Los espacios y los libros

Mezcla de crónica callejera y reseña, la pulsión que transmite el texto es la importancia de la memoria, los lugares y los libros. Precisamente, un vínculo puesto en jaque por la pandemia.

Por Rolando Pérez

Foto: Puesto 26 Parque Rivadavia

   Dice Lin Yutang que la mejor descripción del placer de la lectura se encuentra en un pasaje del libro de la poetisa Li Ch’ingchao. Según Yutang, ella es la mejor poeta china hasta la fecha. Vivió en el siglo XI y su libro se llama Postdata de Chinshihlu. Ella y su marido, cuenta en este libro, solían ir al templo donde se vendían libros de segunda mano y copias de inscripciones en piedra el día que él recibía su sueldo de estudiante en la Academia Imperial. Compraban fruta, compraban té y compraban libros de segunda mano. Y una vez en casa, disponían todo para tomar el té mientras examinaban los libros y se asombraban con las transcripciones antiguas. A veces solían jugar un juego de memoria antes de beber. Sentados en las esterillas uno de ellos señalaba un libro y le preguntaba al otro en qué línea de cuál página de tal obra se encontraba un pasaje memorable. El que adivinaba tenía derecho a beber primero la infusión sagrada. Éramos pobres, termina diciendo la poeta, pero nunca más en la vida viví una felicidad semejante.

   Éramos pobres también (más que ahora, quiero decir) cuando yo asistía a la facultad de la calle Puán, y también, los sábados por la tarde solíamos ir con María al parque Rivadavia. Nos bajábamos del 132 sobre Rosario, nos dábamos un beso de despedida y entrábamos cada uno por un pasillo distinto de la feria dispuestos a perdernos entre la gente, a disfrutar de la luz y los colores abigarrados en las mesas y estantes que conformaban las revistas, los discos y los libros, y a detenernos, solamente, en los cajones de oferta. Sólo esos cajones y sólo en los puestos conocidos.

   Las mejores tardes para realizar esa salida eran las del otoño, porque el aire apenas frío despierta los sentidos y afila la mente como un cuchillo. Uno está en mejor disposición para encontrar esa gema que nadie más ha podido ver y, conteniendo la emoción delante del puestero para que no nos suba el precio del libro alegando que estaba mal ubicado, irnos con un semblante sereno para no despertar sospechas. Un rato más tarde, y al otro lado de la feria que da a la avenida Rivadavia, iba al encuentro de María con una sonrisa incontenible para mostrarle, orgulloso, un Simón, un Mann, un Carpentier, o un raro volumen de la editorial Gredos, que hasta esa tarde sólo era posible leer en la biblioteca de la facultad. Algunas veces, a la vuelta, nos bajábamos un par de paradas antes, y caminábamos hasta La Rosa, una panadería que, aunque sigue todavía en pie ya no tiene aquellas medialunas de manteca enormes a las que rociaban con un poco de azúcar impalpable sobre el caramelo del lomo. Eran las mejores para mojar en las tazas anchas de café con leche y azúcar que nos haríamos en casa antes de sentarnos en los almohadones verdes a disfrutar de una lectura justo al lado de la cocina cuyas hornallas dejábamos encendidas para calentar el ambiente.

   Como la poeta china de Lin Yutang, no he vivido mejores tardes en toda mi vida que aquellas en que volvíamos los dos de rebuscar libros de oferta en la feria de Parque Rivadavia. La consciencia reside, dice Bachelard, con lo que, supongo, quiere dejar en claro que el ser no puede concebirse más que en los densos límites de los espacios habitados. No hay más memoria que la memoria del espacio, es decir, todo lo que nos espera en el futuro recodo de la nostalgia, de la posible felicidad vivida por la nostalgia, indefectiblemente, tiene un lugar. Para mí hoy, en que tengo un enorme pasado por delante, ese lugar se vuelve, cada día más, un espacio de libros y de música. Porque gracias a la última crisis económica que vivimos durante el gobierno de Macri, y a la pandemia desatada el verano anterior, casi no puedo comprar libros en espacios conocidos y recordados y visitados con felicidad. La librería de la Luces, que estaba sobre Avenida de Mayo, a pocos metros de Perú, donde compré entre muchos otros tesoros, los once tomos de la Historia de Cantú, los siete de Proust en la edición encuadernada por CS para Santiago Rueda, o aquella antología crítica fascinante que hizo en los años sesenta Rodolfo Ragucci para la Editorial Don Bosco, ya no existe.

   El Gaucho, un reducto de techo bajo, con los pasillos repletos de libros hasta debajo de las estanterías de metal, al que llegaba caminando desde la estación Caballito, y en la que atendía Eduardo, un antiguo crítico de teatro y cine, hoy está convertida en una casa de vinos. El Gaucho era fascinante porque para aprovechar realmente la visita había que ir armado de paciencia, de una ropa acorde, como jeans medio sucios o gastados y de algunos trapos, en lo posible humedecidos previamente, para limpiar los lomos de los libros antes de inspeccionarlos. La limpieza no era uno de los encantos de la librería el Gaucho de Caballito. En compensación, te dejaban comer polvo de libros todo el tiempo que fuera necesario sin molestarte ni mirarte con apuro para que decidieras tu compra y le dejaras espacio a otros buscadores. Mas de una vez me llevé por delante a otro habitué que estaba sentado en mitad de un pasillo, encastillado de tomos y medio tapado por las sombras de las pocas lamparitas que funcionaban. Otra librería, más pequeña, cuya vidriera algo triste y también mal iluminada, se encontraba a pocos metros de Montevideo esquina Bartolomé Mitré, hace tiempo que se retiró a las zonas algo inestables de mi memoria. Recuerdo, sin embargo, a la mujer que atendía. La recuerdo sentada en un escritorio del fondo, con el cabello peinado a lo Farra Fawcett sobre una mirada fría, de profesora de latín, y que, indefectiblemente, a cualquier hora del día o de la tarde en que me dejara pasar para revolver las mesas y los estantes, estaba escuchando una estación de radio clásica que nunca sintonizaba del todo. En cada una de ellas pasé horas, leyendo, con la cabeza torcida y acomodándome los lentes a cada rato, miles de títulos de todo tipo de géneros: poesía, teatro, novela, filosofía, historia. Leí índices, leí resúmenes y paratextos, como llaman a las contratapas y las solapas los puaners de gruesos anteojos; leí todos los comienzos de todos los libros que compré; todos los pies de todas las fotos de aquellos que las traían en separado, como la mayoría de las biografías y ensayos de política, pero también de las que venían diseminadas dentro del cuerpo de libro, como sucede en Vértigo, o Los Anillos de Saturno, dos de las mejores novelas de W. G. Sebald.

