El ocaso de la clase obrera

Por Mariano Dubin

Acaso sea una hipérbole este título para hablar de un sentimiento personal y de una experiencia muy localizada como es mi trabajo docente en la escuela industrial más importante de la ciudad. Ya hace quince años que trabajo ahí y cuando llegue a los veinte años prometo mis memorias docentes repitiendo el popular nombre de la zona precaria y abandona de la institución donde siempre estuve entre paredes mal pintadas, vidrios rotos y ausencia de sillas: 20 años en Siberia se llamará y ya no sé, en verdad, si con un dejo de ironía o no.

Centrémonos en los alumnos de la escuela, al menos aquellos que yo he conocido: son, sobre todo, jóvenes de las periferias de la ciudad. En gran parte, hijos de la histórica clase obrera argentina: trabajadores de YPF, del Astillero, del Puerto. Y también hijos de los múltiples oficios que se titulan en la escuela: mecánica, electricidad, albañilería, etc. Desde ya, es una escuela más heterogénea que este breve repaso que ejercito. No creo, sin embargo, faltar a la verdad. Al menos, en lo sustancial.

La escuela dio cuenta, durante muchos años e inclusive de modo residual en tiempos menos favorables, de un espíritu industrialista del país. Y, en ese contexto, un sentimiento popular, una experiencia proletaria, de buscar “progresar”. Pero voy a decir algo acá importante: progresar dentro de un imaginario de la «clase trabajadora». No del imaginario de una clase media hija de oficinas, comercios y profesiones.

Acá se esperaba lograr -de una vez y para siempre- el trabajo en una fábrica de la zona; estar en el sindicato y consecuentemente, obtener los derechos laborales y una comunidad de compañeros; tener vacaciones pagas, comprar un día la casa propia; y, en fin, una familia, hijos, un patio para matear el fin de semana. La nostalgia atávica de Martín Fierro luego de perder todo y ver su hogar convertido en una tapera.

Sumo otro dato a esta usina ideológica del industrialismo y de la identidad obrera local: en esta misma institución hace setenta años mi abuelo Abraham, obrero llano de YPF, egresó de la Universidad Obrera (que entonces compartía edificio): una de las genialidades proletarias del primer peronismo. Intelectuales, científicos y técnicos nacionales, industrialistas pensaron un país soberano, justo e independiente. En ese mundo sigo yo habitando aunque, evidentemente, no exista más. Todos sabemos que el corazón suele pecar de anacronismo.

¿Por qué, entonces, el anacronismo? Porque hace quince años, cuando comencé a trabajar en Siberia, el último edificio espectral de esta institución fantasmal, el sueño proletario que anteriormente describí era el mayoritario entre los jóvenes. Su sueño era terminar la escuela, seguir en la Universidad Tecnológica Nacional y lograr un empleo. Sobre todo, existía (aún sin haberlo vivido o haberlo hecho de modo incompleto o fugaz) el mundo obrero. Ya se sabía roto un lazo con el mundo del trabajo; las fábricas se habían reducido; gran parte de sus líneas estaban terciarizadas; y, sobre todo, los derechos de los trabajadores eran muchísimo menos que los antiguos.

Pero existía algo del “espíritu industrialista”. Simplemente, nombrar a Perón, Savio, Mosconi, YPF, Astilleros Río Santiago, el Puerto, era repetir una épica trunca pero viva del mundo obrero. Quince años después, eso que estaba trunco, es, posiblemente, inexistente. Mis alumnos hablan de “setenta años de peronismo”, de la “cantidad de impuestos que se pagan”, de la “necesidad de dolarizar”, etc. Nadie puede revivir una experiencia que no existe materialmente: muchos de estos jóvenes son trabajadores precarizados de las aplicaciones virtuales, viven en familias cada vez más atomizadas, en salarios de hambre que a fin de mes no alcanzan para el pan. Lo que hace quince años producía la emoción del país que fue, de la industria, del trabajo obrero, de la identidad proletaria hoy es el bitcoin, el «yo me salvo» y Millei.

No diría, nunca lo diría, que esos chicos están equivocados. No tengo esa supremacía moral y, mucho menos, certezas políticas (menos hoy en este país sin rumbo ideológico ninguno). Vivo aún en el módico anacronismo de pensar un país soberano, justo e independiente. No puedo culpar a los jóvenes que estas palabras hoy no signifiquen nada. Pensaría más, por qué, dejaron de producir una épica, un sentimiento, una experiencia. Tal vez, ni siquiera sea así y sólo sea mi sesgo; lo poco y mal que yo he visto y pensado estos últimos años en una pequeña aula, en un rincón abandonado, de lo que fue una de las usinas industrialistas de un país que fue y tal vez será.

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