Un San Martín de película

La puja por la figura del Libertador deviene en este lúcido análisis de los discursos historiográficos y biográficos que inocularon la pedagogía liberal a través de los años.

Por Adalberto F. Ghio*

I – El As de espada de Lugones y el Santo de la espada de Rojas

Tal vez porque en su testamento legó su espada a Juan Manuel de Rosas, en un texto juvenil (1926), Jorge Luis Borges dijo del general José Francisco de San Martín: “ya es un general de neblina para nosotros, con charreteras y entorchados de niebla”[1]. Este carácter borroso y distante de la figura del prócer no es más que el resultado de una operación por la cual el hombre clave de las guerras de la emancipación americana y de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata fue convertido en algo así como un espíritu tutelar de la Patria. Se ha escuchado repetir las consignas de un ejército que en distintos momentos se proclamó “sanmartiniano”, apelando a ese carácter “neblinoso” de la figura histórica a la que aludía el joven Borges.

La construcción de un héroe nacional es central para la creación de una historia oficial a partir del aparato del Estado. En la Argentina, ese héroe por excelencia es el Libertador José de San Martín y varios son los libros que se propusieron constituir y legitimar esa consagración. Así como se cuenta con abundante literatura historiográfica que ha retomado su figura de manera central, también lo ha hecho el cine, esa máquina de generar imaginarios para consumo de poblaciones ávidas de entretenimientos que caracterizaron el siglo XX, pero que se ofrecen, a la vez, como propuestas de pensar la historia pasada desde un presente, a cuyas incógnitas se pretende dar respuesta muchas veces apelando a los “orígenes”.

El proceso de consagración histórica de un héroe nacional ubica a San Martín en la cima del panteón de los próceres argentinos. Varios son los textos que han contribuido a esa construcción: los escritos iniciales de José María Gutiérrez y de Domingo Faustino Sarmiento habían comenzado a configurarlo como «padre de la Patria». Un momento decisivo es la aparición en 1887 de la Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana de Bartolomé Mitre. Se advierte en ella un predominio de la dimensión castrense de San Martín, en una versión escrita por un autor que se quería político, militar e historiador a la vez. Para Mitre, “[las] acciones [de San Martín] son más trascendentes que su genio y sus resultados más latos que sus previsiones. Es una fuerza histórica, que como las fuerzas de la naturaleza, obra por sí obedeciendo a un impulso fatal».

Ya por el Centenario, Carlos Salas publica su monumental Bibliografía del Gral. San Martín y de la Emancipación Americana[2], que repite eruditamente el modelo propuesto por Mitre. Paralelamente, el panteón escolar de los fundadores de la nación se deriva directamente de la concepción mitrista, en el que San Martín y Belgrano ocupan el lugar más alto. La imagen más difundida de San Martín por esos años se centraba en la genialidad militar, pero era reticente al considerar las aptitudes de tipo político o conceptual[3].

La obra que introduce una exaltación “hagiográfica” del héroe máximo es El santo de la espada de Ricardo Rojas. La publicación de El santo de la espada se produce en 1933, tres años después del golpe militar que derrocó el gobierno constitucional y popular de Hipólito Yrigoyen, con los auspicio de Leopoldo Lugones. David Viñas ha señalado las semejanzas en las “rebeldías literarias” de Rojas y Lugones en el centenario, pero también su contraposición en 1930:

«Lugones apuesta a la carta de la oligarquía reaparecida y más autoritaria con Uriburu […]; Rojas, que nunca había sido radical, se afilia después de la revolución, comprende la antihistoricidad del 6 de setiembre y soporta el confinamiento en Ushuaia»[4].

En efecto, Lugones había hecho un aporte fundante al posicionamiento militarista con su conocida alocución sobre “la hora de la espada”. En una publicación de 1930, justamente, Lugones había reproducido su “Discurso de Ayacucho” pronunciado en Lima, en 1924, con motivo de celebrarse el centenario de la batalla. Decía Lugones, entre otras cosas:

«Señores: Dejadme procurar que esta hora de emoción no sea inútil. Yo quiero arriesgar también algo que cuesta mucho decir en estos tiempos de paradoja libertaria y de fracasada, bien que audaz, ideología.

Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, […] implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque ésa es su consecuencia natural, hacia la demagogia y el socialismo.

En el conflicto de la autoridad con la ley, cada vez más frecuente, porque es un desenlace, el hombre de espada tiene que estar con aquélla. En esto consisten su deber y su sacrificio. El sistema constitucional del siglo XIX está caduco. El ejército es la última aristocracia, vale decir, la última posibilidad que nos resta entre la disolución demagógica. Sólo la virtud militar realiza en este momento histórico la vida superior que es belleza, esperanza y fuerza.

Habría traicionado, si no lo dijera así, el mandato de las espadas de Ayacucho. Puesto que este centenario, señores míos, celebra la guerra libertadora; la fundación de la patria por el triunfo; la imposición de nuestra voluntad por la fuerza de las armas; la muerte embellecida por aquel arrebato ya divino, que bajo la propia angustia final siente abrirse el alma a la gloria en la heroica desgarradura de un alarido de clarín»[5].

Más aún, en el Prefacio del libro, Lugones se atrevía a más:

«La Patria Argentina no es hija de la política, sino de la espada. Desde Suipacha a Caseros, desde Ituzaingó a Tuyutí, la guerra la creó, la constituyó, la aseguró y la fortificó en la senda de su destino. Es ella —¿y qué mejor cosa podría ser?— una expresión de triunfo. Baste recordar que los primeros sesenta años de su vida libre, vale decir la mitad, cuentan, inclusive la de la emancipación, cuatro guerras nacionales, todas felices. Quieran las espadas argentinas conservar eternos, como manda el canto inmortal, los laureles que así supieron ganarle». 

La ideología militarista y antiliberal del golpe de estado de 1930 enmarca también la publicación de la Historia del Libertador General Don José de San Martín, de José Otero y la creación del Instituto Nacional Sanmartiniano en el Círculo Militar, así como la instauración del 17 de agosto como fecha de homenaje al Libertador. En un clima crecientemente militarista y a la vez antipolítico, se había ido imponiendo en algunos grupos la imagen del profesionalismo de un San Martín que supo evitar el “mal” de la política, impidiendo así su efecto perjudicial y anárquico. Otero ofrece la figura de un héroe moral y épico a la vez, desinteresado políticamente, genial como militar, obediente y disciplinado pero capaz de asumir la jefatura política en momentos críticos de incapacidad de quienes debieran hacerlo, como en 1815 [6] [7].

Es a este “militarismo militante” a lo que Rojas opone un San Martín que es reflejo de una concepción más amplia y abarcadora de la nacionalidad. Esa verdadera canonización histórica que realiza resulta de la formulación de una versión que suma en la figura de San Martín los valores del hispanismo, la tradición indígena y el imaginario de lo gauchesco, superando así un modelo de heroísmo predominantemente castrense. Rojas señala que a la figura del guerrero deben sumarse otras imágenes, ya que la dimensión puramente militar resulta insuficiente:

«La abdicación de San Martín es un acto de santidad laica tan sin precedentes en la historia, que se le buscan explicaciones complicadas o subalternas porque su sencilla grandeza excede las medidas usuales del heroísmo militar» [8].

El héroe indiscutido, el mismo que la derecha posiciona en el militarismo nacionalista y la izquierda ve como revolucionario enrolado en el anticolonialismo, es presentado por Rojas como un asceta laico [9], que incluso supo mantener una posición equilibrada ante el rosismo. Rojas apunta:

«Él no había querido en 1812 usar su sable para conquistar el poder, ni había querido mancharlo en sangre americana en 1819, ni había querido luchar personalmente con Bolívar en 1822, ni había querido aceptar la dictadura argentina en 1829. Si todos los hombres de espada hubieran seguido su ejemplo, otra habría sido la suerte de nuestras democracias. Nadie siguió su ejemplo, nadie escuchó sus profecías y enseñanzas, como si un hado fatal arrastrara estos pueblos a la tragedia» [10].