   Dicen que Hecateo de Abdera, un historiador griego que acompañó a Ptolomeo I en su expedición por el Nilo hasta la ciudad de Tebas, unos ochocientos kilómetros al sur de Alejandría, encontró allí, dentro del templo de Amón, una de las más antiguas bibliotecas egipcias cuya entrada tenía esculpida en piedra la leyenda: “Lugar para el cuidado del alma”. No puedo estar más de acuerdo con los sacerdotes de Amón. Todos los espacios de los que vengo hablando sumados a Brujas, que estaba sobre Rodríguez Peña hasta el verano pasado, y cuyo cierre a medias me afectó tanto que casi no puedo hablar de ella, fueron espacios para el cuidado de mi alma, si es que existe eso y yo tengo una.

Fuente: Diario La prensa

   Los libros continúan vendiéndose y tal vez a un ritmo mayor que en el pasado reciente. Mercado Libre es testigo de ese hecho de la realidad. Pero comprar libros en Mercado Libre no es más que pasar con la vista por encima de portadas y precios. No se hace nada con el cuerpo más que mover el dedo encargado de la barra deslizante, no es posible saber cuánto pesa el volumen que elegimos, y si será posible llevarlo en el bolsillo de la campera o si las hojas, que adivinamos recién pegadas con una liviana capa de plasticola, están a punto de salirse y perderse. Es una búsqueda particular en la mayoría de los casos y orientada por el ánimo de ahorro que hacemos sentados en cualquier sitio, quiero decir, en espacios sin marcas especiales, sin carácter y que, por lo tanto, no dejarán memoria ninguna de esa aventura que es encontrar un libro. Para entender cuán importante es un espacio hay que pensar en nuestra casa. Quizá no en la que vivimos ahora, en la que vos estás leyendo este artículo y yo escribiéndolo, no. Hay que llevar nuestra mente a la casa con la que soñamos. Esa es la verdadera casa. Cuando yo era chico vivía en una que se levantaba justo en la esquina de Miranda y Lagrange, en el barrio de Villa Luro. La había construido en parte mi abuelo. Ahí nació mi madre y ahí nací yo y de ahí nos fuimos más o menos para cuando el ministro de Economía de Alfonsín cambió el nombre de nuestra moneda, que siempre se llamó Peso por otro con mayor orientación espacial, pero con menos fortuna económica. La llamó Austral. Mi casa de Villa Luro no era un espacio ideal. No tenía cloacas. Y el pozo ciego se había derruido, con lo cual ir al baño era una aventura inquietante. La pieza y la cocina tenían tantas goteras que los días de lluvia nos faltaban ollas para contener el agua, y muchos de los vidrios de la puerta del patio los tapábamos con papel de diario para que no pasara el viento helado del invierno. La cocina donde se preparaba la comida era de las que llaman económica. Funcionaba, originalmente, con leña, pero le habían adaptado un pico para poder utilizarla con garrafas. Si bien era amplia y con los techos altísimos, nuestra pieza debía contener el sueño de todos nosotros. No había otra. Por lo que las obligaciones naturales que demanda la energía adolescente eran difíciles de administrar. Lo cierto es que nada era ideal en la casa de Villa Luro, sin embargo, abandonarla fue algo de lo que aún hoy no me recupero. He vivido luego en lugares más confortables, más seguros, más lujosos incluso. Pero desde el día en que nos fuimos, cada vez que sueño que estoy en casa, independientemente de las características con que mi inconsciente la forme, desde una vivienda real con todo lo que suelen llevar dentro, hasta una simple caja en la que me meto para sentirme seguro, esa casa, no es otra más que la casa de Villa Luro.

   Y esto mismo es para mí la prueba de que un espacio de vida, un sitio donde se han establecido los afectos a través de la experiencia sensible, suele perder materialidad con el correr del tiempo, cada vez más y más hasta que termina por convertirse en un lugar del alma, un espacio adonde nos vamos para cuidar, es decir, sanar la nuestra. Pronto, lo sé, miles de lectores vamos a empezar a soñar que compramos libros, que entramos en un sitio mal iluminado, lleno de estanterías donde se acumula el polvo, donde la música proviene de una radio mal estacionada, donde hay otros compradores a los que reconocemos sin saber sus nombres, y donde los libros que tomamos en nuestras manos cuentan la historia de una ciudad fantástica, posiblemente perdida, pero llena de librerías con nombres extraños y al mismo tiempo familiares: El Gaucho, De las luces, El túnel, Brujas.  

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