Lejanías

Mezcla de crónica de non-fiction y narración apocalíptica, el relato es una de las pocas obras que tematizan el bombardeo a Plaza de Mayo de junio de 1955. Bombardeo que «hirió de muerte» al gobierno peronista, según el autor.

Miguel Bonasso*

Buenos Aires, junio de 1955

   Aquel 16 de junio pudo haber sido un día de invierno como tantos, de no haber mediado algunas circunstancias especiales que lo convirtieron durante algo más de seis horas en una versión circunscripta y criolla del Apocalipsis.

   El señor Dri había viajado desde Chajarí, el pueblo donde se había establecido con su familia, a la Capital, para hacer unos trámites en la Secretaría de Hacienda. Era una sombra más entre miles de argentinos anónimos que deambulaban aquel mediodía por ese cuadrilátero del poder que se llama Plaza de Mayo.

   Bastante molesto por los ajetreos de Buenos Aires, deseaba regresar cuanto antes al módico pueblo entrerriano que sólo por exageración sus habitantes consideraban ciudad. No era como R., el viajante, que aprovechaba esas escapadas urbanas para irse de putas con los amigotes porteños. La pieza del hotel solía deprimirlo con sus roperos de luna gastada y las viejas maderas descascaradas que parecían resumir y concentrar la angustia de todos los pasajeros que lo habían precedido. Nunca acertaba tampoco con el lugar justo para comer; siempre naufragaba en algún bodegón del Bajo donde le echaban una mala buseca integrada con restos de otros platos. Acostumbraba poner el diario en la mesa para tapar la soledad.

   Esos días el diario no le había sido muy propicio para la buena digestión. Las noticias eran inquietantes: el conflicto entre Perón y la Iglesia había llegado a un punto extremo. Cuatro días antes, durante la manifestación de Corpus Christi, se habían producido violentos enfrentamientos entre los manifestantes y la policía. Dos curas habían sido expulsados del país y el gobierno reprochaba a la oposición la quema de una bandera argentina en el Congreso.

   El señor Dri vivía una contradicción, dada su doble condición de católico y peronista. Había sido de los que apoyaron sin reservas el idilio inicial entre la Iglesia y el peronismo y ahora asistía con pena y desconcierto al divorcio que cada vez se tornaba más violento.

   “No —solía decirse—, la cosa no camina. El gobierno está lleno de vivos y alcahuetes que sólo buscan llenarse de oro”. Como mucha otra gente, pensaba que Perón había hecho un gran primer gobierno pero la estaba pifiando en el segundo. Intuía que la muerte de Evita había sido una gran pérdida, no solamente por “todo lo que había hecho por los pobres”, sino porque era una vigorosa personalidad que mantenía a raya a los oportunistas, impidiendo que el gobierno popular se empezara a pudrir como el pescado, por la cabeza. Para colmo habían concluido los grandes años de bonanza que siguieron al fin de la guerra y la Argentina tuvo que comenzar a ajustarse el cinturón y comer pan negro.

   Aunque nada de esto iba pensando aquel mediodía, mientras atravesaba en diagonal la Plaza por los senderos de grava. Había cruzado desde la acera de la Catedral rumbo a la mole de edificios que integraban el Banco Hipotecario y la Secretaría de Hacienda. Miró distraído las consabidas palomas que ilustraban todos los libros escolares y a las que se exhibía como símbolo de civismo, pese a sus inveterados hábitos defecatorios que no respetaban ni a la Pirámide de Mayo ni a los pacíficos ciudadanos que deambulaban por la Plaza, ni a la mismísima Casa Rosada, emblema y recinto del poder presidencial. Ignoraba que otra clase de pájaros iban a surcar ese mismo día de 1955 el cielo de la Capital.

   Se acercó un momento a la fuente donde diez años atrás los descamisados se habían lavado las patas, provocando el escándalo de los literatos pulcros y las señoras gordas. “Tal vez no lo encuentre y tenga que volver mañana” se dijo, mientras miraba de refilón a un viejito sentado en uno de los bancos dándole de comer a una bandada de palomas.

   Cruzó Hipólito Yrigoyen con el embarazo típico del pajuerano aturdido por los despiadados colectivos y los autos empeñados en meter la trompa. Atravesó luego el amplio hall de la Secretaría donde se respiraba la solemnidad oficinesca tan grata a los porteños, se metió en uno de los ascensores y, por fin, desembocó en la oficina del señor P.

