no eran dos como en la segunda guerra, sino tres bloques activos. Preguntaron a Tanque qué sabía del Nene, que en ese momento estaba en Galicia, ahí el ataque había sido brutal, pero no tenía noticias del Nene. El Nene estaba desaparecido en España, en la zona de peligro, Garu pensó que podía estar muerto, lo quería muerto ¿Y si se muere? ¿Si se recaga muriendo? Pero no, así no tiene que morir-se dijo-, quiero verlo morirse. Desechó la idea. Fefé lo miraba, parecía que le leía la mente, él alzó su vaso sosteniéndole la mirada y lo vació de un trago.

    Garu se alejó de la mesa, entró a la casa, preparó un fernet con apenas un chorrito de coca, se sentó en el sillón, el que usaba para espiar a Fefé. Dio el primer sorbo de fernet de esa noche, sintiendo el gusto amargo dominando la boca sobre el dulce, el yodo burbujeante le mojó los bigotes, se prendió un cigarrillo y lo fumó despacio echando el humo por la nariz. Los nervios se planchaban de a poco, casi estaba en paz. La orquesta de Lecuona Cuban Boys sonaba, el comedor se poblaba de mulatos con smoking.

   Espió. Los quería ver pasarla bien, cada uno ocupando un lugar irremplazable en esa familia. En ese momento recordó cuando todos ellos eran sus adversarios, fue en la época que entró a formar parte de ese grupo de desconocidos, los amigos de Fefé. No podía seguirles el ritmo, hablaban con una jerga interna que le sonaba a una poética de timba española, con juegos de palabras y versos; bailaban, se golpeaban y besaban. Tanque y Nene eran hermanos, los odiaba, dos inútiles. El Nene era el mayor de los dos, el ex novio de Fefé, andaba siempre evasivo, en “asuntos”, así que esos asuntos eran como un portal del que siempre entraba o salía. Se vestía como un yuppie aunque algún detalle que se le escapaba a Garu lo dejaba en evidencia como un tipo que vivía en la miseria; siempre al filo de volverse loco, según le había contado Fefé, pero Garu no lo creía, le parecía un burgués en decadencia, igual que Tanque, igual que casi todos los demás. El único que le caía bien era Freddy, un advenedizo como él en esa banda, un golem polaco, mudo, con las manos escoriadas por el frío del frigorífico de Mataderos dónde trabajaba. Fefé quería que Garu fuera parte de la comunidad, pero Garu se resistía, caía en el mutismo mientras los demás encendían las reuniones con una vitalidad que lo superaba; no era vitalidad: era violencia, no quería admitirlo pero eso lo seducía. Se callaba, mirándolos frío, sospechando que lo creerían un imbécil celoso. Hasta que un día Seba quiso ablandarlo, le sirvió un whisky y sacó tema, hablaron de historia, de Hernández Arregui y Ramón Doll, de Fermín Chávez, que era el padrino de Seba; los dos borrachos, entrando en confiaza como si hubiesen sido templados en el mismo acero. Esa misma noche Isabel lo sacó a bailar, le gustó, coquetearon, Fefé se prendió en el baile y Garu ya estaba con las defensas bajas abrazado a las dos que lo fregaban. Después de algunas reuniones más estaba participando en los ritos del grupo, a los que se amoldó resultando un perfecto iniciado. Ahora eran sus hermanos.

