La búsqueda: hacia una intriga de pies ligeros

Rolando Pérez

En esta preclara reseña, el autor analiza la novela de Nelson Ferreyra. Su vínculo con el policial americano y el cuidado trabajo sobre la noción de peripecia.

Una de las propuestas que Italo Calvino había señalado para la literatura del próximo milenio era la velocidad. Creo que la nueva novela de Nelson Ferreyra podría ser un ejemplo de aquella virtud que reclamaba el italiano. En el ensayo de Calvino se habla, en principio de los objetos, hay una especie de vínculo entre la presencia de ciertos objetos y el ritmo que adquiere la narración. En definitiva, dice Calvino, dentro de una narración los objetos suelen ser todos mágicos.

En La Búsqueda, los objetos veloces, los objetos mágicos, no son otros que los personajes. La velocidad está en los desplazamientos del protagonista y su banda de amigos. Del mismo modo en que en la naturaleza, gracias a los descubrimientos de la física del siglo XX, el espacio no está ya separado del tiempo sino que forman juntos una dupla indiscernible, así también en la narración que construye el texto de esta novela veloz, espacio y tiempo se mueven juntos, y esa aceleración, esa especie de carrera en la que el aliento se contiene gracias a los cambios de suerte y a las sorpresas, se comparte, diríamos, se infunde, también en el lector. Nos sentimos más veloces, más livianos, leyendo.
Esta cualidad viene de lejos. Los cuentos de hadas, los del folklore, y los relatos de tradición oral suelen manejar una economía de recursos y un ritmo realmente asombrosos, mágicos en muchos sentidos. Esto fue un atributo que con el correr del tiempo se trasladó a las tramas policiales del hardboiled. Chandler, Hammett y el resto de los escritores del policial negro norteamericano se caracterizaron por la síntesis, por la economía descriptiva, en definitiva, por la velocidad.

Nelson Ferreyra se acopla en su nueva novela a esa honorable tradición con una soltura realmente estimulante. La sorpresa en las resoluciones, los cambios imprevistos de fortuna, todo justificado y medido, le dan a su narración una cualidad, una calidad, que pocas veces encontramos, como aquí, bien mezclada con el razonamiento, con la función intelectual del razonamiento. Por esto es que La Búsqueda es una novela tan atractiva, por la inteligente combinación de agilidad y de pensamiento. Hemos dicho razonamiento, no hay que entenderlo en sentido argumental. Ir a buscar una trama donde el argumento esté trabado en una serie de intrigas supuestamente intelectuales, razonadas, no es, después del famoso artículo de Raymond Chandler sobre el policial de intriga clásico, algo posible ni deseable.
La novela se inicia con un examen universitario, pero casi inmediatamente, asistimos a una especie de corrimiento que, dentro de las marcas de realidad comienza a mover la trama hacia una zona donde los desafíos, una mano de truco, una disputa política, una compra callejera, toman al protagonista de sorpresa para llevarlo hacia los bordes de la experiencia común, cotidiana. No hablamos de surrealismo ni del fantástico rioplatense. Es más bien un salto o conversión veloz, dentro de la marginalidad. La vida delictiva, que camina por el borde de la convencional, se instala de pronto y todo se transforma.

La Búsqueda, como novela de género, si bien tiene su centro estilístico en el policial negro, también acepta una mirada de formación. Se sabe y es larga historia, las experiencias que un joven puede recoger en la noche de una ciudad extraña y por momentos hostil, en grupos de pertenencia marginal, en correrías y desplazamientos, siempre marca una etapa de iniciación y, por lo tanto, un reacomodamiento personal que dibuja en el horizonte de relaciones toda una nueva categoría de amigos y enemigos, de vinculaciones de crecimiento y de peligro. El argumento no juega en esto más que como decorado, lo importante, en todo caso, son las respuestas del personaje frente a esas alineaciones de posibles.
Mas allá de este corto trazado de lectura, lo más destacable de La Búsqueda se juega en el campo de lo que viejos tratadistas teóricos, empezando por Aristóteles, llamaban, la peripecia. Hay una frescura, una clara intención de trabajar sobre la sorpresa y los giros imprevistos, y se hace bien. Por eso mismo, se agradecen desde el simple plano del lector. Un lector o lectora que puede festejar por la intriga de pies ligeros. No es poca cosa, ni la única, por la que nos regocijamos con esta nueva novela de Nelson Ferreyra. Enhorabuena.

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