Se dibuja, así, una característica fundamental: “El alma de este héroe poseía temple de santidad civil y en eso se diferenciaba de los otros héroes militares”[11]. Dando fundamento a su decisión de llamarlo “el santo de la Espada”, Rojas separa a San Martín de los héroes homéricos, modelo que habrían seguido otros guerreros desde Alejando y César, hasta Napoleón y Bolívar, para ponerlo en otro lugar:

«San Martín es un asceta con misión de caridad, y pertenece a la progenie de los Santos armados, prototipos de lo que en la gesta medieval fueron Lohengrin y Parsifal, caballeros a lo divino, verdaderos “protectores”, cuyo misticismo épico no se había realizado plenamente en la historia antes del caso sanmartiniano; pero que tiene precedentes castizos en el Rey Pelayo, el Cid Campeador de la historia, o en el Amadís y el Quijote de la leyenda literaria» [12]

Más adelante señala que aunque San Martín no fuese masón, “hay una vislumbre de los templarios en su obra militar y de los rosacruces en su conducta privada” [73]. Y al establecer el contraste entre San Martín y Bolívar, en el relato del encuentro de Guayaquil, reitera la diferencia que separa a ambos:

«El uno es un César que prologa en América la estirpe de los conquistadores europeos, desde Alejando hasta Napoleón, guerreros de filiación homérica; el otro es un abnegado misionero, sin predecesores en la historia, que crea el molde de un nuevo heroísmo, dando en él su personificación más genuina al genio civil de la revolución americana. Si algunos predecesores pudiéramos atribuir a San Martín, ellos pertenecen al linaje de los santos armados para cumplimiento de una misión». [13]

Finalmente, afirma: “Sobre él gravita un mandato moral; por eso su figura de héroe militar se proyecta en una silueta de héroe civil”[14].

Ahora bien, esta construcción de la figura del héroe nacional no parece estar desprendida del contexto histórico en que se lleva a cabo ni de una finalidad política. Al explicar cierta demora en la publicación del libro, Rojas no deja de mencionar: “Es evidente que el estado actual de la República torna más oportunas las sugestiones morales que de sus páginas se desprenden”[15].

Según Eduardo Hourcade [16], la obra de Rojas constituye una respuesta opositora a la imagen que se intentaba imponer desde el poder del Estado y, en consecuencia, la difusión del retrato sanmartiniano de Rojas a través del aparato escolar entrañaba una paradoja, ya que no era esa la figura de San Martín que se quería divulgar. Frente a una lógica de militarización de la vida política y de exclusión de la participación popular, el libro de Rojas “intentó ser una respuesta que, admitiendo el sanmartinismo, lo revestía, a un tiempo, de vestimentas míticas que sostenían su ‘santidad’, pero también un espíritu ciudadano y democrático”[17].

Rojas plantea, como lo hemos escuchado después tantas veces repetido, que es necesario “bajar del bronce” a San Martín, pero no para hacer de su figura la de un hombre común, de “carne y hueso”, hasta se diría “vulgar”. Esta pretensión debe alertar de quienes aspiran a desentronizar a los héroes para postular que nada hay de superior en los ideales de aquellos que supieron concebir la Patria como algo más que buenos negocios para sí y sus allegados. Se trata, antes bien, de no dejar al prócer en manos de oportunistas y aventureros que, todavía hoy, se atreven a suponer su propia mediocridad en hombres de honor, proyectando en aquellos las angustias y los temores propios ante un rey extranjero. Por el contrario, Rojas pretende arrebatarles la figura de San Martín a los golpistas dispuestos a conculcar la soberanía popular mediante el uso de la espada, como lo había patrocinado Lugones:

«Es necesario despojar a San Martín de todas sus vestiduras ocasionales, y hasta de la carne mortal de su cuerpo tanto como del bronce momificado de sus monumentos, para rasgar todos los velos que cubren su espíritu. […] José de San Martín —el Santo de la Espada— es una singular figura de trascendencia ecuménica.[18]

Como se ve, nada más alejado de Rojas que hacer de San Martín un hombre equiparable a un tendero o a un empresario porteño, de entonces o del presente.