   Solo alcanzaba a ver chorros de agua saltando por encima de los maceteros que cercaban la pileta. Estaban todos adentro del agua. Isabel lo llamaba a los gritos, estaban por hacer el maremoto. Garu quería seguir disfrutando solo, postergar los juegos con ellos. Lo mejor para el final. Fue a la biblioteca, en un estante había una fragata de madera, sacó de adentro un habano que estuvo escondido ahí por años. Repasó los libros que había leído en su última convalecencia. Valerián Pravdujin: Ejércitos fraticidas, un año entre rojos, blancos, verdes y negros. Dimitri Peppel: El bigote de cuero, historia de la cheka; separó esos dos. Se sentó a mirarlos, tenían hermosas fotos, cientos de retratos rusos: oficiales bolcheviques mirando con ojos de camión blindado y quijadas de hiena; soldados campesinos contrarrevolucionarios, flacos, harapientos; zaristas con pintas de popes en banquetes. Jugaba: ¿Quién sería cada uno de ellos? Tanque es Boris Savinkov, con su gusto por el disfraz y la conspiración, un aventurero; el Nene es Rasputín, mentiroso, borracho, una ruina seductora. Pasó lánguido Seba, empapado, yendo para el baño. Seba sería un oficial blanco, que, mientras come bombones con sus dedos largos y finos enfundados en un guante de cuero y sorbe un champán rosado, hace un inventario de provisiones y de-creta fusilamientos en una aldea. Isabel una chekista apasionada, un tiro en la nuca y que pase el próximo, sería Inessa Srúbov, la Loba de Penza, enérgica, fusilaría como una matrona pela papas. ¿Y Fefé? Fefé para él no tiene modelo, no podía encontrarlo, Fefé es Ella, se decía, la revolución misma, la guerra. No hay paz con Fefé, no tiene que haberla porque Fefé lo pide todo.

–¿Qué hacés acá solo, vamos al agua?-Le dijo Freddy levantándolo de un tirón que le hizo sonar los brazos.

–Aguantá, escuchame: tengo el juguete nuevo, si lo querés ver…

Entraron a la habitación, del placard Garu sacó una Bersa 9 milimetros. Agarrala con las dos manos cowboy, lo retó Freddy, bien, ahora bajá un poco los codos. Desde que iba al tiro federal con Tanque y Freddy, Garu no podía soltar esa pistola, le picaban las manos de ansiedad cuando pasaba un tiempo sin sentir el metal.

–Es hermosa, ¿de dónde la sacaste?

–Tato el bobo, me la debía. Es del mercadito, no tiene registro.

–¿Vos crees que hay que estar preparado?

–Sí, amigo, no nos tenemos que dormir. Y hay que estar juntos, organizados. Tengo como una sensación, no se me va… ¿No te parece que van a desembarcar? No en Tierra del Fuego, ni siquiera en Buenos Aires, acá en Insuperable, van a entrar navegando por la General Paz y después van a subir por las lomas de la colectora –-dijo Garu con una voz que temblaba.