   Se anunció con timidez a la secretaria, una petisa pizpireta que lo miraba sobradora, y por uno de esos milagros que era vez prodiga la burocracia, se vio de pronto cara a cara con el señor P.

   Mientras se acomodaba el pantalón del traje, oyó el ruido de los aviones y prácticamente no lo registró en la conciencia. Tampoco le prestaron mayor atención los miles de ciudadanos que trajinaban por el centro de Buenos Aires.

   Cuando el trepidar de los motores se hizo excesivo, innecesariamente próximo, el señor P. interrumpió la perorata acerca de las condiciones de la adjudicación del lote y dirigió su mirada al gran ventanal que tenía a espaldas de su escritorio.

   —Debe ser el homenaje a San Martín —acotó distraído en tanto retornaba con severa unción a la cuestión de las cláusulas contractuales.

   Estaba leyendo pausadamente el inciso b de la cláusula tercera cuando ocurrió lo inverosímil: una gigantesca explosión conmovió hasta los cimientos el edificio. El señor Dri leyó su propio miedo en el rostro estupefacto del señor P.

   No relacionó esa explosión con el ruido de los aviones ni siquiera cuando se produjo, mucho más cerca, la segunda deflagración, que destrozó los cristales del ventanal e hizo poner al señor P. en cuatro patas bajo el escritorio.

   —Pero qué… —exclamó el señor Dri, sintiendo que temblaba el piso bajo sus pies—. Es una caldera —pensó en voz alta, tratando de hallar una explicación racional.

   —¡Qué caldera ni caldera! —chilló desde su escondite el señor P. — ¡Son bombas! ¡Agáchese que son bombas!

   El señor Dri no sabía qué hacer. Seguía sentado en la silla sin entender para qué debía agacharse, cuando las explosiones se multiplicaron y en las breves pausas entre cada estruendo comenzó a distinguirse con nitidez el tableteo de las ametralladoras. Una bala fue a alojarse en la pared y el señor Dri comprendió que el señor P. no era tan ridículo como le pareció al comienzo.

   Cuerpo a tierra sobre la polvorienta alfombra, ambos hombres aguardaban que se detuviera de una maldita vez ese diluvio de bombas y metralla que parecía eterno.

   —¡No puede ser posible, no puede ser posible…! —gritaba en la estancia contigua la secretaria, que había dejado de ser pizpireta.

   Y súbitamente, a las explosiones, a los gritos, sucedió un silencio pesado. Entonces advirtieron que no sólo se había cortado la luz artificial sino que la propia calle estaba sumida en una oscuridad insensata. Gruesas columnas de humo negro se alzaban en la Plaza.

   Lentamente, y como si se hubieran puesto de acuerdo, ambos se fueron incorporando y finalmente se asomaron al ventanal destrozado.

   Era difícil distinguir algo en medio de aquella densa humareda, rasgada a intervalos por algunas llamaradas. Apenas el perfil de alguien que corría, el escorzo de un trolley detenido. Formas vagas, imprecisas, en lo que antes había sido la realidad cotidiana de la plaza mayor al mediodía.

   El silencio se interrumpía cada tanto con gritos de indignación, de dolor, de miedo, de sorpresa, de solidaridad.

   —¿Cuánta gente habrá…? —volvió a pensar en voz alta el señor Dri y no se atrevió a completar la frase.

   A su lado el señor P. acababa de tomarle enérgicamente un brazo. Movido por un instinto certero, se dirigió con apremio a su visitante:

   —Van a volver. Me juego la cabeza que van a volver. Vámonos de aquí inmediatamente.

   El señor Dri se dejó conducir dócilmente hacia la puerta donde la secretaria llorosa miraba fijamente a su jefe como solicitándole una clave para el incomprensible descalabro.

   A una indicación del señor P., que había recuperado momentáneamente su aire grave y autoritario, se encaminaron presurosamente hacia la salida. Pronto comprobaron que no funcionaban los ascensores y que algunos infelices que habían quedado encerrados gritaban desesperados para que alguien los sacase. El pánico había borrado las escalas jerárquicas t gerentes, secretarias, horteras y ordenanzas corrían sin sentido de un lado para el otro. Algunos con más iniciativa daban órdenes que nadie cumplía. Todo eran tropiezos y maldiciones en la oscuridad. De la barahúnda surgió una voz áspera, aguardentosa, que el señor Dri separó claramente del barullo general.

