Hay una fusilada que vive

La vigencia de la teoría de los dos demonios y el régimen de posverdad habilitan la discusión sobre el negacionismo en los medios de comunicación.

Por Marcelo Ibarra

I. Condiciones

   El 9 de junio de 1956, los generales Tanco y Valle se sublevaron contra el gobierno de facto que había destituido a Juan Domingo Perón el 16 de septiembre de 1955. El levantamiento fue reprimido brutal e ilegalmente. Hubo muchos muertos, de los cuales sólo siete cayeron en acción. En los basurales de José León Suárez, un grupo de civiles fueron masacrados antes incluso de que fuera dictada la ley marcial. Unos pocos lograron escapar de la muerte, a duras penas.

   En el prólogo de Operación masacre, Rodolfo Walsh inaugura su obra maestra así: “La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez”. Meses después, en 1957, el periodista y escritor rionegrino emprendió la investigación de estos hechos, cuyos resultados publicó en forma de notas en el diario Mayoría y, poco después, como libro, con la novela mencionada que inauguraría el género de non-fiction, 9 años antes que Truman Capote.

   También en el prólogo, Walsh cuenta que “una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza”, un hombre le dice “hay un fusilado que vive”. La historia lo atrae, se entrevista con el sobreviviente Juan Carlos Livraga. “Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los opacos ojos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte”.

   Podría establecerse, de manera caprichosa, como hacen los historiadores, que ese día comenzó la violencia política. Pero enseguida surgiría una voz disidente que nos recordará los bombardeos a Plaza de Mayo, en junio de 1955, tres meses antes del derrocamiento que por estos días conmemoramos. Un hecho insólito por donde se lo mire, ni el ataque a Pearl Harbor ni las bombas a Hiroshima y Nagasaki tuvieron la particularidad de que el ataque haya sido perpetrado por sus propias fuerzas armadas. Todo bombardeo militar tuvo siempre el aliciente de ser llevado a cabo por una potencia extranjera al pueblo bombardeado. Incluso el bombardeo a la ciudad vasca de Guernica, inmortalizado por Pablo Picasso, fue ejecutado por aviadores nazis y fascistas de Alemania e Italia, lo que debería hacer dudar a la historiografía y a la pedagogía oficial a la hora de denominar ese conflicto como “Guerra civil española”. ¿En qué clase de lucha civil intervienen profesionales de armas de potencias extranjeras?

   Volvamos, pareciera que un rasgo de la violencia política es que es imposible establecer un “primer momento”, un punto inaugural. Si consideráramos como tal el asesinato de Manuel Dorrego habría que agregarle el de Mariano Moreno y, si seguimos esta lógica, llegaríamos a Tupac Amaru, pero antes que el inca debió haber otros miles de mártires y víctimas. Explica Walter Benjamin que la violencia “puede ser indagada solo como medio y no como fin”. Entonces, reformulemos: quizás deberíamos dejar de buscar causas y consecuencias, lo que nos lleva siempre a una divisoria de aguas tan propia del teorema de la “grieta” fogoneado por Clarín, y comenzar a analizar condiciones. En última instancia, los hechos y los discursos tienen condiciones para engendrarse.

   Juan Carlos Livraga sobrevivió. Alguien se lo informa a Walsh y ahí nace la historia, no antes, no el día de los fusilamientos, ni el día del derrocamiento a Perón, mucho menos el día de los bombardeos a Plaza de Mayo. En cualquier caso, estos antecedentes serán las condiciones para el nacimiento de Operación masacre. Sin esta gran novela, no hay denuncia a la violencia, no hay discusión por el sentido válido de la historia de las palabras, en suma, de la historia. Rojas y Aramburu hubieran dicho “Revolución Libertadora” y nadie hubiera sospechado. Es gracias a Walsh quien cree y confía cuando le dicen “hay un fusilado que vive”, que existe el concepto de “Revolución Fusiladora”, como finalmente pasó a la historia ese sangriento gobierno de facto.

II. Posverdad

   El jueves 1º de septiembre, Fernando Sabag Montiel le gatilló dos veces en la cara a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. En la señal de cable La Nación +, Alfredo Leucowicz (Leuco), Débora Plager y Jonatan Goldfarb (Viale) comentan el hecho. El hijo del periodista Mauro Viale intenta convencer a los demás que no pasó lo que pasó. “Yo lo vi. Fue un loquito que pasó, la insultó, pero nada más”. El video que le debemos mostrar a nuestros hijos cuando necesitemos explicarles el concepto de posverdad: no importa que haya grabaciones desde 20 ángulos mostrando el hecho, que se escuche el “click” del gatillo en la frente de la presidenta del Senado; no importa la realidad, importa el relato, la editorialización. “Negar todo”, decía cómicamente Fontanarrosa; “relativizar todo” reformulan trágicamente los medios de comunicación.