   Garu quería salir a la calle, ver qué pasaba en el barrio, pero necesitaba provisiones. Buscó más fernet, la botella se había vaciado. En la casa no había más. Salió al patio y pudo ver al borde de la pileta una botella de fernet terminada, la última. Vació un vino en una jarra de vidrio, la cargó de hielo y salió. Parecía navidad, la gente estaba sentada en la puerta, había pibes corriendo en patas por la calle, sonaba música de los autos estacionados en la vereda. Cuando llegó a la esquina saludó levantando la jarra a Flacuchino que estaba sentado en un banquito, el viejo chupaba un cigarrillo y tomaba cerveza, estaba en cuero, con un short cortito del que sobresalían dos colgajos de muslos mantecosos. ¿Qué pasa abuelo? ¿Llueve o no llueve? Y Flacuchino con la boca en forma de ano fruncido le largo un chiflido largo y mojado, que era como decir “todo bien pibe, como siempre, con calor”. Dobló por Quintana siguiendo el olor a cuero, la calle de los talleres, estaba oscuro, todas las persianas y portones cerrados, salvó del garage de un mecánico, en la puerta todavía humeaba una chapa con carbones cenicientos, al fondo del taller una lamparita naranja alumbraba a unos tipos que tomaban vino despatarrados en el piso. Caminó varias cuadras tomando el vino helado, corría un viento tibio de tormenta. El barrio le parecía inmenso. Villa Insuperable no es un barrio del mundo, el mundo está contenido en Villa Insuperable, pensaba. Todas posibilidades que ofrecían los bloques en disputa le daban asco, terror. Necesitaba un bando que se elevara como un mito para poder contenerlo, darle valor. Era su trinchera, el barrio. ¿Cuál era el estandarte que se agitará en Villa Insuperable? Llegó hasta un matadero abandonado de la calle Chiclana, caminó por la calle bordeando un paredón que ocupaba el largo de una cuadra, antes de llegar a la esquina la pared estaba derrumbada, entró por la grieta. Un baldío atestado de bolsas de basura, olía a mierda y grasa. Un gran bloque de cemento soviético, se abren portones de donde salen camiones de repletos cadáveres azules. Rusia soviética llena galpones y fábricas, olor a aluminio y a nafta, es Villa Insuperable. Salió del matadero, encaró caminando rápido para su casa con un poco de náusea. Marchaban ante él ejércitos pasados y presentes, guerrillas, partisanos, mercenarios, todos de otras culturas mezclándose con los recovecos más rancios del barrio. De las ventanas de las casas se escuchaban noticieros. Los idiomas se mezclaban. Líderes de todas las latitudes exponiendo estrategias ante congresos, mitines callejeros, quemas de banderas. Recordó a Aleksandr Duguin hablando del levantamiento de Eurasia en una charla a la que fue con Seba. Pasó por la casa de un amigo de la infancia, hacía años que no caminaba por ahí. Recordó la la habitación de la hermana hippie de su amigo, con el olor inmundo del pachuli y una pintada en una pared de la diosa Kali, gorda, azul, con la lengua como un pene despellejado, sonriendo en pose de baile; pensó en un ejército indio reviviendo las antiguas ablaciones testiculares del culto a Kali Yuga con guerrilleros comunistas. Villa Insuperable es el mundo. Antes de regresar a la reunión vomitó en la esquina de la casa. Se sintió aliviado, entró. Todos seguían en el agua.

   Sonó el timbre. Entró. Era flaco, enjuto, rubio platinado: un silbido de oro, como lo bautizó Seba. Como era amigo de Nene, siempre le ofrecían a sentarse, tomar algo y siempre rechazaba con cortesía. Le entregó una bolsita negra a Garu que le pagó, antes de cruzar la puerta se dio vuelta y le preguntó si le regalaba unos limones.

   Al rato el baile era en ronda, abrían y cerraban el círculo agarrados de las manos. Fefé entró al medio y bailó sola una cumbia con los ojos cerrados, mordiéndose los labios. Garu miraba la cadera quebrarse para un lado y para el otro, las manos como tomadas de los dedos de un fantasma, se mecía moviendo la cabeza, el pecho le latía, pasaba una mirada leve sobre los demás. Cada uno la estaba deseando a su modo. Garu entró al medio del círculo y bailó con Fefé, nunca pensó que podía volver a encontrarla, estaba ahí como cuando la conoció. ¿Te acordás de mí?, preguntó. Ella le dio un beso y lo abrazó posando la mejilla en su pecho.

–¿Cómo te llamás?

–Julio, pero me dicen Garu.

   Fefé se tiró de cabeza al agua. Nadaron todos por los bordes con mucha fuerza, en cada vértice del rectángulo empujaban con las piernas para darse impulso, la idea era formar una corriente que después que dejasen de nadar los arrastrara, pero siempre querían cobrar más velocidad, las piernas se iban calentando hasta llegar a un placer indefinible que se concentraba en la pelvis y el abdomen. Glauco veía las pantorrilas fuertes de Fefé haciendo burbujas que le picaban en la nariz, Tato miraba por encima de Glauco el glúteo y el muslo de Fefé agitándose en movimientos de rana, Tanque pellizcaba el culo de Tato para apurarlo, seguía el vaivén amedusado de los pelos largos de Tato como un animal aparte, Freddy con los ojos irritados se había hecho un camino en el fondo de la pileta, tenía que seguir con la mirada las partes descascaradas del piso: celeste, celeste, celeste verdoso, rajadura, rajadura, celeste, ladrillo escarlata, hojita que gira, celeste, Isabel manoteaba los tobillos de Freddy para dejarse arrastrar y este después de llevarla un poco se libraba de su mano con un pataleo, Garu veía los pies ligeros de Isabel pataleando como una turbina, Seba se dejaba llevar por la corriente y se sentía en el agua oscura del Delta. Fefé no miraba nada, quería resistir y jugaba a llegar a algún lugar.