   —¡Hijos de puta! —gritó la voz—. ¡Lo quieren matar al General!

   El señor Dri se detuvo como para preguntar algo, mientras el señor P. y la secretaria, que se habían olvidado de él, corrían escaleras abajo buscando refugio en los sótanos.

   “Lo quieren matar a Perón”, se repitió mientras bajaba lentamente las escaleras como un autómata. Y esa revelación le produjo un súbito vacío en el estómago.

   —Se levantó la “contra” —explicó una empleada a otra.

   El señor Dri llegó a los enormes portales de la Secretaría precisamente cuando estaban por cerrarlos y sin saber por qué, salió a la calle. Alguien a sus espaldas le gritaba que permaneciese dentro del edificio. Caminó varios metros oyendo las primeras sirenas y, al llegar a otro portal, se sobresaltó al tropezar con un bulto que yacía a sus pies. Dio un brinco para atrás y lanzó un grito al descubrir el cadáver destrozado de un muchacho. Durante un instante observó con extraña fascinación al muerto, que parecía extender la mano hacia unos papeles que se le habían caído.

   El señor Dri comenzó entonces a correr sin rumbo fijo. No había hecho cien metros cuando llegó a un viejo cafetín que las mudanzas de la ciudad convirtieran en copetín al paso. En la puerta de entrada se agolpaban parroquianos y mozos comentando la blitzkrieg con exaltación, pero sin dar muestras de pánico. El señor Dri se sintió atraído por ese grupo parlanchín que, en medio de la tragedia, le restituía una sensación de cotidianidad y confianza en el mundo, y se acercó a ellos.

   —Es la Aeronáutica —decía un parroquiano casposo que masticaba frenético la punta de Avanti.

   —Pero no, viejo, no —replicaba un hombre sumamente delgado, de expresión melancólica—. Es la Marina, ¿no ve que la Marina es contrera a muerta? Es la Marina, che, se lo digo yo. —Ese se lo digo yo sonó tajante, definitorio. No sólo por la autoridad con que fue proferido sino porque la atención general comenzó a fijarse en un sonido perverso que iba creciendo en intensidad: el de los aviones que regresaban.

   Alguien tuvo una idea y gritó: —¡Al subte! —Todos comenzaron a correr para salvar la distancia que los separaba de la boca del metro. El melancólico iba detrás con gran dignidad, diciéndole al grupo:

   —No se caguen que es peor —luego se volvió al señor Dri, que se había quedado a su lado—. En estos casos hay que quedarse piola y conservar la calma.

   Se metieron por la recova del Cabildo y los atropelló un agente de policía que venía corriendo.

   La humareda se había disipado bastante y entonces los vieron. La escuadrilla venía del Este, desde el río. Parapetados detrás de una de las columnas de la recova pudieron apreciar sus evoluciones. Y también la guía luminosa de sus balas trazadoras demarcando los blancos perseguidos.

   Atrapados por ese espectáculo que parecía una exhibición desconectada de la muerte y el terror que había quedado en tierra, pudieron observar en el fuselaje, pintado en forma tosca, el clásico símbolo del Cristo Vence que había presidido la agitada conmemoración del Corpus antiperonista.

   El melancólico tomó del brazo al señor Dri y decidió mentalmente que desde ese momento quedaba bajo su protección. “Que bajo vuelan”, pensó el melancólico. El señor Dri no pensaba. Registraba los accidentes exteriores con una pasividad de espectador cinematográfico. Sin poder sacar conclusiones y como si estos hechos no le incumbieran.

   Al comenzar a bajar las escaleras del subte casi los aplasta contra la pared un grupo tumultuoso que venía llevando un herido. En el primer rellano un niño pequeño lloraba abrazado a su madre. La visión lo retrotrajo a Chajarí y el señor Dri se acordó de su familia. Una nueva sensación de abandono y autocompasión lo acompañó unos instantes mientras descendía los peldaños y descubría aterrado que la botamanga de su pantalón estaba empapada de sangre. Instintivamente se palpó la pierna para ver si estaba herido y luego comprendió que era la sangre del cadáver con el que había tropezado.

   En el acceso al gran salón donde estaban las boleterías y los molinetes de entrada, en un ángulo, había una mujer sentada sobre unos diarios con la pierna derecha deshecha por la metralla. El hueso estaba expuesto y astillado y podía verse claramente entre las hilachas de carne sanguinolenta. Lo que más impresionó al señor Dri fue que la mujer, una mujer sencilla que vestía un abrigo basto de franela marrón, apenas si se quejaba, como si temiera molestar; se limitaba a mostrar con la mano lo que había quedado de su pierna. A su lado un hombre gordo y sanguíneo clamaba por un médico.

