Miss Social

Bernabé De Vinsenci

A mis veintiocho años, la paciencia me abisma en el ultimátum: vivo con el vaso rebosante de agua, apenas una gota y me desenfreno en cólera, malestar, bronca. Por lo cual, para mí, tolerar tras una eterna curtida, puede prometer un parto de enemistad o de absoluta omisión. Hay un trauma iniciático de mi impaciencia que me reservo a detallar. Prefiero la esperanza a la ilusión —la derrota a la victoria, la nada a la pena— porque es bien sabido que la ilusión nunca es inherente a la realidad más que como ruptura: quizás por eso la gente fracasa en el amor y declara fidelidad a esposas legítimas y amantes. De “espérame diez minutos” a “te averiguo” hay un tiempo que no cesa, de incertidumbre, de espera, de un imaginario de la paciencia al delirium tremens.

Me tocó lidiar con editores que jamás daban repuestas a algo que yo encomendaba gratuitamente, sea un texto o un libro. Con esto quiero decir que la palabra es una de las tantas de las devaluaciones de los 90 y nosotros los hijos selectos, propagadores, virólogos y, por añadidura, impacientes con justa razón, al punto del hartazgo cuando oímos una promesa. A medida que el tiempo pasó, me disolví en la pedagogía del que no espera, iracundo y sabiendo que iba convirtiéndome en el monstruo que soy. Una vez, una chica me aseguró que dormiríamos juntos a la vuelta de un viaje. Otra vez, me dijeron que me solventarían un alquiler (yo, en ese entonces vivía en un hospital). Avivado a que mi tiempo es querer y que en el tiempo me ritualizo, resigno mis facultades fácilmente a la pretensiones de la espera, sea un trámite o esperando fuera de la casa de un amigo. Soy una bruma enloquecida las veces que siento que espero. Una, dos, tres horas, una semana, un mes, o nunca; adentrarse en un océano de incertidumbre. Para mí, esperar es nunca/pasemos a otra cosa. Aunque parece yoico y un capricho autorreferencial, me refiero, si para unos tiempo es trabajo, retribución, para otros y para mí (que me psicoanalicé casi una década, que me psicoanalizo en la escritura y en la lectura; y no me jacto más que saberme en las cosas que no quiero) tiempo es deseo, complicidad, ripio de pasión, o sea: no vengas a irrumpirme en tu falsía de “aguantame”, “discúlpame”, “te dejé colgado”, “no pude”. Por otra parte, creo que la espera es nuestro síntoma de que tenemos esperanzas (claro, somos humanos y nada de lo humano no es ajeno) y por otro lado de déficit de paciencia por corrosión de la palabra.

Recuerdo que en mi estadía en el Hospital Posadas había una asistente social (los cadetes de la burocracia más inútiles que me crucé repetidas, incontables veces, como piedra en el zapato, llevando y trayendo papeles, recetas, expedientes) que me decía “el no ya lo tenés”, entonces yo, regenteado por el eslogan de la veda, tenía que insistir, mendigar, insistir-insistir alocadamente, golpear con el puño una y otra vez las puertas clausuradas, anotar la palabra “insistir” —si fuese necesario subrayarla, transcribirla—, memorizarla, alojarla en mi cerebro para obtener algo, una puerta abierta y quizás, tan solo quizás, una migaja de oportunidad, lo que sería en nuestra jerga dar lástima. —Acá hay un par de zapatillas, ¿qué número calzás?—. Jamás me había tocado vivir una situación en la que era “ahijado” de una asistente social que, desde el primer día y desde el minuto cero, desperdigó a medio hospital que yo “era el nuevo habitante”, con frasecitas de aliento: “nos va a acompañar”, “le gusta leer” y todos, administrativos y enfermeros, limpieza y mucamas, observándome reacios. Para colmo, me había precedido un hombre con retrasos mentales —según supe pasaba los días mirando televisión en la Guardia, lobotomizado por las novelas turcas— al que todos recordaban y adjetivaban de “bueno”, “cariñoso”, “obediente” y yo, como sucesor, tenía que propagar el humanismo del que se hace querer y obedece, de la bondad y el cabizbajo a las órdenes, en definitiva, del retrasado. La asistente era una de las mandamases —algo así como “Miss Social” del Posadas— con un peso de antigüedad que la hacía intocable y por ende con un cráneo que en vez de cerebro tenía un mejunje de telaraña y polvo. De modo que hacía y deshacía, abusaba atribuyéndose potestad inclusive de mi vida intima (el modo en que vivía o dejaba de vivir, el modo en que me vestía u olía) dependía de ella. Mi destino hubiese sido más fácil —o más venturoso— sin la presencia de ella. Mi destino nosocomial. Al principio, hablábamos, cada mañana me visitaba a mi cama metálica y yo cada día —viendo personas morir o a punto de morir, oliendo la pestilencia hospitalaria: sangre, mierda— amanecía con cara de espanto y horror, algo pálido y débil, y me preguntaba cómo estaba, qué leía, cómo había dormido. Nunca pude responderle que me dejase de joder y que era una vieja conchuda. Cuando comenzó a incordiarme, a taladrarme la cabeza como una polilla, empecé a sitiarla. —Necesito dónde vivir— le decía, con mi hondo espanto y en un tono desesperante. —Hay gente que no tiene para comer, hay una crisis bárbara— retrucaba (lo cual a la pronta a jubilarse mal pintarrajeada que me tenía de “ahijado”, le venía al dedillo, año 2016, pleno macrismo). Imagínense a una persona depresiva que cae en un hospital por días y que los días, eternos, empiezan a pasar una y otra vez, despaciosos pero veloces, hasta convertirse en una centuria.