Aunque no se trata de adoptar la elaboración histórico-literaria de Rojas como la imagen del “verdadero” San Martín, su operación resulta de interés para evaluar ciertas consignas que se repiten en los actos protocolares acerca de revisar la historia oficial y humanizar los próceres (aunque luego se repitan los lugares comunes habituales). En primer lugar, se impone la cuestión de cuál sería esa “otra historia”, quiénes estarían en condiciones de escribirla y qué tratamiento deberían recibir los hombres y las mujeres que intervinieron en ella. Por el momento, nada se nos ocurre más que el estudio detenido de la bibliografía a la luz de las actuales teorías que nos ofrecen la Lingüística, el Análisis del Discurso y la Semiótica entre otras disciplinas, sin retacearle su derecho propio a la Historiografía.

Lomas de Zamora, agosto de 2022.

* Profesor en Letras y Magíster en Análisis del Discurso por la Universidad de Buenos Aires; Jefe del Departamento de Lengua y Literatura del ISFDyT 35 de la Provincia de Buenos Aires y ex profesor adjunto de Lingüística y Elementos de Semiología de la UNLZ.


Notas

[1] Borges, Jorge Luis, El tamaño de mi esperanza, Buenos Aires, Seix Barral, 1993, p. 13.

[2] Salas, Carlos I., Bibliografía del Gral. San Martín y de la Emancipación Americana. Buenos Aires: 1910.

[3] Hourcade, Eduardo, “Ricardo Roja hagiógrafo”, en Estudios Sociales, no. 15, 1998, p. 75.

[4] Viñas, David, Literatura argentina y política: II. De Lugones a Walsh. Buenos Aires, Santiago Arcos, 2005, p. 37.

[5] Lugones, Leopoldo, La patria fuerte, Buenos Aires, Círculo Militar, 1930.

[6] Hourcade, Eduardo, “Ricardo Roja hagiógrafo”, en Estudios Sociales, no. 15, 1998, p. 78.

[7] Vicente F. López había ya señalado en su Historia: “En este período de renovación, como hemos de ver, fue en el que el partido unitario formuló sus cargos y sus justas ofensas contra el indebido abandono en que el General San Martin había dejado al Gobierno nacional y legítimo de quien dependía. Este rompimiento y la conciencia de la culpa (que muchas veces indispone más que la ofensa infundada) fue la única y la verdadera causa de que el ilustre guerrero se mostrara simpático al tirano Juan Manuel Rosas: no porque aprobara los medios atroces de su gobierno, sino porque veía destronado y humillado al partido que le atestiguaba —“su deserción y su ingratitud! (tomo 9, p. 6, n. 1). En su Manual, López señala: “El ejército de los Andes, de acuerdo con los juramentos de la Logia Lautaro no había tenido ni tenía más misión, según él [San Martín], que la de ir a sellar en Lima la Independencia del continente Sudamericano: no podía ni debía entrar en cuestiones de partidos políticos y locales” (Lección xxxii, 12, p. 573); pero al mismo tiempo objeta que esa prescindencia no se había respetado con respecto a las cuestiones políticas internas en Chile. Más adelante agrega, refiriéndose a la reacción de San Martín al conocer la renuncia de Pueyrredón: “la prueba de la tormenta moral que envolvía su espíritu, es que no tuvo una palabra de simpatía, una demostración de afecto para con su amigo el Ex-Director: que no le escribió una carta” (Lección xxxiii, 3, p. 578).

[8] Rojas, Ricardo, El santo de la espada, Buenos Aires, Losada, 1940; p. 311.

[9] “Ricardo Rojas redefinió al personaje, invistiéndolo de una valor moral inalcanzable en El santo de la espada” (Maranghello y Paladino.

[10] Rojas, R., op. cit., p. 422.

[11] Rojas, R., op. cit., p. 326.

[12] Rojas, R., op. cit., p. 10.

[13] Rojas, R., op. cit., p. 305.

[14] Rojas, R., op. cit., p. 522

[15] Rojas, R., op. cit., p. 12.

[16] Hourcade, Eduardo, “Ricardo Roja hagiógrafo”, en Estudios Sociales, no. 15, 1998, p. 81-2.

[17] Hourcade, E. op. cit., p. 87.

[18] Rojas, R., op. cit., p. 12.

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