   En esos primeros instantes la solidaridad no se había organizado. Sólo se veían grupos incipientes que superando el estupor y el pánico levantaban a los heridos, guiaban a los más débiles, comenzaban a impartir órdenes, practicaban curas de emergencia improvisando torniquetes con pañuelos, imponiéndose con su presencia de ánimo a los que habían sido desbordados por la histeria. A esta clase de líderes naturales pertenecía el melancólico. A él le debió el señor Dri la primera confortación, el primer gesto humano que lo regresaba, en medio de la tragedia, a la certeza de que el mundo no se había vuelto loco y criminal. Pero su consuelo y auxilio duraron poco, porque muy pronto esa disposición natural del melancólico lo llevó a organizar el socorro de aquellos que, de manera más urgente y visible, necesitaban ayuda.

   Arrojado al caos y las tinieblas, el señor Dri no estaba más desconcertado por la brutal agresión que el resto de los ciudadanos comunes. Su tragedia individual marchaba acompasada con la gran tragedia colectiva que se estaba desatando. Prácticamente encerrado en el subte, ignoró la índole de los sucesos que se fueron produciendo en la superficie; en ese reducido escenario de pocas manzanas donde la historia argentina contemporánea se había condensado en una conflagración atroz.

   La Plaza de Mayo, espacio inaugural del peronismo el 17 de octubre de 1945, se había convertido ahora en el campo de Agramante donde quedaría prefigurada su primera caída. Como en una tragedia griega cada personaje fue ocupando su lugar. Durante varias horas los respectivos comandos, leal y subversivo, estuvieron a una distancia inusitadamente corta. El presidente Perón abandonó la Casa Rosada, blanco central del bombardeo, y se instaló en el Ministerio de Ejército, ubicado pocos metros hacia el sureste. Desde allí podía observarse, mirando al norte, la construcción más moderna del Ministerio de Marina, sede del alzamiento, donde el Contraalmirante Gargiulo decidía que, como corolario del primer raid aéreo, un batallón de infantería de Marina ocupase la Casa de Gobierno. Pocas cuadras mediaban entre ambos comandos. A sus espaldas el puerto, a su frente la Plaza de Mayo; en un perímetro de 40 manzanas todos los recintos del poder: la City financiera, la Confederación General del Trabajo (CGT), la Catedral, las oficinas centrales de las grandes empresas, los principales diarios, el canal estatal de televisión, los ministerios.

   La Marina de Guerra se había lanzado al ataque con la promesa de que se sumarían unidades del Ejército que decidieron finalmente no salir de sus cuarteles. Disponía de armas y municiones suministradas por Gran Bretaña y Estados Unidos y, alentada por los terratenientes, la jerarquía católica (a la que curiosamente sus mandos masónicos siempre habían mirado con recelo) y los partidos políticos de la clase media, había decidido ponerse al frente de la santa cruzada contra la “segunda tiranía”.

   Con el pretexto de un homenaje al Libertador San Martín, la aviación Naval primero y la Aeronáutica después, convirtieron una exhibición aérea en el bombardeo sorpresivo a una ciudad abierta.

   La sorpresa del primer ataque demoró la respuesta. Una vez repuestos, los mandos leales comenzaron a desplegar baterías antiaéreas y cazas que partieron en persecución de los atacantes. Sin embargo, los conspiradores no cejaron en su empeño y fueron renovando sus incursiones aéreas hasta bien entrada la tarde. La metralla de los aviones picó el frente de la Rosada, de la Secretaría de Hacienda, del Banco Hipotecario y, fuera del perímetro de la Plaza de Mayo, algunos otros objetivos como la Residencia Presidencial, ubicada unos kilómetros al norte en la aristocrática Avenida del Libertador.