   Resulta llamativo que los presentadores de noticias, todos israelitas, se caractericen por negar y relativizar un atentado que se transmitió incluso en el canal de televisión donde ellos trabajan. ¿No es acaso la negación o relativización del genocidio judío a cargo de los nazis lo que se conoce como negacionismo? Pareciera que un pueblo que otrora fue esclavo de Egipto y víctima de los campos de concentración, se asume hoy verdugo de Palestina y estado satélite de Estados Unidos en la Franja de Gaza. Sus presentadores de noticias, en tanto, bajan una línea sospechosamente similar a la doctrina de la Embajada norteamericana para la periferia.

   Al igual que con “el fusilado que vive” de Walsh, aquí también hay condiciones: horas y horas de programación con excavadoras en la Patagonia, la televisación del alegato del fiscal y compañero de fútbol de Mauricio Macri, Diego Luciani, los juicios de valor de todos los periodistas sobre su alegato como “contundente” y a la altura del Juicio a las Juntas, la transmisión de cuatro señoras con cacerolas haciendo ruido en la puerta del edificio donde vive la ex mandataria son el caldo de cultivo del magnicidio fallido.

   ¿Cómo es que apareció reseteado el teléfono del magnicida en la investigación de Comodro Py sin consecuencias para la Policía Federal y sin recusación de la jueza y el fiscal? ¿Cómo es que empresarios vinculados al macrismo pueden financiar grupos terroristas sin ninguna consecuencia? ¿Por qué el alegato de Luciani se transmitió en cadena nacional y el de los abogados defensores no? La respuesta es, nuevamente, el concepto de posverdad. Importa poner un manto de sospecha sobre todo, dudar, relativizar. El hashtag #TodoArmado se impone y adoctrina a los autopercibidos “apolíticos”.

III. Dos demonios

   Negar el genocidio judío es delito en Francia, Alemania, Bélgica y Suiza. En Argentina, la política de los Derechos Humanos ha seguido un camino sinuoso, plagado de marchas y contramarchas a lo largo de 40 años. El Juicio a las Juntas durante el gobierno de Raúl Alfonsín significó una conquista inédita: los militares implicados en el terrorismo de Estado deberían comparecen en tribunales civiles, no castrenses, un logro que ni Chile ni Brasil ni España pueden vanagloriarse. A ese hito jurisprudencial le siguieron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final también durante el gobierno de Alfonsín y el tiro de gracia de los indultos durante el menemismo. Con la derogación de las dos leyes mencionadas durante el gobierno de Néstor Kirchner, se abrió un nuevo capítulo en materia de Derechos Humanos: Memoria, Verdad y Justicia pasó a ser una política de estado, llevar nuevamente al banquillo a los militares genocidas y a sus cómplices civiles no fue gratuito, como lo demuestra la desaparición de Jorge Julio López a cargo de un aparato de represión ilegal, a todas luces, no desactivado del todo.

   La lucha de la memoria, explica Elizabeth Jelin, no es en contra del olvido, sino de otras memorias: afirmar que hubo un terrorismo de Estado implica reconocer que todos los estamentos, poderes, jurisdicciones de la organización estatal estuvieron al servicio de sembrar terror a través del secuestro ilegal, la tortura y la desaparición forzada de ciudadanos. Sin embargo, esta perspectiva no es dominante ni hegemónica. La teoría de los dos demonios sigue vigente: siempre hay un “pero” con la guerrilla, Montoneros, la triple A, como si el 24 de marzo de 1976 la estructura de las organizaciones guerrilleras no hubiera estado totalmente desarticulada.

   En la actualidad, esa teoría de los dos demonios aparece con nuevos ropajes, a través del teorema “Corea del Medio”, cuyos principales expositores son María O’Donnell y José Natanson, para quienes “hay discursos de odio de los dos lados”, como si en el genocidio judío tuvieran culpas iguales los nazis y los seis millones de masacrados en las cámaras de gas, una especie de teoría de los dos demonios aplicada a un intento de magnicidio. Si seguimos el teorema Corea del Medio, tanto el Ku Klux Klan como los afroamericanos por ellos perseguidos serían responsables de la violencia.

   El teorema de O’Donnell y Natanson tendría validez si en las marchas de apoyo a Cristina Fernández de Kirchner se hubieran puesto bolsas mortuorias, guillotinas y horcas con la cabeza de un muñeco de Macri como sí hicieron en las marchas antikirchneristas con CFK. Sería impensado, hasta para el antikirchnerista más enardecido, pensar que un militante de la Cámpora pudiera ponerle un arma en la cabeza a Mauricio Macri, así sea una pistola de agua. Ese límite es infranqueable, sobre todo porque ningún dirigente peronista se animaría proponer formalmente dinamitar un ministerio, como sí hizo García Moritán, o arengar con un tuit “son ellos o nosotros”, como expresó el diputado macrista Ricardo López Murphy.

   Al contrario, el discurso de CFK siempre ha sido “el amor vence al odio”, aun en los momentos más altos de crispación de los ánimos. Quizás, sea momento de trasladar a la letra de la ley la lucha contra el negacionismo. De la misma manera que a partir de 1983 se estableció un pacto de “Nunca más” a las dictaduras, hoy resulta imperioso erradicar los discursos de intolerancia en legisladores y comunicadores.

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