   Descansaban al borde de la pileta. Isabel recordó el juego de la escalera, se lo susurró en el oído a Glauco, con maldad. Al rato todos le pedían a Garu que buscara la escalera y los disfraces. Fefé dijo que ella no iba a jugar, pero sabía que la iban a fastidiar toda la noche, así que después de resistirse un rato, aceptó. Tirados en el pasto se dividieron en dos grupos, en el medio la escalera larga separándolos, simulaba las vías de un tren. Fefé y Tanque iban a actuar haciendo de una pareja caída en desgracia con sus hijos. Fefé tenía un vestido amarillo muy corto, iba con un changuito y adentro un oso de peluche y dos bebés de plástico, sus hijos. Tanque llevaba un pantalon de obrero que le quedaba grande, tenía que sostenerlo con una mano para que no se le cayera, calzaba chancletas y arriba un saco viejo. Abanzaban muy despacio por la escalera-las vías-, arrastraban bolsas que simulaban ser sus pertenencias.

Isabel: ¡Miren, ahí va la puta!

Seba: La petera y el guampa del marido. Pagá lo que debés, que te vamos a quemar el rancho.

Glauco: Miren a las criaturas, están desnutridas. ¡Hijos de puta, les vamos a sacar los pibes, ratas!

Isabel: Puta, acá no te queremos, tomatelás.

Tato: Negro planero, pagá.

Seba: Qué va a pagar, ni ropa tiene. Hoy vas a perder, plaga, te dijimos que no vuelvas.

Isabel: ¡Puta, arruina hogares, te cojiste a mi marido!

Tato: El negro es puto, yo lo vi. Le tira la goma a los del taller.

Seba: Y es violín, manosea a los chicos del barrio.

Tanque se caía de rodillas, miraba al cielo implorando, se santiguaba. Fefé lo intentaba levantar con esfuerzo y no podía; Isabel se reía y le gritaba que se le veía el culo. Dios, perdonalos, dijo Tanque y se puso de pie. Caminaban de la mano y él murmuraba un rezo.

Glauco: Vos no tenés ningún Dios. Las lauchas no tienen alma.

Garu: Devolvé la guita o te cojemos a tu mujer.

Seba: Ahí está: entregá a ese gato, una pasadito con cada uno y te perdonamos.

Tato: Guarda que la zorra tiene el bicho.

Tanque: Chupenmé la pija putos, me los voy a cojer a todos. Vengan de a uno.

Les empezaron a tirar con hielos y puteadas. Fefé lagrimeaba, cuando Tanque se dio cuenta la abrazó y lloró también. Freddy apareció en escena pateando el changuito de donde volaron los hijitos, levantó a Tanque por el aire y lo tiró al pasto, después se revolcaron por el suelo, Fefé se subió encima de Freddy y le rasguñó la cara y la pelada, hasta hacerle brotar sangre. Tuvieron que meterse todos a separar, Fefé lloraba llena de furia, Isabel la abrazaba tratando de calmarla. El grupo se cerró cercando a Fefé, se fundieron todos en un abrazo de llanto y risas. Después, acostados, siguieron el rumbo de un avión que cruzaba las nubes de tormenta del cielo púrpura.

*El autor publicó La razón bárbara, con Edotorial Lisboa, en 2015 y Nuestra verdadera sangre, con Palabras amarillas, en 2019, de donde se extrae este relato.

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