César González: una poética de las orillas

Por Ezequiel González

Marx —que con Cristo deben ser de los mejores publicistas que pisaron esta tierra— un día escribió algo de un fantasma que paseaba por Europa. Ahora en el conurbano, aunque no lo creamos, apareció otro: el fantasma del neoliberalismo. 

Este fantasma ya comenzó a alojarse en las almas de provincia y pide capitalismo y muerte a los negros. Ya trabajaran los sociólogos del estado pensando esto y se pasearán por la TV diciendo cosas para que nada cambie realmente.

La cosa es que en esas sábanas blancas liberales secándose al sol, aparece este libro escrito por César González. Para el que no lo conoce, que no «googlee», te contamos: César es un autor todoterreno, es cineasta, poeta y ensayista, viene haciendo una obra con sentido desde la orilla. Podríamos ponerle el mote de «cineasta villero», que como los curas tienen características propias. Pero esa es otra etapa. Él intenta mostrar una poesía desde la villa como concepto. Este pibe es una anomalía, habla mejor que los nenes de papá que le pagan la facu. César se forma a un costado, autodidacta, preso y todo como estaba tiene un potencia demoledora su obra. Es real. Cuándo habla le crees. Y ahí está su tesis: no cuenta algo que no sabe. 

Estos textos aparecieron en la revista Sudestada y van en contra de las leyes universales de la clase alta y media: “que los maten a todos”, “pongan una bomba en las villas”,  y más elogios del exterminio. Es un libro de ideas, de ensayos con tono filosófico sobre el tema de la marginalidad. Sobre cómo se reflejan esas almas en los medios, en el cine y en las series. Como un Aikidoca devuelve la queja automática de los hipócritas.

En una época irracional donde solo se repiten cosas, que quién tiene un miedo lo multiplica, él devuelve los conceptos que son arrojados de la medianera platónica de gente bien formada y con papis ricos:

“El moralismo de derecha está lleno de científicos, pero si la alimentación determina la inteligencia ¿cómo se explica tanta ignorancia, barbarie y brutalidad en aquellos a los que nunca les faltó un plato de comida?”

César trabaja desde una caja de herramientas, donde sus dos mejores llaves no son la pico de loro y la llave francesa, aquellas herramientas con pretensión universal, sino: pensadores y cineastas como Deleuze y Ranciere o Godard y Fassbinder. Autores que trabajan lo menor y la multiplicidad, esquivando lo universales.

Hay un planteamiento de defensa, contra el todos son lo mismo, contra aquellos que acusan a las clases inferiores como culpables de este apocalipsis al cual nos estamos habituando. Donde nadie se hace cargo de nada, donde se le exige más al que está en la lona, y quien tiene dos duchas diarias y está calentito en su casa solo se dedica a ser juez del mundo sin ofrecer nada a nadie. 

César toma ideas e imágenes del cine y trabaja con ellas para explicar. De la película “Alemania en Otoño” de Fassbinder: “¿Si alguien hace algo malo, el estado debe responder con algo peor?”, César trae una escena donde Fassbinder le reprochar a su amante, por su postura de apoyar la pena de muerte sin ningún juicio ni garantías, que ese acto se asemeja al totalitarismo nazi y en eso años la mayoría eligió el silencio cómplice porque nadie quería discutir y así terminaron.

La imagen es una herramienta poderosísima, y en la época de lo frugal y Marikondo acomodando placares, nadie tiene tiempo de leer 20 tomos para explicar todos los dramas de la patria. Y sí así lo pudiera hacer, no puede resumirlo en 10 haikus o tweets para que alguien entienda con el tiempo que tiene seteado en atención. Así que el neoliberalismo te tira una imagen, como resumen de un problema y fin del debate. En vez de llorar, hay que aprender a usar la herramienta del enemigo. 

Alguien tiene que decir las cosas en la política del like. César reparte para todos lados, acá atiende a los jóvenes: “el punk es reemplazado  por una juventud inofensiva, ocupada en cambiar su estética, sonriente, que se enorgullece de ser apolítica. En un abrir y cerrar de ojos, la juventud que hizo temblar al mundo un rato; según Ringo Star, pasó a representarse bajo arquetipos inocuos” . 

Cuando trabaja la inseguridad, como concepto, dice que esto no se terminará nunca. Es una industria. Hay miles de puestos de trabajos qué dependen del malviviente: 

“el delincuente produce riqueza, tanto material como simbólica, si produce es más causa que consecuencia. El pibe chorro es la razón del salario de múltiples disciplinas, desde la policía, el abogado, el trabajador social, el psicólogo, los periodistas, los sistemas de alarmas etc.” 

En este libro no hay una defensa de la violencia o del choreo, sino que invita a seguir pensando para llegar a la acción. Porque los medios nunca van hablar del ladrón de guante blanco, del que acepta y da coimas, de políticos mentirosos y corruptos, eso parece ser aceptado y solo causa indignación y pedido de exterminio al pibe chorro.  

César sigue: “Si con una bomba en la villa soluciona todo. Pero si desaparecieran los villeros, desaparecen los albañiles, los jardineros, y muchas de las chicas que ayudan en casa”. Recomendadísimo. 

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