Empezó a dejarme notitas arriba de la cama o pegadas con cinta sobre la puerta. “LLEVA LA BANDEJA A LA COCINA”, “ORDENÁ LA PIEZA”, “NECESITO FOTOCOPIA DNI”, todas escritas con mayúsculas. Vivir en una institución pública es peor —lejos de romantizar— que vivir en la calle. En la calle uno elige; en las instituciones públicas eligen por vos. De modo que empecé a sacarle provecho al victimismo (ellos me creían víctima, el caído en desgracia) e hice  lo posible para que mi madrina de el-no-ya-lo-tenés dejará de incordiarme. Cada vez que nos cruzábamos en el pasillo, yo actuaba del modo más loquísimo: perdía la mirada en el suelo o simulaba caminar con nerviosismo. De todos modos yo pasé al listado de paciente ambulatorio. Me desvinculé totalmente, enhorabuena. A medio hospital le conté que era una vieja insoportable y que me hacía la vida imposible. Las personas que profesan el “no ya lo tenés” son las que en realidad les importa un ápice tu situación y que habiendo posibilidades de ayuda, tampoco les importará. Menos que un ápice de importancia.

El otro día, en un texto de ciencia ficción —El día de los trífidos, de John Wyndham— leí: “no pasaba un solo segundo sin que alguien lo consultarse (se refiere al reloj) con respecto a los nacimientos, las muertes, las dosis, las comidas, las conversaciones, el trabajo, el sueño, el descanso, las visitas, la ropa, el lavado”. Muchos apostrofarán que en los hospitales el tiempo es veloz. Sin embargo, una tarde —a mí mi afectaba la franja de cuatro a ocho de la noche— puede durar un día entero, verdaderamente uno, en una tarde de hospital, aprende el arte de la impaciencia. La regularización horaria tensa el tiempo. Por eso de los más convalecientes hasta los menos, duermen o fingen dolores para que le suministren somníferos. Inducidos por la aletargada espera de que les den el alta o morir. Pues “esperar” me rabia, me afila los colmillos, me tensa el sistema nervioso. Soy capaz de berrear y empacarme como un niño. O peor, hacer descarga en  cable a tierra: proferir los peores adjetivos. No refiero a la negación de “espera” como sinónimo de “inmediatez”, sino como modo de “incumplimiento” o “falta de deber a la palabra”. Una vez un jugador de fútbol campeón mundial de 1986 nos prometió pelotas de fútbol (todavía recuerdo su sonrisa, los dientes blancos, bien cuidados) y la promesa efusiva que mostraba en sus gestos. No hay mejor frase para definir la espera que la de Dylan Thomas. “La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque, aún no ha tocado el suelo”. Pero a mí, como dice en otro de los versos “me han dicho que piense con latido”, y bajo ese latido, obro.

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