   Al comienzo, la población civil sólo jugó un papel pasivo de víctima inocente. En las primeras horas de la tarde, el Secretario General de la CGT hizo un llamamiento a la movilización y un nuevo fenómeno sacudió las conciencias de los curiosos, de los abúlicos y hasta de algunos opositores: los obreros fueron abandonando las fábricas y emprendieron una marcha temeraria hacia la central de los trabajadores. Los escasos testigos no podían creer lo que estaban viendo: largas hileras de toda clase de vehículos iban transportando a la misma gente que había producido el 17 de octubre. Cantaban la Marcha Peronista y alzaban contra el cielo lo poco que tenían a mano: una pistola 22, una escopeta, un palo o simplemente el puño amenazante. Era un ejército heterogéneo, uniformado por las ropas de trabajo sobre las que se habían echado un abrigo de paño burdo o un suéter. Tenían todas las edades, todas las caras, todas las razas. El rostro curtido por el sol, la palidez de los galpones, las señas visibles de la Italia del Norte y el Sur, de Galicia, el recuerdo cobrizo de los antepasados indios, el bigote poblado de los criollos. Venían manchados de cal, de cemento, de la grasa de los talleres. Era carne lacerada por los madrugones, por la sordidez de los barrios del sur o de los vagones de segunda clase, que venía a defender su dignidad humana. Los políticos de la derecha los llamaban “cabecitas negras”, “grasas”. Los políticos de la izquierda fina y tolerada los habían denominado, con mayor pretensión científica, “lumpenproletariado”. Perón les decía “compañeros” y Evita “mis queridos descamisados”.

   “Dios es peronista”, habían comentado en los días felices en que festejaban el aguinaldo, las vacaciones, los centros de salud, los hoteles de veraneo, los aumentos, las leyes sociales, los nuevos barrios obreros. Comenzaron a sospechar de la filiación política divina cuando Ella se murió y vinieron años de vacas flacas, cuando el gobierno propuso otorgarle concesiones petroleras a la California y reclamó austeridad y productividad a los trabajadores; cuando intuyeron que ese Frente Nacional que un día habían formado el sector industrialista del Ejército, la Iglesia, la floreciente burguesía nacional y ellos mismos, comenzaba a resquebrajarse. Eran, como siempre, los primeros en pagar los platos rotos, pero seguían fieles a Perón por gratitud a ese luminoso pasado que se había extendido del 46 al 52. Mientras los burgueses nacionales comenzaban a vacilar y defeccionar, mientras el Partido Peronista se convertía en un cascarón vacío, mientras los grandes sindicatos se esclerosaban en las mañas burocráticas y el poder era corrompido por los arribistas y socavado por los militares, ellos permanecían fieles a su identidad. Los únicos fieles.

   Los fieles se iban agrupando frente al edificio de la CGT. De allí partían grupos a la Plaza. El Ejército trataba de impedir que se movilizaran. “Si hace falta ya los llamaremos”, vociferaba un capitán a las columnas que se iban formando en la calle Azopardo. Tendría seguramente en la cabeza el fantasma de las milicias obreras que no sólo desvelaba a los militares antiperonistas, sino a más de un general que había recibido la “Medalla de la Lealtad”. Las armas que Evita había entregado antes de morir a los dirigentes de la CGT, habían ido a parar a los arsenales de Gendarmería.

   Pese a todo, contra viento y marea, muchos llegaron a la Plaza coreando: “La vida por Perón”. Y la vieja consigna no sonaba retórica cuando los aviones (esta vez de la Aeronáutica) se zambullían haciendo piruetas por las calles del centro. El espectáculo que vieron las primeras avanzadas fue sobrecogedor: sangre, heridos, muertos, un trolebús totalmente perforado por las balas, cuerpos calcinados y miedo en la cara de los soldados.

   Clamaban por armas que el Ejército leal se resistía a entregarles. La mayoría asistía impotente a la carnicería aérea y al combate terrestre. Los menos consiguieron un máuser para disparar sin orden ni concierto, amparándose en los portales de las recovas. Los viejos ayudaban como podían. Algunos empujaban la cureña de los cañones cuesta abajo, hacia la odiosa mole blanca del Ministerio de Marina, del que partía el fogonazo intermitente de las punto-50. Pronto el mando naval, desmoralizado por la deserción de las unidades terrestres que estaban en la conjura y que a último momento se borraron, ordenó el repliegue.

   Alguien dio un grito de júbilo y señaló en dirección al río, donde se percibía a los lejos la armazón de las grúas y la arboladura de los barcos mercantes.

   —¡Rajan los hijos de puta!

   Y esa exclamación, desdeñada por la crónica de los periódicos y los libros de historia, encendió la alegría en los improvisados combatientes.

   Al comienzo con cautela y después sin precauciones, se fueron cerciorando de lo que un rato antes parecía imposible: los aguerridos infantes, los “bichos verdes”, abandonaban las posiciones que habían ocupado en la estación de servicio de Leandro Alem y huían a toda velocidad hacia el Ministerio de Marina.

   Las tropas de Ejército avanzaban hacia el comando enemigo. La muchedumbre obrera desbordaba de entusiasmo. La tarde se iba haciendo más limpia y fría cuando tres aviones en derrota hicieron su última pasada y se perdieron en el horizonte, rumbo al río, al propicio aeropuerto de Carrasco, en el Uruguay.

   La ciudad atónita, temerosa, comenzaba a asomarse a los portales para comentar la hecatombe. Los antiperonistas cuchicheaban frustrados y miedosos puertas adentro de las casas; los peronistas aullaban de indignación en las unidades básicas. Pronto trascendió que la Marina se había rendido y que el jefe del alzamiento había tenido la sensatez de pegarse un tiro.

   Las emisoras en cadena suspendieron la música sacra y la voz grave y solemne del locutor oficial de Radio del Estado anunció la palabra del “Excelentísimo Señor Presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón”. “A la Marina la voy a correr con los bomberos”, prometió Perón en una de sus clásicas salidas campechanas, y si bien anunció severas represalias, en los hechos no aplicó la mano dura que partidarios y adversarios esperaban o temían. Los escasos fusiles que algunos trabajadores habían empuñado, volvieron a las salas de armas de los cuarteles. El edificio blanco fue ocupado por el Ejército. Las bajas navales eran escasas. Los oficiales rebeldes fueron respetados en su rango. El grueso de la multitud hizo honor a la vieja consigna “de casa al trabajo y del trabajo a casa”, con excepciones: la de aquellos que comenzaron a cooperar con las autoridades civiles en la evacuación de los heridos y la de esos grupos que quemaron la Curia de la Catedral y las iglesias más cercanas. La oposición temía un San Bartolomé, el incendio de Barrio Norte donde convivían la oligarquía y la clase media acomodada. Pero el desvelo fue en vano. El único blanco fueron las iglesias.

   Meses más tarde, la reacción utilizó el confuso episodio de la quema como expresión de la “barbarie peronista”. “Meaban en los copones”, recordaban algunos socialistas a los que en virtud de sus inclinaciones helvéticas por el orden y la limpieza los militares asignaron funciones municipales. “Se ponían las casullas de los curas y bailaban como diablos”, se escandalizaban retrospectivamente algunas señoras de papada temblorosa. “Es que esa gente no respeta nada”, afirmaba algún acaudalado estanciero de la provincia de Buenos Aires. Los diarios y las revistas fueron generosos en las imágenes del “vandalismo”.

   Perón atribuyó la cuestión a grupos de exaltados y formuló un llamado a la conciliación que no fue escuchado. La tribuna pública de la radio y la televisión fue utilizada por los dirigentes de los principales partidos opositores con un leitmotiv generalizado: destacar que no había ninguna posibilidad de negociación con el gobierno.

   Todos se hacían guiños de complicidad: sabían que frente al régimen desmoralizado y al pueblo peronista desarmado, crecía cada vez con más lozanía una nueva y definitiva conspiración militar. La que dio por tierra con el gobierno tres meses después.

   El señor Dri se demoró en volver a Entre Ríos. Es conjeturable que, anonadado por el shock, haya deambulado como un autómata ese día y los días que siguieron, antes de su regreso a Chajarí.

   Tanto tardó en aparecer que su familia llegó a darlo por muerto.

   Inútiles fueron las averiguaciones. Muchas familias pasaron por el vía crucis de la demanda en hospitales, comisarías y morgues. Los trenes no corrían y las líneas telefónicas estaban interrumpidas. Alejados, incomunicados, los Dri no tuvieron siquiera el consuelo de la búsqueda. Fueron en cambio agraciados por la fugaz sensación del milagro, cuando una buena mañana el jefe de la familia traspuso el umbral de la casa.

   La impresión fue tal que el señor Dri no sobrevivió mucho tiempo a la aventura. Aparentemente había resultado ileso en el bombardeo, pero estaba herido de muerte como el gobierno peronista.

   Al abrazar a su padre, Jaime, un muchacho de trece años, estaba lejos de imaginar que veintidós años después sus hijos también lo darían a él por muerto.

*El autor es periodista y escritor, fue diputado nacional por el kirchnerismo. «Lejanías» es el primer relato de la novela Recuerdo de la muerte.

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